Epílogo
Era la primera semana del año; todavía estaban en la casa de los Miller. Las primas conversaban, mientras que los hombres estaban en otro lado de la casa, conversando de la comida que iban a preparar.
El celular de Ximena sonó, anunciando la llamada que tanto temía.
—¡Ximena! ¡Samantha ya empezó el trabajo de parto! —gritó Leon al otro lado de la línea. Ella se levantó del asiento, como si la hubieran jalado.
—¡Ya salimos para allá, así nos toque teletransportarnos! —contestó y colgó, llamando la atención de todos.
—Chiquita, ¿qué pasa? —le preguntó Fer, acercándose, confundido.
—Ya va a nacer Dylan —contestó dando saltitos.
Todos sabían lo importante que era su amiga para ella, así que entre la mamá y la prima le ayudaron a alistar las maletas, y Fer se ocupó de todo lo referente al cambio de los tiquetes del vuelo que tenían programado para la próxima semana.
Donna, Nathe y Jonas se quedarían una semana más; la idea era que aprovecharan las festividades lejos de la vida loca de Los Ángeles; además, ya los habían recibido en la familia como uno más.
No tuvieron contratiempos con el vuelo, así que se dirigieron hasta el apartamento, dejaron todo, se dieron una ducha rápida y salieron para el hospital, donde ya le tenían una habitación asignada a Sam, donde tendría un parto natural.
Leon los recibió al llegar y les informó que, según cómo estaban las cosas, en menos de veinte minutos ya estaría con nosotros Dylan Marvin White. Después volvió a desaparecer tras las puertas de vaivén.
Esperaron. No por mucho, porque fue tal como se los dijo Leon.
Verlo salir con su pequeño bebé en brazos conmovió a Ximena, al punto de hacerla llorar de imaginar cómo sería cuando les llegara el turno a ellos.
La presentación de Dylan fue rápida y lo llevó de vuelta con Sam, a quien verían una hora después, cuando habilitaran las visitas.
Primero entraron los familiares de los recién estrenados padres y después fue el turno de Xime y Fer, que no pudieron ocultar la emoción.
—¡Lo logré! —gritó Sam, con la voz entrecortada por la emoción.
—Sabía que lo lograrías. —Se le acercó su amiga y la besó en la coronilla—. Eres de las mujeres más fuertes que he conocido en mi vida y traer un bebé al mundo no te iba a quedar grande —la halagó, haciéndola reír.
—Cuando menos te des cuenta, serás tú la que estará así —le recordó y Ximena mordió su labio con nervios y anhelo.
Tal como Samantha lo dijo, cinco meses después, en pleno verano, era ella la que se encontraba haciendo respiraciones para no sucumbir ante las fuertes contracciones que sentía.
Movía su cadera de lado a lado sobre un balón gigante, intentando agilizar el proceso de dilatación, ya que María Fernanda no se decidía por llegar al mundo y hacer a su familia mucho más feliz.
De repente, pasó de tener poca dilatación —por lo que no le ponían la epidural— a tener casi los diez centímetros y ya la epidural no le serviría.
—Esta bebé me quiere volver loca, al igual que el papá —dijo, apenas sintió una nueva contracción, tan fuerte y prolongada, que no alcanzó a pasarle, cuando ya empezaba otra.
—Llegó el momento, mamita. Vas a pujar apenas sientas la siguiente contracción —le dijo la doctora y en cuestión de tres pujos, la bebé ya estaba afuera.
Todo sucedió tan rápido, que pasó de escucharse gritar a escuchar el llanto de su bebita y las lágrimas empezaron a resbalar por sus mejillas, mientras intentaba ver lo que hacían con ella.
—Chiquita, es perfecta —dijo Fer y la besó en la frente.
Les entregaron a Mafe, la puso sobre su pecho desnudo, donde dejó de llorar y se aferró con prisa a su seno, empezando a succionar.
Lloró de felicidad.
Lloró de asombro.
Lloró de emoción.
Lloró de admiración.
Y lloró de amor.
Una hora después del nacimiento y mucho más tranquilos en la habitación, empezaron a llegar los familiares a conocer a la nueva integrante. Sorprendentemente, no lloró, sino que se dejó pasar de brazo en brazo.
Los abuelos eran los más felices y orgullosos. Les llenaron la habitación de regalos para los tres, pero lo más importante, los hicieron sentir amados. Totalmente, amados.
Quince meses después del nacimiento de Mafe, llegó el momento de la boda, la cual habían corrido por más de dos años, dándose el tiempo de disfrutarse, seguirse conociendo como novios, al igual que padres y confidentes.
No tenían afán de casarse, porque mucho tiempo atrás tomaron la decisión de entregarse en vida, cuerpo y alma. Todas las noches y madrugadas reafirmaban su elección.
Con su vestido de novia, Ximena se sentía como la protagonista de un cuento de hadas. La falda era voluminosa, pero etérea; el corpiño, delicado, con un escote profundo en V y con tiras delgadas que terminaban con la espalda destapada.
El señor Peter Miller le tendió su brazo a su hija; esta lo agarró y empezaron a caminar rumbo al altar, en donde la esperaba, ante sus ojos, el hombre más guapo, amoroso, buen padre, tierno, talentoso, bromista, divertido y protector, que esperaba volver a encontrar en cien vidas más.
Ella logró ver cómo una lágrima silenciosa descendía lento por la mejilla de su futuro esposo, quien la limpió con prisa, pero sin quitarle la mirada de encima.
Le regaló a su chica de ojos marrones esa sonrisa ladeada que tanto la derretía; se le devolvió y mordió su labio, intentando controlar sus nervios.
Peter la entregó a Fer; todo era puro protocolo, porque desde que lo conoció y vio lo feliz que hacía a su hija, se la confió de corazón. Los nervios y la ansiedad que ella sentía se desvanecieron al agarrar la mano de Fer y se sintió exultante.
Mafe y Dylan entraron de la mano; él fue quien la guio para la entrega de las argollas. La pequeña le estiró los brazos a su mamá para que la alzara y él así lo hizo, por lo que el resto de la ceremonia fueron los tres en el altar.
Cuando en la fiesta llegó el momento de lanzar el ramo, las solteras se acomodaron a su espalda. Amagó varias veces, hasta que lo soltó y, al girarse, saltó de la alegría al ver que era su suegra quien miraba conmocionada el ramo en sus manos.
—¿Te arrepientes de algo? —le preguntó su esposo y ella negó.
—Jamás me podré arrepentir de haber tomado la decisión de cambiar las cosas que no me hacían feliz, porque eso me llevó a ti y a lo que ahora tenemos.
—Se acercó a él, le dio un casto beso en los labios y le guiñó un ojo—.
Para encontrar a mi hombre ideal, tuve que pasar por mi errada lista del amor… y otros desastres.
Ambos rieron y se besaron con pasión.