CAPÍTULO 28
LA MUJER QUE ENSEÑÓ A PREGUNTAR
La mujer volvió a llamar cuarenta y tres minutos después. Esta vez León atendió antes del segundo timbre.
—Nombre.
Mara lo miró.
—Duró bastante.
La voz anciana rió.
—Renata Valcárcel.
León tomó un lápiz.
—Real.
—Desde 1928.
—Lugar.
—Mar del Plata.
—Dirección.
—Eso tendrá que ganárselo.
—Tiene noventa y ocho años y acaba de pedirme que no tarde. No complique el viaje.
Silencio.
Después:
—Playa Serena. Calle 445, número 118.
Mara ya estaba escribiendo.
—¿Sola? —preguntó León.
—Sí.
—¿Armada?
La mujer volvió a reír.
—A mi edad, señor Varda, levantarse rápido ya cuenta como conducta hostil.
—No respondió.
—Hay una escopeta descargada sobre un placard.
—¿Por qué descargada?
—Porque hace veinte años que no puedo soportar el retroceso.
León miró a Mara.
—Me cae bien.
—No se encariñe.
Renata oyó.
—Usted debe ser Mara.
—Y usted debe ser alguien que sabe demasiado de mí sin haberme conocido.
—Sí.
—Entonces empezamos mal.
La mujer no se ofendió.
—Eso mismo dijo Elena la primera vez que nos vimos.
León dejó de escribir.
—¿Cuándo?
—1968.
Elena Varda tenía poco más de veinte años. Origen todavía no existía.
Al menos según todos los archivos que habían encontrado.
—¿Dónde?
—Ginebra.
—¿Qué hacía Elena?
—Matemática aplicada.
—¿Y usted?
Pausa.
—Intentaba impedir una guerra que nunca ocurrió.
• • •
Viajaron durante la noche. No avión oficial.
No Prefectura. Un auto.
Mara condujo primero. León durmió cuarenta minutos.
Ella se lo reprochó cuando despertó.
—Pensé que los detectives atormentados miraban por la ventana durante todo el viaje.
—Estaba cansado.
—Le arruina bastante la imagen.
—Puedo fingir insomnio si ayuda.
La ruta estaba casi vacía. Alma había quedado en Buenos Aires con Clara.
Mateo y Elías pasaron la noche en la misma casa. En habitaciones distintas.
Daniel insistió en dormir en el sillón del living porque nunca había visto una televisión tan grande. Samuel había prometido no intervenir.
Nadie le creyó. Pero Sofía estaba con él.
Eso mejoraba las probabilidades. Mara miró la ruta.
—¿Qué cree que vamos a encontrar?
—Una mujer de noventa y ocho años.
—Gracias.
—Usted preguntó.
—Sabe a qué me refiero.
León tardó.
—Creo que va a decirnos que Origen no comenzó en 1974.
—Ya lo sospechamos.
—No.
—¿Qué?
—Sospechamos que la máquina es anterior.
Miró por la ventanilla.
—No sabemos si la idea también.
• • •
Renata Valcárcel vivía a seis cuadras del mar. Casa baja.
Techo de tejas. Jardín demasiado grande para alguien de noventa y ocho años.
No había cámaras visibles. León encontró cuatro antes de llegar a la puerta.
Mara vio dos.
—No diga nada.
—No iba a hacerlo.
—Lo pensó.
—Eso no cuenta.
La puerta se abrió antes de que tocaran. Renata era pequeña.
Cabello blanco cortado muy corto. Bastón.
Ojos negros. No parecía frágil.
Parecía comprimida. Como si el tiempo hubiera reducido su cuerpo sin conseguir reducirla a ella.
Miró a León. Después a Mara.
—Se parece menos de lo que esperaba.
León frunció el ceño.
—¿A quién?
—A todos.
Mara suspiró.
—Por favor no empecemos otra vez con eso.
Renata sonrió.
—Pase, agente Sanz.
—Mara.
—Mejor.
Entraron. La casa olía a café y madera húmeda.
Sobre una mesa había medialunas. León miró.
Renata lo vio.
—Puede comer.
—No pregunté.
—Tampoco disimuló.
