La llama no escrita (Lux Mortem 1) 9. El llamado de la grieta #2
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9. El llamado de la grieta #2

Sus dedos se crisparon, un reflejo inconsciente.

Por un instante, parecía que algo más—algo primigenio dentro de él—también quería responder a ese llamado.

Como si su instinto le gritara una verdad aún fuera de su alcance, su mirada se desvió hacia un punto en el extremo de la sala.

El aire tembló con la presión de otra presencia.

Caelan entornó los ojos, su postura se tensó aún más.

—No estamos solos.

Serenya sintió una presión nueva en el pecho, distinta al poder que latía en la grieta.

Era la conciencia del lugar que ocupaba.

O más bien, del lugar que le estaban asignando.

El Bastión era un nido de treguas sostenidas por hilos tensos.

Cada gesto, cada silencio, cada decisión, podía romper el equilibrio entre Sangreth y Umbrae.

Y ella… acababa de convertirse en una pieza más del tablero.

Una que nadie entendía del todo. No sabían si debía temerse, protegerse, destruirse…

o poseerse. Y en medio de esa incertidumbre, había ojos que ya habían empezado a calcular cu ánto valía.

Qué costaría tenerla. Qué ganaría el que lograra controlarla primero.

El aire olía a guerra. Pero no la que se libra con espadas.

Un roce invisible. Un aliento tibio rozó la curva de su cuello con la suavidad de un murmullo no pronunciado.

No había sonido, solo la vaga impresión de algo intangible deslizándose sobre ella.

Una risa muda. Un roce de veneno envuelto en terciopelo, entrelazándose con la penumbra.

Su respiración tropezó en su pecho. Lo reconoció antes de verlo.

No hubo movimiento, sonido ni advertencia. Simplemente… estaba ahí.

Caelan era filo y tensión contenida.

Ezryn, en cambio, se colaba en la percepción antes de que el cuerpo pudiera registrarlo. Enredándose en los sentidos sin ser visto hasta que ya era demasiado tarde.

Emergió con la parsimonia peligrosa de quien sabe que siempre es esperado, su silueta fundiéndose con el velo de la noche hasta que decidió revelarse.

Apoyado contra la piedra, con una elegancia estudiada y la certeza de que el momento le pertenecía.

Dueño del espacio. Dueño del instante. Como un rey aburrido observando a su corte.

Pero su mirada… Su mirada no tenía nada de casual.

—Qué fascinante… —murmuró. Su voz no se oía. Se sentía. Como si hablara directamente al centro de su cuerpo. Una caricia sin contacto.

Reptó bajo su carne con la misma sutileza con la que la noche devora la luz. Su magia se derramó sobre ella, como un aliento caliente entre sus vértebras, tentándola con una intimidad obscena. No la tocó y aun así su cuerpo respondió.

No buscaba su rendición. Buscaba lo que se escondía debajo.

El aire pesaba, como si la habitación compartiera el mismo pulso que ella. Caelan era una presencia firme, un escudo entre ella y la grieta. Pero Ezryn era algo desconocido, el susurro de un peligro que invitaba en lugar de ahuyentar.

Ambos la rodeaban. Ambos opuestos. Y en medio de ellos, la grieta.

Tembló. Un golpe sordo recorrió el suelo, vibrando en las paredes, respondiendo a algo más que su presencia.

La grieta los conocía. A ella. A ellos. A los tres.

El heredero Sangreth ladeó la cabeza, su sonrisa asomando en sus labios.

Un depredador contemplando a su presa con la morbosa paciencia de quien ya conoce el desenlace.

—No todos los días se abre una grieta en la realidad… —susurró—, y menos por las manos de alguien que jura no saber lo que hace. —Chasqueó los labios, pero no había diversión en su gesto—. ¿Lo ves? Esto es lo que temen. A lo que despiertas. A lo que podría alzarse si lo permites.

Caelan se giró hacia él. No con la fluidez felina de Ezryn, sino con la violencia de una tormenta desatada.

La tensión podía palparse. Dos fuerzas opuestas.

Dos guerreros que habían compartido demasiados campos de batalla, demasiado odio, demasiado dolor.

La grieta los había marcado a ambos. Se la había llevado.

Y ninguno de los dos podía perdonarlo. El espacio mismo parecía distorsionarse en torno a ellos.

