La lista del amor (y otros desastres)
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Prólogo
Ximena no podía creer que tuviera que volver; llevaba días dándose ánimos para afrontar el regreso. Si en sus manos estuviera, se quedaría feliz en Los Ángeles, California, pero era importante y no tenía más alternativa.
Revisó de nuevo la invitación al compromiso de su prima, a la que no veía hace dos años, cuando salió de Ashland, Oregón —su pueblo natal y donde toda su familia vivía— para desempeñarse como abogada de un exitoso bufete en Los Ángeles.
Sin embargo, ella no salió de su hogar por esa oportunidad de trabajo, sino porque su adorado novio, con el que esperaba vivir el resto de su vida, le fue infiel de la forma más insensible y manipuladora posible.
Aun con el paso del tiempo, ella seguía dándole vueltas al hecho de que un hombre tan vil y miserable tuviera el lujo de llamarse Roman Darcy.
¿Cómo podía llevar el apellido de Mr. Darcy, ese personaje que enmarcaba al hombre perfecto en la novela Orgullo y prejuicio?
Mientras ella pensaba que su noviazgo era ideal y que pronto él llegaría a pedirle matrimonio, lo que pasó fue que, tras invitarla a una cena especial —en la que, por supuesto, imaginó que su sueño se haría realidad—, él solo se limitó a terminar con ella, con la única excusa de estar pasando por un momento muy difícil de su vida y no quería afectarla.
Su padre había caído en quiebra y su mamá pasaba por el proceso inicial de un cáncer de seno.
¿No se suponía que en momentos así una pareja debía darse apoyo y fortalecer sus lazos para enfrentar la adversidad?
Eso era lo que ella pensaba, pero los planes de él eran diferentes.
Ahora, cada vez que lo recordaba, se sentía terriblemente avergonzada. Ella lo amaba, estaba tan enamorada que no le importó quiénes estaban alrededor y le lloró, rogó y suplicó para que no la dejara… Nada cambió, él ya había tomado la decisión.
Pero la mayor sorpresa se la llevó un día en el que salió con su prima a dar una vuelta para pasar la pena de la ruptura y se lo encontraron paseando de la mano con Anastasia Smith, una de las herederas reconocidas del pueblo, nada más, que la hija del dueño del Banco de Ashland.
Ximena se sintió revolucionada por dentro; mil sentimientos se acumularon en su interior.
Como si fuera una niña pequeña, le lloró y le reclamó entre hipidos.
Fue tanta la vergüenza y la humillación que la prima no dudó en llevarla a rastras de vuelta hacia su casa.
¿No podían haber salido la rabia o el orgullo?
Noooo, ¡tenía que ser la tristeza! Y de la forma más vergonzosa posible.
Después de esa experiencia tomó la decisión de irse para Los Ángeles y aprovechar esa propuesta de trabajo que le habían hecho poco tiempo atrás y a la que no había dado respuesta por pensar en su futuro junto a Roman.
Desde ese momento pensaría en ella y no dejó que su familia intentara retenerla. Así se encaminó a una nueva aventura.
Pensar en volver a su pueblo, tras dos años de haberse ido, solo le enviaba escalofríos por toda su columna vertebral. Podía ser mucho tiempo el que había transcurrido; ella ya no era la misma de antes y extrañaba a sus familiares, quienes estaban molestos por su inasistencia a las festividades.
El éxito laboral tocó a su puerta desde su llegada a Los Ángeles y en poco tiempo se convirtió en socia del bufete de abogados al que llegó a trabajar y demostrar sus capacidades.
Cada día, al entrar al edificio y ver ese letrero de la recepción en el que se leía «White no tenía seguridad de poder asistir por su agenda, pero logró hacer un espacio para el fin de semana y poder estar al lado de su prima en un momento tan especial.
Salió del aeropuerto y le hizo la parada a un taxi, solo que tuvo que correr para arrebatárselo de las manos a una pareja que estaba por subirse. El conductor no disimuló la sonrisa al saludarla, pero no comentó nada; bien era cierto que fue ella la que le hizo la seña para que se detuviera.
Tras darle las indicaciones que la llevaban a casa, recostó su cabeza en el respaldo del asiento y se dedicó a pensar en la actitud que pudiesen tener sus padres al verla llegar. Solo esperaba que no le dieran cantaleta, como si fuera una niña pequeña.
—Hemos llegado —le avisó el conductor, sacándola de sus pensamientos. Ximena miró por la ventana y todo seguía igual a como lo recordaba hace dos años.
Pagó el taxi y se bajó con su equipaje en cuestión de segundos. Buscó sus llaves dentro de su bolso, pero al llegar a la puerta de la casa, cayó en cuenta de que no era lo mejor entrar de esa forma, menos cuando no la esperaban; entonces timbró.
Una mujer le abrió la puerta y las dos se quedaron mirándose, porque ninguna se reconoció.
—¿A quién busca? —le preguntó con una voz dulce, aunque su mirada seguía extrañada.