• • •
No hubo sótano. No hubo puerta secreta.
No hubo esfera. Renata los hizo sentar en la cocina.
Eso inquietó a León más que cualquier laboratorio.
—Origen —dijo.
Ella tomó café.
—Qué mal nombre.
—¿No lo eligió usted?
—No.
—¿Quién?
—Un comité.
—Siempre es un comité cuando nadie quiere cargar con una mala idea.
Renata lo miró.
—Elena decía lo mismo.
Mara abrió una libreta.
—Empiece en 1968.
La anciana asintió.
—Después de la crisis de los misiles, varios gobiernos entendieron algo que debería haber sido obvio.
—¿Qué?
—Que podían destruir el mundo por accidente.
León no interrumpió.
—Se crearon grupos discretos para estudiar continuidad después de una guerra nuclear. Alimentos. Refugios. comunicaciones. gobiernos de emergencia.
—Eso es conocido.
—La parte conocida, sí.
—¿Y la otra?
Renata apoyó ambas manos sobre el bastón.
—Alguien hizo una pregunta.
—¿Quién?
—Yo.
Mara levantó la vista. Renata no dramatizó.
—Pregunté qué sentido tenía reconstruir exactamente el mismo sistema que había estado a minutos de destruirnos.
Silencio. Ahí estaba.
No la máquina. La idea.
—¿Qué respondió el grupo? —preguntó León.
—Que no era nuestro problema.
—Y usted decidió que sí.
—Sí.
Renata sonrió con tristeza.
—Ése fue mi primer error.
• • •
El primer modelo no seleccionaba personas. Ni familias.
Ni conductas. Seleccionaba instituciones.
Qué ministerios restaurar. Qué industrias.
Qué cadenas de mando. Qué tratados.
Qué redes.
—Queríamos detectar qué estructuras podían reproducir las condiciones del colapso —dijo Renata.
Mara apoyó el lápiz.
—Eso suena razonable.
—Lo era.
—¿Entonces?
—Funcionó.
León observó a la mujer.
—Ése fue el problema.
Renata sonrió.
—Ahora entiendo por qué Elena lo quería tanto sin conocerlo.
León quedó quieto.
—¿Qué dijo?
La anciana lo ignoró.
—El modelo identificó patrones repetidos.
Concentración de autoridad. Opacidad.
Competencia por recursos. Cadenas de mando incapaces de aceptar contradicción.
Sistemas que castigaban información inconveniente.
—Hasta ahí no hay monstruo —dijo Mara.
—No.
Renata tomó café.
—El monstruo apareció cuando quisimos saber quién reproducía esas estructuras.
• • •
Primero fueron cargos. Después instituciones.
Después perfiles profesionales. Finalmente personas.
Cada paso parecía pequeño. Justificable.
Útil.
—Nunca dijimos “vamos a decidir qué clase de persona debe existir” —explicó Renata—. Dijimos cosas más elegantes.
“Identificar vectores de riesgo.”
“Reducir recurrencia.”
“Optimizar continuidad.”
“Corregir vulnerabilidades culturales.”
Mara negó lentamente.
—Hasta que construyeron eugenesia con vocabulario administrativo.
Renata sostuvo su mirada.
—Sí.
No intentó defenderse. Eso desarmó la furia.
No la responsabilidad.
—¿Y Elena? —preguntó León.
—Fue la primera persona que entendió que habíamos cruzado la línea.
—¿Intentó detenerlo?
—No.
Pausa.
—Intentó arreglarlo.
León cerró los ojos. Por supuesto.
Renata continuó:
—Elena todavía creía que un sistema suficientemente inteligente podía distinguir entre comprender una causa y reclamar autoridad sobre ella.
—No puede.
—Ahora lo sé.
—Ella también terminó sabiéndolo.
Renata miró hacia la ventana.
—Demasiado tarde.
• • •
León sacó la fotografía de la firma colectiva. Siete arquitectos.
—¿Usted era uno de ellos?
—Sí.
—¿Cuál trazo?
Renata señaló el tercero. Pequeño.
Inclinado.
—¿Y el Observador Externo?
—También fue idea mía.
