Capítulo 24 #5
—Tenemos que sacarlo de aquí —continué, mi voz quebrándose en los bordes—. Ahora. Lejos de las cámaras, lejos de los micrófonos, lejos de todo esto. Tiene que ver a un médico. No a un fisio. A un médico de verdad. Alguien que entienda lo que le está pasando.
Conti se pasó una mano por el rostro, el gesto lento, pesado. Podía ver la guerra en sus ojos: el director de equipo que veía el sueño publicitario de un podio desvanecerse, convertirse en humo entre sus dedos, contra el ser humano que entendía —aunque no quisiera— la gravedad de lo que describía.
—¿Qué crees que va a pasar en ese podio, Giorgio?
—insistí, clavándole la mirada con toda la intensidad que pude reunir—.
¿Crees que va a sonreír? ¿Que va a saludar a la multitud como si nada?
Te lo voy a decir, porque alguien tiene que decirlo.
Se va a desplomar. O va a quedarse allí, pálido como un fantasma, temblando como una hoja, con los ojos desorbitados, mientras el mundo entero se pregunta qué droga le dieron.
¿Esa es la imagen que quieres para Auronox?
¿La de un piloto al borde de un colapso nervioso en vivo y directo para todo el planeta?
¿Crees que a los patrocinadores les va a gustar eso más que una retirada discreta por «motivos médicos»?
Esa fue la estocada final. Golpeé donde más le dolía: en el negocio, en el dinero, en la imagen que tanto le costaba mantener.
Conti cerró los ojos. Permaneció así un segundo, dos, tres. Cuando los abrió, vi la derrota en ellos, la aceptación de lo inevitable. Asintió, una vez, lento, como si el gesto le costara un esfuerzo físico.
—Está bien —dijo, y su voz sonaba cansada, derrotada—. Está bien. Lo retiramos del podio. Diremos... malestar severo por deshidratación y agotamiento. Algo que suene creíble pero vago. Algo que nadie cuestione demasiado.
El alivio fue un golpe físico, tan violento que me dejó tembloroso.
Abrió los ojos y me miró, y por primera vez vi algo que no era cálculo, sino una genuina preocupación. Me hizo un gesto para que saliera de allí. Salí de la oficina de Conti, el cuerpo temblando con una descarga de adrenalina post-decisión.
El sonido de la puerta cerrándose a mis espaldas fue como el portazo de una celda. Me apoyé contra la pared fría del pasillo, las rodillas a punto de ceder. Había ganado. Le había conseguido una salida. Le había ahorrado el espectáculo público de su propio derrumbe.
Pero la victoria sabía a cenizas.
Porque al hacerlo, al ir a Conti y usar palabras como ataque de pánico y colapso nervioso , había hecho algo irreversible.
Algo que no podía deshacer. Ya no era un secreto entre él y yo, algo que se susurraba en la oscuridad y se olvidaba al amanecer.
Ahora era un dato en la mente del director del equipo.
Un problema que había que gestionar. Un riesgo que había que evaluar.
Y lo peor, lo que me retorcía las entrañas con una culpa viscosa y negra, era que en ningún momento de mi desesperado discurso había mencionado a Monza.
Solo quería salvarlo ahora, en este instante, en este segundo.
Pero sabía —con una certeza que me helaba la sangre, que me paralizaba el alma— que al medicalizar su crisis, al ponerle una etiqueta clínica a su sufrimiento, acababa de firmar una sentencia.
Un piloto que sufre un «agotamiento severo» y necesita evaluación médica no estaría en condiciones de correr en la carrera más importante del año.
La que le había prometido a su madre. La que significaba todo.
Mis pasos, lentos, pesados, me llevaron de vuelta. No hacia el garaje, no hacia la celebración, sino hacia la enfermería. Hacia él.
La puerta de la enfermería estaba cerrada.
Me apoyé contra la pared opuesta y deslicé mi cuerpo hacia abajo hasta quedar sentado en el suelo, las rodillas dobladas contra el pecho, la cabeza gacha.
El frío del cemento se filtró a través del traje, un recordatorio de que el mundo seguía girando aunque el mío se hubiera detenido.
Desde allí, desde mi rincón de derrota, podía oír los ecos del himno nacional, los vítores de la multitud, la celebración que se desarrollaba sin nosotros.
Cada rugido era un recordatorio de lo que él se estaba perdiendo.
De lo que esta mierda le había hecho perder.
Cerré los ojos, pero la imagen estaba grabada a fuego en mis párpados: sus dedos entumecidos aferrándose a mí, sus ojos desorbitados por un terror que yo no podía comprender del todo, su voz quebrada que creía que se moría, que se despedía sin saberlo.
¿En qué momento todo se había torcido tanto?
Le había dicho a Conti que era por su bien, por el bien del equipo, por la imagen de Auronox.
Pero en el fondo de mi alma, en ese lugar oscuro donde se esconden las verdades que no queremos afrontar, lo sabía: era por mí.
Por mi incapacidad de soportar verlo así.
Por mi egoísmo de no poder compartir su fragilidad con el mundo.
Por mi necesidad de ser yo quien lo salvara, aunque la salvación significara condenarlo de otra manera.
Iba a enojarse. Lo conocía. Cuando despertara, cuando la niebla del pánico se disipara y pudiera pensar con claridad, iba a odiarme por esto. Por haber decidido por él. Por haberlo convertido en un problema médico cuando solo estaba siendo humano.
Pero ¿qué se suponía que hiciera? ¿Qué opción me quedaba?
La quietud del pasillo era ahora absoluta. Solo el zumbido de los fluorescentes, como un enjambre de insectos eléctricos, y el eco de mi propia culpa, repitiéndose en un bucle infinito.
Había salvado al piloto, tal vez. Había protegido su imagen, su reputación, su futuro en el equipo.
Pero había destrozado al hombre.
Y en el proceso, estaba seguro de ello, había perdido cualquier derecho a estar a su lado cuando despertara.