—A mis padres, los señores Miller —contestó y los ojos de la mujer se abrieron ampliamente.
—Señorita Miller, por favor, siga —se apresuró a decir y abrió más la puerta para permitirle el ingreso.
—Gracias… ¿Y usted es? —preguntó bajo el marco de entrada.
—Lia. Hace algunos meses empecé a trabajar en la casa —informó, avergonzada, y salió en búsqueda de los padres de Ximena, mientras que ella se quedó observando todo, como si fuera su primera vez en casa.
Todos los escenarios escabrosos con sus padres solo quedaron en su imaginación, porque la recibieron como la hija pródiga, con amor, felicidad y anhelo de tenerla con ellos, así fuera por solo tres días.
El sábado lo pasó reunida con sus padres y poniéndose al tanto de los chismes de algunas personas que recordaba de la ciudad y que, al aparecer, eran de importancia en la población.
La noche llegó cuando menos lo esperaba; no pudo negarse a que extrañaba pasar tiempo con sus padres y cambiar de ambiente.
Al subir a su habitación, se sintió como si viajara en el tiempo, porque esta se encontraba igual a como la había dejado.
Eso la conmovió y, entre la nostalgia que esto le despertó, se repitió que su vida ya no estaba en ese lugar, sino en Los Ángeles.
Al día siguiente sería el almuerzo de compromiso de su prima; no conocía al novio y solo esperaba que fuera un buen hombre, porque lo que menos deseaba para su prima era que le rompieran el corazón.
Se quedó dormida con su celular en la mano, mientras revisaba las noticias del día.
Sus planes de dormir hasta tarde se vieron truncados por el sonido de la cortadora de césped en el jardín de la casa. Se levantó y fue al baño para adecentarse un poco antes de bajar a buscar a sus padres.
Después de correr para alistarse y ayudarle a su madre con todos los pendientes, al fin salieron hacia la casa de Allison Miller, su prima. Llegaron tan solo quince minutos antes de la hora señalada en la invitación.
—Estas cosas nunca empiezan a la hora que ponen —dijo su padre, en un intento por disminuir el estrés de Ximena, que detestaba llegar tarde a cualquiera de sus compromisos.
La puntualidad es valiosa en extremo para ella.
Además, quería llegar con tiempo para reencontrarse con su prima y ayudar en lo que fuera necesario.
Cuando Allison la vio llegar, dejó todo de lado y salió corriendo a saludarla. Se fundieron en un abrazo caluroso y Ximena fue consciente de lo mucho que la extrañaba.
—Ven, tienes que conocer a mi prometido.
La tomó de la mano y, sin más, la llevó con ella al interior de la casa, hasta el lugar en el que tres hombres conversaban.
—Eric… —Llamó la atención de un chico rubio, alto, de ojos claros y cuerpo atlético. El típico prototipo de chico popular.
Antes de poderlo saludar, el hombre que estaba de espaldas se giró y Ximena quedó paralizada en su sitio. ¿Qué hace él acá? , se preguntó, con la mirada fija en Roman.
—Miren quién nos honra con su visita —dijo con ironía y ella no pudo contener la rabia.
—¿Qué hace este acá? —le preguntó a su prima, quien hizo una mueca incómoda antes de responder.
—Roman es primo de Eric… —contestó con desdén, sin necesidad de dar más explicaciones. Ella tampoco estaba muy feliz con la presencia del hombre, pero no tenía alternativa.
—Espero que no sean igual o, de lo contrario, después estarás llorando —le advirtió en tono bajo a su prima. Esperaba que nadie más la hubiera escuchado.
—Mucho gusto, Ximena —la saludó Eric—, Allison me ha hablado mucho de ti. —Estiró la mano para estrecharla y ella aceptó con seriedad.
La intención de ignorar a Darcy se vio estropeada cuando Anastasia apareció y lo besó de una forma que causó incomodidad en todos.
—¡Oh! Viniste —dijo la mujer al fijar su vista en Ximena, quien solo la observó con una ceja en alto.
—Sí, cariño, y, como era de esperarse, sola —destiló Roman con burla. Ximena necesitó contenerse para no darle la cachetada que dos años atrás no le dio al terminarle—. ¿Sigues soltera? ¿Así de mal te dejé y no me has podido superar?
¿Qué le hice para que me trate de esta forma? Fue él quien me engañó. Debería ser yo la que lo tratara como la basura que es, pensó y respiró profundo.
—No te equivoques…, que hoy esté sola no significa que no haya alguien especial en mi vida —contestó con prisa y se lamentó de hacer ese comentario, porque sabía que se estaba metiendo en aprietos.
—¡Oh!, ¡qué bueno! Entonces, para la fiesta conoceremos al afortunado —la retó.
—Claro que sí, mi novio no me pudo acompañar este fin de semana, porque está muy ocupado en su trabajo, pero para la boda sí estará. —Sonrió con suficiencia, aunque, por dentro, estaba por entrar en pánico.