Mara soltó aire.
—Claro.
—No me mire así.
—¿Cómo quiere que la mire?
—Como a alguien que ya sabe que se equivocó.
—Eso no modifica lo que hizo.
—No.
Mara guardó la libreta.
—Bien.
Renata pareció satisfecha.
—Elena también me caía mal al principio.
—Eso no era un objetivo.
—Mejor todavía.
León volvió a la firma.
—¿Por qué inventaron Varda?
Renata quedó callada.
—No lo inventamos.
—Tengo documentos.
—Tiene documentos de 1973.
—Sí.
—Varda apareció antes.
León esperó.
—¿Cuándo?
—1969.
—Pero los casos históricos…
—Vardel, Varden, el matemático argentino.
—Sí.
—Los encontramos después.
—Entonces ¿qué era Varda en 1969?
Renata respondió:
—Una persona.
• • •
El hombre se llamaba Alejandro Ferrer . Argentino.
Treinta y dos años. Ingeniero de sistemas.
Trabajaba como consultor en uno de los primeros modelos de continuidad.
—No era brillante —dijo Renata.
León arqueó una ceja.
—Buen comienzo.
—Era bueno.
—Diferencia.
—Enorme.
Alejandro no diseñó Origen. No dirigía nada.
No pertenecía a ningún comité. Un día leyó una tabla.
Una tabla que clasificaba regiones por prioridad de recuperación.
Y preguntó:
¿Por qué esta columna se llama costo humano si las personas nunca participaron en definirlo? Nadie respondió.
Una semana después abandonó el proyecto.
—¿Y?
—Volvió.
—¿Por qué?
—Porque comprendió algo.
Renata miró a León.
—Irse no cambiaba la tabla.
Mara sonrió apenas.
—Me empieza a gustar.
—A Elena también.
León vio venir la respuesta.
—Alejandro era el padre de Mateo y Elías.
Renata negó.
—No.
Silencio.
—Entonces.
—Era el hombre que después aceptaría llamarse León Varda.
León quedó inmóvil. El apellido había llegado después.
La función después. Elena después.
Pero el hombre existía antes de todo eso. Alejandro Ferrer.
Una persona. No una arquitectura.
• • •
—¿Por qué cambió el nombre? —preguntó Mara.
Renata levantó una carpeta. Vieja.
Real. No digital.
ALEJANDRO FERRER.
Dentro había una orden de búsqueda internacional.
—Porque filtró el primer modelo.
—¿A quién?
—A nadie.
León frunció el ceño.
—Entonces no lo filtró.
—Lo dejó donde podía ser encontrado.
—¿Por quién?
—Por cualquiera.
Ferrer había copiado el informe y lo había abandonado en una sala de prensa durante una conferencia internacional.
Sin destinatario. Sin periodista elegido.
Sin acuerdo. El documento terminó publicándose parcialmente.
—¿Por qué?
—Dijo que si elegía quién debía recibirlo, seguía creyendo que tenía derecho a controlar la consecuencia.
Mara miró a León.
—Eso suena familiar.
Él no respondió.
Renata continuó:
—Lo identificaron. Necesitaba desaparecer. Elena creó una identidad.
—León Varda.
—No.
—¿No?
—Primero León Vargas.
Después León Vardel. Luego Varden.
Hasta que quedó Varda. León sonrió.
—Improvisación.
—Sí.
—Y después ustedes construyeron una mitología alrededor de eso.
La anciana bajó la mirada.
—Sí.
—Convirtieron una identidad de fuga en una función.
—Sí.
—Y después en un apellido.
—Sí.
—Y luego criaron personas dentro de ese apellido.
Renata cerró los ojos.
—Sí.
Toda la grandiosidad de Varda había nacido de una falsificación administrativa. Eso era casi hermoso.
• • •
Mara abrió otra página. Fotografía de Alejandro Ferrer.
Treinta y dos años. No se parecía exactamente a Mateo ni a Elías.
Lo suficiente.
—Éste es su padre —dijo.
—Sí.
—¿Elena estaba enamorada de él?
Renata tardó.
—Muchísimo.
—¿Y usted?
Silencio. León observó.