CAPÍTULO 25
EL TESTIGO
Buenos Aires los recibió con lluvia. No una tormenta.
León vio primero la ventana de la oficina. Oscura.
Después la librería. Abierta.
—Eso no estaba así cuando salimos —dijo Mara.
La persiana debía estar baja a esa hora. En cambio, la puerta de Salvat Libros permanecía abierta y una luz amarilla caía sobre la vereda.
No había clientes. No había policía.
No había nadie esperando afuera.
—Roldán pidió un equipo —dijo Mara.
—Cancélelo.
Ella giró.
—No.
—Mara.
—No voy a discutir esto después de sobrevivir con usted dentro de una lata de conserva.
León la miró.
—Buen argumento.
—Gracias.
—Igual cancélelo.
—No.
Sacó el teléfono.
—Que esperen a una cuadra.
León asintió.
—Aceptable.
—Estoy emocionada.
Alma se había quedado con Clara y los demás. Mateo y Elías necesitaban horas que nadie tenía derecho a llenar con otra investigación.
Samuel había regresado con Sofía. Por primera vez desde que el caso había empezado, León y Mara estaban otra vez solos.
Como aquella mañana. Café.
Una mesa. Un hombre esperando.
Solo que ahora sabían su nombre. O uno de ellos.
• • •
Julián Serra estaba ordenando libros.
No parecía un hombre que hubiera observado durante décadas una guerra secreta sobre el derecho a decidir.
Llevaba un pulóver gris. Anteojos.
Una pequeña curita en el índice. Colocó un ejemplar en el estante, retrocedió medio paso y corrigió su posición.
León entró.
—Está torcido.
Serra no se volvió.
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué lo deja así?
—Quería saber si lo decía.
Mara cerró la puerta.
—Empezamos mal.
Serra sonrió.
—Agente Sanz.
—Ya no trabajo para usted.
—Nunca trabajó para mí.
—Era una forma de hablar.
Serra finalmente giró. El hombre del café.
La misma camisa azul. Otros zapatos.
León los miró. Serra lo notó.
—Esta vez sí miró la cara.
—Esta vez la cara importaba.
—¿Y aquella mañana?
—Creí que esperaba a alguien.
—Correcto.
—A nosotros.
—Sí.
Serra señaló una mesa. Tres sillas.
Una tetera.
—¿Café?
Mara respondió:
—No.
León:
—Sí.
Ella lo miró.
—¿Qué?
—El café no tiene culpa.
Serra rió. Una risa pequeña.
Humana. Eso lo volvía más inquietante.
• • •
El café era bueno. León lo odió un poco por eso.
Serra se sentó frente a ellos. No había armas visibles.
Mara había comprobado dos salidas. Una hacia la calle.
Otra al depósito. La escalera de la oficina quedaba detrás.
—Julián Serra —dijo León.
—Durante diecisiete años.
—Antes.
—Rafael Soria.
—¿Cuánto?
—Nueve.
—Antes.
—Andrés Salvat.
Mara levantó la vista. Portugal.
El técnico de cámaras.
—Usted estuvo cuando murió Elena.
Serra asintió. León no mostró sorpresa.
—Edad.
—Setenta y dos.
—En 1991 tendría treinta y siete.
—Treinta y ocho.
—Entonces Andrés Salvat sí era usted.
—Sí.
—¿Miguel Salvat, 1982?
—No.
—¿Esteban Salvat, 2004?
—No.
—¿Familia?
Serra sonrió.
—Ahí sigue cometiendo el mismo error.
—No pregunté si compartían sangre.
La sonrisa desapareció. Mara miró a León.
Bien. Serra apoyó las manos sobre la mesa.
—Fui el cuarto Testigo.
—¿Cuántos hubo?
—Cinco.
—¿El quinto?
Serra tomó café.
—Todavía ninguno.
Silencio. Mara entendió.
—Está buscando sucesor.
—Sí.
León dejó la taza.
—No.
—Todavía no se lo ofrecí.
—No importa.
Serra lo miró durante unos segundos.
—No era para usted.
Mara dejó de moverse. León tampoco.
Serra la miró.
—Era para ella.
• • •
Mara soltó una carcajada. No educada.
No breve. Se rió de verdad.
Serra esperó.
—Perdón —dijo ella finalmente—. Pensé que después de toda esta puesta en escena iba a decir algo inteligente.
Serra no pareció ofendido.
—Origen la identificó.
—Origen también dijo que soy una función correctiva de León.
—Y usted lo rechazó.
—Sí.
—Eso fue lo interesante.
—Entonces estuvo mirando.
—Ése es el trabajo.
