La lista de las temporeras (Las desaparecidas de la vendimia 2) CAPÍTULO 22 #2
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CAPÍTULO 22 #2

Lucas sacó el papel del bolsillo. Estaba doblado en cuatro y se notaba que lo había abierto muchas veces durante el acto.

Sara no le pidió verlo. Él lo desdobló igual.

Rafa Montiel. No había fecha debajo. No todavía.

Lucas había escrito el nombre con una letra demasiado cuidada, temiendo que una curva mal hecha volviera a fallarle a su hermano.

—He estado a punto de poner Rafael —dijo.

—¿Se llamaba Rafael?

—Sí. Pero odiaba que lo llamaran así. Mi padre lo usaba cuando quería que pareciera un empleado suyo.

Sara miró el papel. Rafa. Cuatro letras.

Después de todo, el diminutivo parecía menos pequeño que el nombre completo.

Tenía barro, cocina, llamadas de madrugada, una voz diciendo joder en una cinta.

Tenía una vida que no cabía en la solemnidad de Rafael Montiel, víctima.

Lucas también parecía entenderlo. Por eso no lo había pegado todavía.

No estaba eligiendo un dato; estaba decidiendo qué hermano devolvía.

—Mañana lo pones tú —dijo Sara—. Sin comunicado.

—Sin comunicado.

—Y si alguien pregunta…

Lucas dobló el papel otra vez.

—Que espere. También le tocó esperar a él.

Al día siguiente, Leila llegó a la sede antes de que Lucas colocara el nombre de Rafa.

No avisó. Entró con una chaqueta vaquera y el pelo recogido muy tirante, con pinta de haber decidido que nada se le iba a mover.

Laia estaba al fondo, ordenando cables que no necesitaban ordenarse.

Al verla, se quedó de pie. No fue hacia ella. Por primera vez, acertó.

Leila miró la pared. Buscó a Samira y se acercó al nombre sin tocarlo.

Debajo estaba la etiqueta de vino que ella había cedido, dentro de una funda transparente.

No era bonita. Estaba manchada, con una esquina comida por humedad.

Leila la observó un rato y dijo que así estaba bien. No dijo gracias. Nadie se lo pidió.

—Mi hermana odiaba que acortaran su nombre —dijo.

Sara asintió.

—Lo sé.

—No. No lo sabes. Lo has aprendido porque te lo dije.

La corrección no fue agresiva. Fue necesaria. Sara la aceptó sin defenderse. Leila no venía a reconciliarse con el colectivo, ni a perdonar a Laia, ni a servir de cierre limpio para nadie. Venía a comprobar que el nombre de Samira no volvía a pertenecerles a otros.

Lucas llegó con el papel de Rafa doblado en una carpeta. Se detuvo al ver a Leila. Hubo un segundo raro: el hermano de un muerto y la hermana de una desaparecida compartiendo una pared que no reparaba nada y aun así impedía que ciertas versiones siguieran pasando limpias.

—¿Puedo? —preguntó Lucas.

No se lo preguntó a Sara. Se lo preguntó a la sala. A Elena, a Leila, a Teresa, a Laia, a Maribel. Nadie respondió con entusiasmo. Teresa inclinó la cabeza. Elena dejó espacio en la mesa. Leila se apartó medio paso. Eso fue el permiso posible.

Lucas pegó el nombre de Rafa sin foto. Solo el nombre, la fecha y, debajo, una línea escrita a mano: no fue un accidente cerrado. Sara vio que le temblaban los dedos al alisar la cinta. No dijo nada.

Laia se acercó a Leila cuando ya parecía tarde. Llevaba una carta doblada en la mano.

—No tienes que leerla.

Leila la miró. No cogió la carta.

—Entonces guárdala.

Laia asintió y se la guardó en el bolsillo. No lloró. Leila tampoco. A veces la reparación empezaba exactamente ahí: en aceptar que no habría escena.

Teresa se quedó frente al espacio vacío donde aún no quería poner a Nadia. Nadie la presionó. Apoyó dos dedos sobre la cinta de carrocero sobrante y luego los retiró, como quien toca algo demasiado caliente.

—Todavía no —dijo.

—Todavía no —repitió Sara.

Aquella repetición no era obediencia estética; era un acuerdo. Laia la oyó y no intervino. Elena colocó la taza nueva en la mesa, justo donde se había roto la anterior. Maribel trajo una foto fea de Dolores dentro de un sobre, pero no pidió colgarla ese día.

Sara asintió.

—Esto no termina aquí.

Lucas miró la calle vacía, las persianas, el bajo con el pato infantil medio borrado en el cristal.

—No. Esto empieza a tener testigos.

Lucas no dijo testigos como quien dice aliados.

Lo dijo con un respeto nuevo, casi incómodo.

Un testigo no era alguien que te salva; era alguien que podía sostener una parte y también negarse a sostener otra.

Inés podía declarar y odiarlos. Leila podía ceder una etiqueta y no perdonarles.

Teresa podía retirar a Nadia de la pared y seguir siendo parte de la verdad.

En la sede quedaron tres vasos sin lavar y una miga de croissant sobre la mesa. Sara la vio al cerrar y no la tiró hasta el final. Alguien había comido sin hambre, alguien había manchado el mantel, alguien había dejado una silla atravesada. Sara terminó tirando la miga a la papelera y apagó la luz.

Sara condujo hasta el camino de Les Comes antes de volver a casa.

No bajó del coche. Neus le había dicho que no pisara y, por una vez, obedeció.

