La lista de las temporeras (Las desaparecidas de la vendimia 2) CAPÍTULO 22 #3
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CAPÍTULO 22 #3

No hubo risa. Pero algo se movió en la sala, no alivio, no victoria. Una pequeña redistribución del peso. Lucas ya no entraba como heredero útil ni como culpable invitado. Entraba como alguien que había perdido una llave y todavía no sabía qué puerta podía abrir sin ella.

Sara le ofreció una silla. Él la aceptó. Laia sacó una libreta nueva. Elena abrió el pan. Maribel siguió pelando mandarinas. Teresa miró a Nadia en la pared.

Fuera, el pueblo empezó a hacer ruido de mañana: persianas, motos, una mujer barriendo la entrada de una tienda, la campana de la iglesia marcando una hora imprecisa porque siempre iba un poco retrasada.

Sara escribió la primera línea del nuevo archivo físico: parcelas pendientes. Debajo, tres columnas: ubicación, propietario, motivo. La tercera le pareció ridícula. El motivo estaba siempre en el mismo sitio y no cabía en una celda. Aun así, la escribió.

Lucas dejó sobre la mesa una piedra blanca. No la de Rafa: otra, sacada de la fotografía nocturna. O quizá de una finca distinta. Tenía tierra pegada en un lado.

—Estaba en el buzón de la casa vieja —dijo.

Laia no tocó el móvil. Elena no tocó la piedra. Teresa dejó de masticar.

Sara miró la pared, luego la piedra, luego el mapa doblado sobre la mesa. Nadie dijo cuerpos. Todavía no.

Pero todos lo pensaron.

Dentro había una fotografía nocturna de una parcela vallada. En primer plano, una piedra blanca colocada sobre tierra removida. Detrás, otra. Y otra.

Sara amplió la imagen. La calidad era mala, pero no lo suficiente para negar lo que mostraba. Las piedras estaban colocadas con una regularidad extraña, no decorativa. No parecían restos de un muro.

Abrió el mapa que había prometido no mirar. Lo hizo sobre el volante, con la luz interior del coche encendida. La parcela vallada coincidía con la zona que Lucas había señalado. La tierra que no se tocó para viña. La tierra cerrada.

El móvil vibró de nuevo. Otro correo. Esta vez no había foto. Solo un archivo de texto con una lista de iniciales y años. Algunos nombres estaban incompletos. Otros eran apenas una letra y un apodo: la de los pendientes, la chica del pañuelo, N., R.C., M.P. Al final, una línea:

No estaban todas en Les Comes.

Sara leyó la línea dos veces. Luego una tercera, más despacio. El cansancio intentó convertirla en información; el cuerpo entendió antes que la cabeza que aquello abría otro libro. Otra extensión del mapa.

Pensó en Lucas alisando con los dedos el nombre de Rafa en la pared.

Pensó en Elena decidiendo cuándo podía su madre mirar la foto de Ana.

Pensó en Leila diciendo que, si no sabía pronunciar Samira, mejor no la dijera.

Pensó en Teresa llevándose el folio de Nadia bajo el brazo, como quien rescata a una hija de una sala donde ni siquiera la buena voluntad estaba libre de peligro.

La pantalla del móvil se apagó. En el cristal negro, durante un segundo, Sara vio su propia cara superpuesta al campo. No se reconoció del todo.

Sara miró el campo a través del parabrisas. Hasta ese momento, Les Comes había parecido el centro.

Ahora entendió que podía ser solo una puerta.

Debajo, una frase.

Todavía no habéis encontrado la raíz.

Sara apagó el motor.

No se bajó. Esa fue la primera decisión correcta de la noche. Se quedó dentro del coche, con las manos en el volante, y dejó que el miedo hiciera su trabajo sin convertirlo en acción. Publicar habría sido fácil. Llamar a Lucas, también. Volver a la sede y despertar a todas, tentador.

Guardó los correos, duplicó las capturas y envió una copia cifrada a Neus. Después llamó a Lucas.

—No vengas —dijo cuando él contestó.

—Empiezas fatal.

—Te mando algo. No lo abras hasta estar con Neus.

Lucas no preguntó si estaba bien. Por una vez, entendió que la respuesta no servía.

—¿Es la raíz?

Sara miró las piedras blancas en la fotografía. Algunas parecían brillar con la luz del flash. Otras se perdían en la oscuridad.

—No. Creo que es la prueba de que todavía estamos en la superficie.

Al otro lado, Lucas no respondió enseguida. Sara oyó una puerta, una voz de fondo, el ruido torpe de alguien cerrando un cajón. Quizá Neus. Quizá otra noche empezando sin permiso.

—No abras nada más sola —dijo él.

—No lo haré.

Sonó a cansancio aprendido. Sara dejó el móvil boca abajo sobre el asiento del copiloto, junto al mapa que había prometido no publicar, y miró otra vez el campo.

Las piedras blancas no le parecieron una pista.

Le parecieron una advertencia contra la tentación de creer que ya habían llegado al fondo.

El campo siguió delante, quieto, oscuro, lleno de nombres que ya no cabían en una pared.

Cuando por fin arrancó, no puso rumbo a casa. Dio una vuelta larga por la carretera secundaria, sin acercarse a Les Comes ni a ninguna parcela marcada. Necesitaba aprender a alejarse sin sentir que estaba abandonando una prueba.

Al pasar junto a una bodega cerrada, vio en la fachada un cartel de Ruta enoturística medio iluminado. Tierra, memoria, tradición. Tres palabras bonitas bajo un foco barato. Sara no sintió rabia. Sintió algo más útil y más feo: paciencia. La rabia había abierto puertas.

No estaban todas en Les Comes. Aquello volvió en la carretera, seco, sin música.

Sara condujo con las ventanillas cerradas, el olor a tierra todavía dentro del coche.

Por primera vez no abrió el móvil para publicar.

Marcó el número de Leila, no llegó a llamar y dejó el teléfono boca abajo en el asiento.