Mara apoyó los brazos sobre la mesa.
—No.
Serra inclinó la cabeza.
—Tampoco escuchó la propuesta.
—No necesito.
—El Testigo no gobierna.
—Peor.
—¿Por qué?
—Porque se convence de que mirar lo vuelve inocente.
Serra permaneció inmóvil.
Mara continuó:
—Ustedes estuvieron ahí desde el principio.
—Sí.
—Vieron Origen.
—Sí.
—Vieron fabricar a Varda.
—Sí.
—Vieron separar hijos.
—Sí.
—Vieron a Elena usar a los suyos para romper un modelo.
Serra bajó la mirada.
—Sí.
—Y se llamaron Testigos.
Pausa.
—Es una palabra elegante para gente que siempre encontraba una razón para no hacerse cargo hasta que decidía intervenir en secreto.
Serra dejó la taza.
—Por eso la elegí.
Mara cerró los ojos.
—No aprendió nada.
• • •
León caminó hacia uno de los estantes.
Historia.
Filosofía. Navegación.
La librería estaba demasiado bien organizada para ser solo una cobertura.
—Le gustan los libros.
—Mucho.
—¿Desde antes?
—Desde siempre.
—Entonces ésta no era una fachada.
—No.
León pasó un dedo por los lomos.
—Eso es importante.
Serra lo observó.
—¿Por qué?
—Porque significa que tuvo una vida.
Serra frunció el ceño.
—Naturalmente.
—No.
León giró.
—El Testigo debía ser reemplazable. Sin nombre estable. Sin intervención. Sin relaciones que condicionaran su criterio.
Serra no respondió.
—Pero usted tuvo una librería diecisiete años.
—Sí.
—Clientes.
—Sí.
—Vecinos.
—Sí.
—Gente que volvió a comprarle libros.
Serra empezó a entender.
—Eso no cambia mi función.
—Claro que la cambia.
León señaló alrededor.
—Se quedó.
—Era útil.
—También le gustó.
Silencio.
—Conoció personas.
—Eso no significa…
—Se encariñó con alguna.
Serra dejó de mirarlo. Mara sonrió.
—Ahí está.
León se acercó.
—¿Quién?
—No es relevante.
—Entonces es muy relevante.
—No estamos hablando de mí.
—Lleva cincuenta años intentando conseguir que todos hablemos de nosotros.
Pausa.
—Ahora le toca.
Serra se levantó.
—No vine a ser investigado.
León sonrió.
—Ése fue su segundo error.
—¿Cuál fue el primero?
—Abrir una librería debajo de mi oficina.
• • •
Serra caminó hacia el depósito.
—Vengan.
Mara miró a León.
—¿Trampa?
—Probablemente.
—Bien.
—¿Por qué dice “bien”?
—Porque empiezo a extrañar lo simple.
El depósito terminaba en una pared de madera. Serra movió una edición antigua de La Odisea.
Un mecanismo liberó el panel. Detrás había una escalera.
Hacia abajo. Mara suspiró.
—Por supuesto.
Descendieron. Un nivel.
Después otro. La habitación subterránea era mayor que la librería.
Archivadores. Cintas.
Discos duros. Fotografías.
Papeles. Tecnologías de cinco décadas conviviendo sin orden aparente.
No era una guarida. Era memoria.
En el centro había una mesa.
Sobre ella:
la fotografía original. La esfera oscura.
El reflejo.
ESTE NO TERMINÓ.
León no la tocó. Serra lo observó.
—Es suya.
—No.
—La envié a usted.
—Eso no la vuelve mía.
Serra sonrió.
—Tercera prueba superada.
León lo miró.
—No vuelva a decirlo.
La sonrisa se apagó.
• • •
Había una caja junto a la fotografía. Serra la abrió.
Dentro, cientos de fichas. Nombres.
Fotografías. Personas de todo el mundo.
Mara tomó una. Maestra.
Chile. Otra.
Ingeniero. Japón.
Otra. Enfermero.
Nigeria. Jueza.
Canadá.
Mecánico.
Argentina.
—¿Qué son? —preguntó.
Serra respondió:
—Repeticiones.
León negó.
—Personas.
—Personas que interrumpieron sistemas.
—Entonces personas.
—Algunas una sola vez.
—Sigue siendo suficiente.
Serra tomó una ficha.
—Un operador ferroviario en India que desobedeció una instrucción automática y evitó un accidente.
Otra.
—Una médica que rechazó un protocolo de triage porque detectó que penalizaba pacientes sin historial digital.
Otra.
—Un funcionario que filtró una decisión porque la cadena formal impedía revisarla.
