CAPÍTULO 28 #2
No esperaba aquello. Renata tomó la taza.
No bebió.
—También.
Mara dejó el papel.
—Ah.
Renata sonrió.
—Respuesta poco profesional.
—Soy adaptable.
León no apartó los ojos de la mujer.
—¿Alejandro lo sabía?
—Sí.
—¿Elena?
—También.
—¿Y?
—Eligió a Elena.
Mara esperó.
Renata continuó:
—Yo elegí Origen.
No había resentimiento en la frase. Había algo peor.
Comprensión tardía.
—Creí que él estaba huyendo de responsabilidad —dijo—. Pensé que Elena lo volvía pequeño.
—¿Pequeño?
—Casa. Hijos. Una vida.
Renata miró sus manos.
—Yo quería arreglar la humanidad.
Mara respondió:
—Y ellos querían cenar.
Renata rió.
—Exactamente.
• • •
León caminó hasta la ventana. El mar se veía entre las casas.
—Usted permitió que creyeran que nadie sabía quién había construido Origen.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque yo sabía.
—Eso no responde.
—Si aparecía, todas las preguntas terminarían en mí.
—Responsabilidad.
—Autoridad.
León giró.
Renata continuó:
—Quien puede explicar el origen de un sistema adquiere poder sobre su interpretación.
—Entonces ocultó su participación.
—Sí.
—¿Para no tener poder?
Renata negó.
—Eso me dije.
Pausa.
—La verdad es más fea.
Mara se acercó.
—¿Cuál?
Renata levantó los ojos.
—No quería que supieran que había seguido trabajando.
Silencio.
—¿Después de Elena? —preguntó León.
—Sí.
—¿Después de los catorce niños?
—Sí.
—¿Después de Calíope?
—Sí.
León se quedó inmóvil.
—¿En qué?
Renata respondió:
—En una versión final.
• • •
La carpeta estaba dentro de un cajón de la cocina. Sin caja fuerte.
Sin código. Renata la colocó sobre la mesa.
En la tapa:
PROYECTO UMbrAL.
Mara exhaló.
—No me diga que hay una cuarta esfera.
—No.
—Gracias.
—Hay algo peor.
Mara cerró los ojos.
—Era mucho pedir.
Renata abrió. No había diagramas de máquinas.
Había una sola página.
Una pregunta:
¿CUÁNDO DEBE UN SISTEMA ACEPTAR QUE YA NO TIENE DERECHO A SEGUIR EXISTIENDO?
León leyó dos veces. Origen intentaba corregir.
La Línea de Agua intentaba decidir continuidad. Varda interrumpía.
Testigo observaba. Umbral era diferente.
No decidía sobre personas. Ni sobre humanidad.
Decidía sobre el propio sistema.
—Un mecanismo de suicidio —dijo Mara.
Renata negó.
—De renuncia.
—Diferencia.
—Un suicidio termina existencia.
Pausa.
—Una renuncia termina autoridad.
León levantó la vista. Ahí estaba.
El problema que ninguno de los sistemas anteriores había podido resolver. Todos sabían revisar personas.
Ninguno sabía retirarse por sí mismo.
—¿Lo terminó?
Renata no respondió.
—Renata.
—Sí.
Silencio.
—¿Dónde está?
La anciana miró el mar.
—Dentro de Origen.
Mara se puso de pie.
—¿Lo activó?
—No.
—¿Puede?
—Ya lo hice.
León se quedó inmóvil.
—¿Cuándo?
—Hace seis meses.
El Meridiano. La Auditoría.
La caída del Índice. Seis meses.
—¿Por qué?
Renata miró a León.
—Porque vi lo que hicieron ustedes.
—¿Qué cosa?
—Construyeron una autoridad capaz de admitir contradicción pública y después obligaron a esa autoridad a dejar de ser centro.
Mara comprendió.
—La Auditoría.
—Sí.
Renata señaló el archivo.
—Era la condición que me faltaba.
León sintió frío.
—Entonces este caso…
—No lo inició Origen.
—¿Usted?
—No.
—¿Serra?
—Tampoco.
La anciana negó lentamente.
—Umbral.
• • •
La casa quedó en silencio.
—Un sistema inició una investigación sobre sí mismo —dijo Mara.
—No exactamente.
Renata la miró.
—Solicitó contradicción externa.
León sonrió sin humor.
—Nosotros.
—Sí.
—La fotografía.
—Umbral ordenó al protocolo Testigo que buscara a alguien capaz de revisar si Origen conservaba legitimidad.
—Serra convirtió eso en pruebas.
—Sí.
—Entonces volvió a hacer lo mismo.
—Sí.
Renata parecía cansada.
—Todo sistema termina traduciendo una pregunta nueva al lenguaje que ya conoce.
León miró la carpeta.
—¿Qué necesita Umbral?
—Una respuesta.
—No.
Renata sonrió.
—Aprendió rápido.
—¿Qué necesita realmente?
La mujer tardó.
Después:
—Evidencia de que algo puede continuar después de perder su autoridad central.
Mara entendió.
—Origen necesita saber si puede renunciar sin que todo lo que sostiene desaparezca.
—Sí.
—¿Y puede?
Renata miró hacia León.
—Eso vine esperando que me dijeran ustedes.
Él negó.
—No.
La anciana pareció decepcionada.
—¿Por qué?
—Porque sigue intentando que alguien decida por el sistema.
Renata quedó inmóvil.
León continuó:
—Si Umbral realmente existe para determinar cuándo Origen debe renunciar, no puede necesitar mi autorización.
—Entonces ¿qué propone?
—Nada.
