Capítulo 24 #4
Julian, con una calma que le envidio profundamente, seguía creando una barrera más amplia, desviando a la prensa con excusas sobre el calor y el agotamiento, regalándonos segundos preciosos.
Pero los lentes de las cámaras eran implacables, depredadores silenciosos que capturaban cada espasmo, cada gota de sudor que recorría su sien, cada fractura de su armadura.
Estaba jodidamente cansado de esto.
Con un movimiento rápido, tomé la toalla que un fisio extendía y, con la excusa de secarle el sudor, la deslicé sobre sus hombros y su cabeza.
Una capucha improvisada, un velo de intimidad frente al ojo voraz de las cámaras.
Él no reaccionó. No se encogió. No preguntó por qué.
Solo aceptó la oscuridad que yo le ofrecía.
—Vamos —murmuré cerca de su oído, con una urgencia que ya no podía ni intentaba disimular—. Camina. Ahora. No mires atrás.
Por un milagro —o quizá por el agotamiento total que vence incluso al miedo más primitivo—, sus piernas obedecieron.
Se dejó guiar, un peso muerto y tembloroso contra mi costado, como un barco a la deriva que por fin encuentra un ancla.
Caminamos hacia el parc fermé con paso contenido, una procesión fúnebre disfrazada de celebración ajena.
Cada paso que él daba era inestable, como si el asfalto se hubiera vuelto de goma bajo sus pies.
Yo sostenía la mayor parte de su peso de forma discreta, mi brazo firme alrededor de su espalda bajo la toalla, sintiendo los violentos latidos de su corazón a través del traje ignífugo.
Ta-tum. Ta-tum. Ta-tum. El tambor de su miedo golpeando contra mi pecho.
La distancia hasta el área reservada fue la caminata más larga de mi vida. Cada flash que estallaba a nuestro alrededor era un disparo. Cada grito de un fan, un martillazo en su frágil coraza. Caminábamos bajo el fuego cruzado de un mundo que no entendía que no estábamos celebrando nada.
Finalmente, traspasamos la línea segura. El ruido se apagó como por arte de magia. Me giré hacia él, y mis manos lo sostuvieron de los hombros con una firmeza que era más súplica que orden. Él no me apartó. Ese pequeño milagro me rompió por dentro.
—Mírame —le ordené, y esta vez usé el tono que empleaba en la pista, el que no admitía réplica, el que decía esto no es negociable.
Agarré su barbilla con firmeza, forzándolo a levantar la vista, a enfocar esos ojos vidriosos y ausentes en los míos—.
Nicola Ravelli. Estás en Zandvoort. Acabas de quedar tercero.
Tu pulso está alto. Es adrenalina. No te estás muriendo. ¿Me oyes?
Sus pupilas, dilatadas y negras como pozos sin fondo, se contrajeron un milímetro. Un hilo de conciencia regresó a ellas, tenue como un rayo de sol en una habitación sellada.
—Delli... —Fue un sonido quebrado, un reconocimiento, una súplica contenida en dos sílabas. Asentí, al borde del colapso, sintiendo cómo se me desmoronaba algo en el pecho.
Los fisios llegaron entonces, sus rostros una mezcla de preocupación profesional y confusión genuina.
Cuando les traspasé el peso de Nicola —cuidadosamente, como quien entrega una reliquia frágil— fue como arrancarme una parte de mi propia alma.
Se lo llevaron, y él se dejó llevar sin resistencia, la cabeza gacha, los hombros hundidos, un náufrago que por fin aceptaba la derrota del cuerpo.
Me quedé allí, jadeando, con las manos en las caderas, el sabor del miedo y la gasolina mezclados en la boca.
El mundo a mi alrededor —el bullicio del equipo, la música a todo volumen que celebraba algo que yo no podía sentir, el zumbido de los motores que se apagaban como exhalaciones moribundas— se había convertido en un ruido blanco sin sentido.
Lo único nítido era la imagen de Nicola siendo escoltado hacia el interior: la espalda encorvada, la toalla aún sobre su cabeza como un sudario improvisado.
Un tercer puesto. Un maldito podio. Y él parecía un prisionero camino al patíbulo.
La rabia no era contra él. Jamás podría ser contra él, por mucho que lo intentara.
Era una furia sorda y devastadora contra mí mismo.
Por haberlo visto desmoronarse en Spa y haber decidido, con la soberbia del que cree saberlo todo, que la solución era el distanciamiento.
Por creer —aunque fuera por un segundo, aunque fuera una mentira que me conté para dormir mejor— que mi amor era un peso.
Por no haber estado a su lado antes, durante, siempre, para evitar que tuviera que llegar a este punto de quiebre absoluto.
Dylan, su ingeniero, se acercó con pasos vacilantes. Su rostro, usualmente despreocupado y hasta jovial, estaba tenso como una cuerda a punto de romperse. Su mano se apoyó en mi hombro, buscando mi atención con la torpeza de quien no sabe qué decir.
—Está… —No terminó la frase. No pudo. Las palabras se le atragantaron.