El Umbrae fue el primero en reaccionar. Las sombras a sus pies se agitaron como serpientes inquietas, alzándose con movimientos sutiles, pero listas para atacar. Un pulso oscuro recorrió el suelo, vibrando con la ira contenida en su interior.

Por su parte, un brillo rojizo —sangre y fuego, deseo y amenaza— parpadeó en los ojos de Ezryn.

No se echó atrás. No lo hacía nunca. En su lugar, dejó que su poder se deslizara más cerca de Serenya, envolviéndola sin tocarla, reclamando su espacio.

La magia de Caelan respondió. La penumbra a su alrededor vibró, expandiéndose con un latido oscuro.

Sin necesidad de un solo gesto, las sombras se alzaron más, bloqueando la energía de Ezryn antes de que pudiera rozarla por completo.

—No la toques —La voz de Caelan fue un filo helado.

Ezryn ladeó la cabeza, evaluando su reacción con la diversión cruel de un gato que juega con un ratón demasiado entretenido como para matarlo aún .

—¿No quieres que lo haga…? ¿O no soportas que a ella le guste?

Las sombras siseaban, extendiéndose como acechantes heraldos de lo que estaba por venir.

—No es momento para tus juegos, Maldrick —gruñó en advertencia. Era un arma desenvainada.

El otro no se inmutó. Ni un parpadeo, ni un músculo tenso. Solo la lenta, estudiada curvatura de sus labios.

—Oh, pero me encantan los juegos. —Su tono fue un arrullo peligroso, un hilo de seda enredándose alrededor de un cuchillo—. Especialmente cuando la apuesta es tan… tentadora.

En respuesta, el poder tembló. Serenya sintió la presión de la magia a su alrededor. La grieta los recordaba. Caelan era gravedad helada. Ezryn, una calidez insidiosa. Y ambas fuerzas chocaban sobre su piel.

Serenya no se movió. Su cuerpo aún no era del todo suyo. El fuego oscuro de Ezryn ardió en sus ojos. Un pulso recorrió la sala desde la grieta, doblando la realidad en los bordes. Un tirón invisible serpenteó entre los tres, tanteando, eligiendo… o, tal vez, dividiéndolos.

Las sombras se contrajeron, inquietas, vibrando como si estuvieran al borde de ser devoradas. El otro, en cambio, sonrió. Su pecho se expandió en una inhalación perezosa. Como si la grieta fuera un festín servido solo para él.

Una alteración en la gravedad. El universo titiló, como si dudara.

La grieta estaba eligiendo. La mirada rojiza se volvió hacia ella, reclamándola.

Un estremecimiento descendió por su espalda.

No supo si fue la vibración de la grieta, el filo helado en la voz de Caelan o el peligroso interés que se dibujaba en los labios de Ezryn. Pero lo supo.

La grieta no los había olvidado. Y estaba a punto de decidir su destino. Pero lo que sí supo… Es que ninguno de los dos iba a dejarla ir sin respuestas. Y ella no estaba segura de tenerlas.

El aire tembló. La grieta rugió. Algo se agitó en su interior. Una parte se quebró. Fue en lo esencial, no en la carne, sino en un lugar que ni los dioses se atreven a tocar. Como si un lazo invisible se desgarrara, como si algo que había estado encadenado dentro de ella finalmente cediera.

Los ojos de Caelan se ensancharon. Lo vio.

Ezryn exhaló una risa tan suave que fue más sensación que sonido.

Serenya jadeó. Lo supo.

Un ardor punzante se expandió en su pecho, una fractura en su alma. No física, no del todo. Era la grieta… abriéndose en ella. Había esperado demasiado tiempo para despertar.

El aire era brasas vivas en sus pulmones. Luego, la grieta rugió por última vez. Un estallido de luz y sombras la devoró.

En el instante en que el mundo colapsó a su alrededor, Serenya comprendió lo inevitable. Se tumbó boca arriba sobre el suelo frío. El polvo de la grieta le raspó la piel. No lloró. Pero tampoco respiró bien durante un largo minuto.

No fue lo único que se quebró. El eco de su nombre aún flotaba en el aire, invisible y denso.

Algo en su alma cedió, como si al fin encontrara la forma correcta de romperse.

La grieta no la devoró. La nombró.