Desde la curva, la barraca no se veía. Solo la línea oscura de los campos, las viñas quietas y la tierra extendida como una página que nadie había querido leer completa.

En el asiento del copiloto llevaba una copia del mapa. No lo abrió.

El móvil vibró. Un mensaje nuevo en el correo de No se Fueron.

Sin asunto.

El tercer correo llegó cuando Sara ya había apagado la luz interior del coche.

El remitente era distinto. Una dirección vieja, con números al final, de esas que parecían creadas para comprar entradas o darse de alta en páginas que luego se olvidan. El asunto decía solo: no son todas.

Sara no abrió el archivo adjunto. Esta vez no. Dejó el móvil boca abajo sobre el asiento y respiró contando hasta cinco. Luego llamó a Sonia. La agente contestó al tercer tono con voz de no haber dormido.

—No lo abras.

—No lo he abierto.

—Milagro.

—No empieces.

—Reenvíalo como adjunto a la dirección que te doy y apaga el correo del móvil.

Sara obedeció. Le costó más apagar el correo que enfrentarse a algunas personas. El gesto la dejó sin la falsa sensación de estar vigilando algo.

Al cabo de media hora, Sonia llamó de vuelta.

—Es una lista.

Sara cerró los ojos.

—¿De nombres?

—De iniciales, años y ubicaciones incompletas. Hay tres referencias a parcelas que no salieron en Les Comes. Una coincide con una finca vendida a una sociedad vinculada a Arasa. Otra con terrenos municipales arrendados para una Ruta enoturística. La tercera no la localizo todavía.

—¿Cuerpos?

Sonia tardó en responder.

—No uses esa palabra si no quieres que luego te pese.

—La serie ya la lleva encima —murmuró Sara, aunque nadie dentro de la novela podía entender eso.

—¿Qué?

—Nada. ¿Qué hacemos?

—Nada sola. Nada de noche. Nada con Lucas entrando de heredero culpable en una finca ajena. Mañana se pide diligencia. Y si alguien vuelve a mandarte una piedra blanca con foto, me llamas antes de convertirla en símbolo.

Sara colgó. Se quedó mirando las viñas desde el coche. Las hileras eran apenas líneas negras contra el campo. De día parecían orden. De noche, costillas.

Volvió a la sede al amanecer. No porque fuera prudente. Porque no sabía ir a casa todavía. El bajo estaba cerrado. La persiana seguía atascándose a medio metro y tuvo que empujarla con el hombro. Dentro olía a café viejo, humedad y papel. Nada había cambiado y eso le produjo una gratitud ridícula.

Sobre la mesa seguían los vasos sin lavar. La miga de croissant también. Sara la tiró por fin a la papelera. Luego sacó un folio limpio y escribió en mayúsculas: NO AbrIR ARCHIVOS SIN COPIA FORENSE. Lo pegó junto a las otras normas. Quedó torcido. No lo corrigió.

A las ocho llegó Maribel con una bolsa de mandarinas.

—No preguntes —dijo.

—No iba a.

—Sí ibas. Se te pone cara de preguntarlo todo.

Dejó las mandarinas sobre la mesa y vio el folio nuevo.

—¿Otra norma?

—Otra metedura de pata evitada por poco.

Maribel asintió, con cara de aceptar aquello como progreso posible. Se sentó y empezó a pelar una mandarina con una lentitud casi agresiva. La piel salió en espiral.

—Dolores decía que cuando la tierra huele dulce, hay que desconfiar —dijo Maribel.

Sara la miró.

—¿Por qué?

—Porque algo se está pudriendo debajo o algo está madurando demasiado rápido. No sé. Ella decía muchas cosas raras.

No hacía falta entenderlo del todo. Aquello se quedó en la mesa, junto a las mandarinas.

Después llegó Laia, con los ojos hinchados y una carta doblada en la mano. Había ido a Reus. Leila no la recibió. La carta volvió sin abrir.

—Me dijo por el telefonillo que la dejara de molestar —dijo Laia.

—¿Y la dejaste?

—Sí.

Ese sí pequeño, valía más que una disculpa larga.

Teresa entró una hora más tarde. Traía el folio de Nadia dentro de una funda nueva.

—Quiero que vuelva a la pared —dijo.

Sara no se movió.

—¿Estás segura?

—No. Pero si espero a estar segura, me muero antes.

Laia levantó la vista, pero no habló. Elena, que acababa de llegar con pan, se quedó junto a la puerta.

Teresa puso ella misma el nombre de Nadia en la pared. No arriba. No abajo. A un lado, donde pudiera verlo al entrar y retirarlo si un día no podía soportarlo. Nadie aplaudió. Nadie dijo nada bonito. Maribel le ofreció un gajo de mandarina. Teresa lo aceptó y se lo comió de pie.

Lucas llegó el último. Venía sin traje, con la barba mal afeitada y una carpeta marrón bajo el brazo. Miró el nombre de Nadia recién pegado y luego el folio nuevo de normas.

—Neus ha pedido diligencias sobre las parcelas —dijo.

Sara asintió.

—Sonia me ha llamado.

—También me han suspendido formalmente de la dirección del Celler.

No produjo el efecto que habría producido semanas atrás. Nadie se levantó. Nadie lo consoló. Elena dejó el pan sobre la mesa.

—¿Y ahora qué eres? —preguntó Laia.

Lucas tardó un segundo.

—No lo sé.

—Bienvenido —dijo Teresa.