—No —corté, y la palabra salió más fuerte de lo que esperaba, un latigazo en el aire—. No está bien. Ni pienses en decirlo. Estoy jodidamente cansado de que todos sigan diciendo esa mierda.
Dylan retrocedió un paso, sorprendido por la violencia en mi voz. Sus ojos se abrieron como platos. Pero no me importó. Nada importaba excepto la imagen de Nicola temblando, convencido de que se estaba muriendo, y yo allí, discutiendo con un ingeniero mientras él se deshacía en una camilla.
—Rydell, cálmate —dijo Dylan, bajando la voz, lanzando miradas furtivas a los técnicos que empezaban a mirarnos—. Son los nervios de la carrera, el calor...
—¡No es el calor, Dylan! —casi le grité, avanzando un paso hacia él con una ferocidad que ni yo mismo reconocí.
La gente a nuestro alrededor empezó a girar la cabeza, los oídos puntiagudos como liebres asustadas—.
¿No lo ves? ¿De verdad no lo ves? ¡No son nervios!
Es... es pánico. Puro y jodido pánico. Lo está viviendo ahora mismo.
En este instante. Cree que se está muriendo.
Dylan palideció hasta volverse del color de la cal viva.
Ataque de pánico. Las palabras flotaron entre nosotros como un fantasma que nadie quería nombrar.
Sonaban a debilidad, a algo que no pertenecía al vocabulario sagrado de la Fórmula 1.
Algo que se escondía en los rincones oscuros, que se callaba con sonrisas forzadas, que nunca, jamás, se nombraba en voz alta.
—Dile a Neiva que mantenga a la prensa ocupada —le ordené, y mi mente, entrenada durante años para analizar crisis en la pista a trescientos kilómetros por hora, empezó a funcionar con una claridad aterradora, pero con un objetivo nuevo: salvar a Nicola del escarnio público, de las miradas curiosas, de los titulares sensacionalistas—.
Inventa lo que sea. Un calambre. Una deshidratación extrema.
Una intoxicación alimentaria. Cualquier cosa que no sea la verdad.
Sin esperar su respuesta —no había tiempo para cortesías—, me giré y crucé el paddock como un poseído.
No corrí —correr habría llamado la atención—, pero cada paso era largo, decidido, una flecha lanzada hacia su destino.
Ignoré las felicitaciones que me llegaban de todos lados, las palmadas en la espalda de los mecánicos que celebraban mi podio.
Mi visión se había convertido en un túnel.
Solo había un destino posible: la oficina de Giorgio Conti, el director del equipo.
La puerta estaba entreabierta. La empujé con la fuerza justa para que golpeara contra la pared sin romperla.
Conti estaba de pie, con el teléfono pegado a la oreja, sonriendo mientras veía las repeticiones del podio en una pantalla gigante.
Al verme irrumpir, su sonrisa se congeló como el aceite en invierno.
—Te llamo luego —dijo al teléfono, y colgó sin esperar respuesta—. Rydell, ¡qué carrera! Un podio, chico, un...
—Se está desmoronando, Conti —corté en seco, cerrando la puerta a mis espaldas con un golpe seco. El ruido del mundo exterior se apagó como si hubiera tirado un interruptor. El silencio que siguió fue absoluto, denso, cargado—. No puede subir a ese podio.
Giorgio parpadeó una, dos, tres veces. Procesando.
—¿Qué? ¿Quién? ¿Nicola? ¿Un calambre? Los fisios ya...
—¡No es un calambre! —Mi voz retumbó en la pequeña oficón, cargada de una desesperación que ya no podía ni quería contener.
Avancé hacia su escritorio con pasos firmes—.
Es un ataque de pánico, Giorgio. Un ataque de pánico severo.
Lo acabo de dejar con los fisios: temblando, hiperventilando, con las pupilas dilatadas como platos, creyendo con cada fibra de su ser que se está muriendo.
No puede ni mantenerse en pie. ¿Cómo esperan que suba a un podio y sonría para las cámaras?
Conti me miró como si acabara de hablar en otro idioma. Las palabras eran anatema aquí, más aterradoras que un fallo hidráulico en recta a fondo.
—Rydell, cálmate —dijo, levantando las manos en un gesto de apaciguamiento que solo consiguió encender más mi furia—. Son los nervios de la carrera, la presión del podio… Deja a los fisios hacer el trabajo. Se le pasará. Dale unos minutos y verás cómo...
—¡No se le va a pasar! —rugí, y supe que estaba a un paso de faltar el respeto, de cruzar una línea de la que no podría regresar, pero en ese momento no me importaba.
Nada importaba—. ¿Por qué nadie escucha?
¡Cree que se está muriendo! Su cerebro le está diciendo que se está muriendo.
No es una metáfora, Giorgio. Para él, en este momento, es real.
¿Vas a obligar a un hombre que cree que se muere a subir a un maldito podio a brindar con champán mientras el mundo lo aplaude?
Mi respiración era un fuelle desbocado, mi pecho subiendo y bajando como si yo también estuviera al borde del colapso. Le estaba mostrando mi propia grieta, mi propio pánico, y ya no me importaba quién lo viera.