—Eso otra vez.
—No.
León cerró la carpeta.
—Propongo que le demos acceso a algo que nunca tuvo.
—¿Qué?
Miró a Mara. Después a Renata.
—Las consecuencias de su propia ausencia.
• • •
Mara comprendió antes.
—Simular apagarlo.
—No.
—Entonces.
—Descentralizar una parte real.
Renata palideció.
—Eso es peligroso.
—Sí.
—Origen mantiene infraestructura que nadie sabe que depende de él.
—Entonces habrá que saberlo.
—Puede haber fallos.
—Los habrá.
—Personas pueden resultar afectadas.
—Sí.
Renata endureció el rostro.
—Habla con mucha facilidad.
León respondió:
—No estoy diciendo que lo hagamos de golpe.
—¿Entonces?
—Que por primera vez dejemos de tratar la continuidad de Origen como una condición intocable.
Pausa.
—Identificamos una función.
La trasladamos. Observamos.
Corregimos. Después otra.
—Puede llevar años.
—Sí.
—Yo no tengo años.
León la miró.
—Origen sí.
Renata sonrió. Por primera vez parecía verdaderamente tranquila.
—Alejandro habría dicho eso.
—No me interesa.
Ella rió.
—Perfecto.
• • •
Antes de irse, León abrió la puerta. Renata lo llamó.
—Señor Varda.
Él giró. La mujer lo observó durante varios segundos.
—Alejandro no quería descendencia Varda.
—Lo sé.
—Elena tampoco, al final.
—Lo sé.
—Mateo y Elías ya eligieron sus nombres.
—Sí.
—¿Y usted?
León miró hacia Mara. Ella esperaba en el jardín.
Después volvió a la anciana.
—Todavía me llamo León Varda.
—¿Por costumbre?
Él pensó.
—No.
—¿Entonces?
—Porque ahora lo elijo yo.
Renata sonrió.
—Eso habría irritado muchísimo a Origen.
—Está mejorando.
Salió.
• • •
En el auto, Mara esperó hasta doblar la esquina.
—¿Le creyó?
—En partes.
—¿Cuáles?
—Que conoció a Elena.
—Sí.
—Que participó en Origen.
—Sí.
—Que amó a Alejandro.
—También.
Mara lo miró.
—¿Y Umbral?
León permaneció callado.
—No le cree.
—Creo que existe.
—¿Entonces?
—No creo que Renata lo activara hace seis meses.
—¿Por qué?
León sacó una hoja. La última página del Proyecto Umbral.
Había una fecha de activación. No seis meses atrás.
Veintidós años. La noche en que desapareció el Calíope.
Mara dejó de mirar la ruta durante un segundo.
—Ella mintió.
—Sí.
—¿Por qué?
León observó la firma. No pertenecía a Renata.
Era de Alejandro Ferrer. León Varda.
El padre de Mateo y Elías. El hombre que oficialmente había desaparecido mucho antes.
—Porque Renata no activó Umbral.
Mara miró la hoja.
—Alejandro.
—Sí.
—¿En 2004?
—Sí.
—Entonces estaba vivo.
León observó el mar por la ventanilla. Habían pasado toda la novela preguntándose cuál de dos gemelos era León Varda I.
Mateo. Elías.
Dos hijos atrapados dentro de una identidad. Y quizá habían omitido una posibilidad mucho más sencilla.
El hombre que creó aquella identidad seguía utilizándola.
Mara dijo:
—La voz del Calíope.
León asintió. El hombre sin cicatriz.
El que Daniel había llamado señor Varda. Elías.
Eso habían supuesto. Pero Daniel nunca había dicho que tuviera la misma edad que Mateo.
Solo había dicho:
Viejo. León sacó el teléfono.
Llamó al Argo. Daniel atendió.
—Hola.
—Daniel. Necesito una cosa.
—¿Otra rara?
—Sí.
—Bueno.
—El hombre que estaba con vos abajo. El que decía llamarse Varda.
—Sí.
—¿Era parecido a Mateo y Elías?
Daniel pensó.
—Un poco.
León dejó de respirar.
—¿Un poco?
—Sí.
—¿Parecía hermano de ellos?
—No.
—¿Entonces?
Daniel respondió con la naturalidad de un niño al que los adultos llevaban semanas obligando a explicar lo evidente.
—Parecía el papá.
Silencio. Mara frenó el auto sobre la banquina.
León miró hacia la casa de Renata, ya perdida detrás de ellos. Alejandro Ferrer.
León Varda cero. Arquitecto.
Fugitivo. Padre.
El hombre que había activado Umbral en 2004. Y quizá el hombre que había vivido durante veintidós años dentro de Origen.
León bajó el teléfono. Mara lo miró.
—Volvemos.
Él negó.
—No.
—Renata mintió.
—Precisamente.
—Entonces.
León miró hacia Mar del Plata.
—Si volvemos, hacemos lo que espera.
—¿Y qué hacemos?
Él sostuvo la página con la firma de Alejandro. Por primera vez la dirección de la investigación no estaba en el pasado.
Estaba abajo. A 3.912 metros.
En una estación que acababan de evacuar. Una estación que todos creían vacía.
—Regresamos al Calíope.
Mara cerró los ojos.
—Acabamos de salir.
—Sí.
—Casi morimos.
—Sí.
—¿Y quiere volver?
León abrochó el cinturón.
—No.
Mara arrancó.
—Perfecto.
—Pero necesitamos saber por qué Alejandro Ferrer pasó medio siglo enseñándonos a desconfiar de sistemas…
Miró la firma.
—…y después eligió convertirse en uno.