Mara miró la cantidad.
—Miles.
—Ciento ocho mil cuatrocientas doce.
León observó la caja.
—Entonces ya tiene respuesta.
Serra lo miró.
—¿Cuál?
—Varda no hace falta.
Silencio. Serra cerró la caja.
—Al contrario.
—Explíquese.
—Ciento ocho mil personas interrumpieron algo.
—Sí.
—En un planeta de ocho mil millones.
—Sí.
—La mayoría de los sistemas siguió funcionando exactamente como estaba diseñado.
León se acercó.
—Usted cree que eso demuestra que necesitamos fabricar más.
—Prepararlos.
—Fabricarlos.
—Darles herramientas.
—Función.
—Formación.
—Mandato.
Serra perdió paciencia.
—¡Alguien tiene que estar preparado para decir que no!
León lo miró.
—No.
Silencio.
—Alguien tiene que poder decir que no.
Pausa.
—No es lo mismo.
• • •
Serra abrió otro archivo. Proyecto Varda.
Todo. El nombre colectivo.
El hombre al que Elena había dado el apellido. Los gemelos.
Calíope. Las manipulaciones.
Las generaciones. León leyó las primeras páginas.
—¿Quién más tiene esto?
—Nadie completo.
—¿Qué piensa hacer?
—Publicarlo.
Mara miró hacia él. Serra esperaba una reacción.
León pasó otra página.
—Bien.
Serra frunció el ceño.
—¿Bien?
—Sí.
—Esto puede destruir su credibilidad.
—Puede.
—Todo lo que hizo durante El Meridiano será reinterpretado.
—Probablemente.
—Dirán que fue condicionado.
—Algunas cosas lo fui.
—Que su comportamiento fue producido.
—Algunas partes quizá.
—Que nunca fue el investigador independiente que todos creyeron.
León levantó los ojos.
—Nunca dije que lo fuera.
Serra quedó inmóvil.
—Su nombre se convertirá en una discusión.
—Ya lo es.
—Puede perderlo.
—Es un apellido.
—Es mucho más.
León miró a Mateo y Elías en una fotografía antigua. Dos chicos.
Un nombre.
—Ése fue exactamente el problema.
• • •
Mara tomó un documento.
—¿Qué espera que hagamos?
—Nada.
—Mentira.
Serra la miró.
—Quiero que entienda el precio.
—¿De qué?
—De eliminar las funciones.
Serra caminó entre los archivos.
—Origen fue monstruoso porque quiso corregir humanidad.
—Sí.
—Varda fue monstruoso cuando quiso fabricar oposición.
—Sí.
—El Testigo fue monstruoso cuando creyó que observar lo absolvía.
Mara lo miró.
—Por fin.
—Pero los tres nacieron de problemas reales.
—Claro.
—Escasez existe.
—Sí.
—Las personas mienten.
—Sí.
—Las instituciones protegen su continuidad.
—Sí.
—El poder se concentra.
—Sí.
Serra se acercó.
—¿Y qué propone usted?
Mara respondió:
—Nada universal.
Serra soltó aire.
—Eso no es una respuesta.
—Exacto.
—No puede organizar una sociedad así.
—No estoy intentando organizar una sociedad.
—Alguien tendrá que hacerlo.
—Sí.
—¿Quién?
Mara señaló los archivos.
—Personas concretas, en situaciones concretas, con mecanismos para ser discutidas, reemplazadas y contradichas.
Serra sonrió con cansancio.
—Eso falla.
—Sí.
—Constantemente.
—Sí.
—Entonces volveremos a necesitar algo como nosotros.
Mara negó.
—No.
—¿Por qué?
—Porque que algo falle no demuestra que su solución sea legítima.
Serra la observó largo rato. Después miró a León.
—Ahora entiende por qué la elegí.
León respondió:
—Sí.
—¿Y?
—Se equivocó.
—¿Por qué?
León miró a Mara.
—Porque cree que lo que acaba de escuchar es una cualidad que puede reclutar.
Serra no respondió.
—No puede.
• • •
Serra tomó la fotografía original. La colocó delante de León.
—Hay una última cosa.
—No hay cuarta prueba.
—No.
—Bien.
—Hay una decisión.
Mara se tensó. Serra señaló los archivos.
—A medianoche todo esto será publicado.
—Bien —dijo León.
—Incluidos nombres.
Él se detuvo.
—¿Qué nombres?
Serra señaló la caja de las ciento ocho mil personas. Ahí estaba.
No la historia Varda. No su reputación.
Otros. Personas que habían interrumpido sistemas sin saber que llevaban décadas siendo observadas.
Enfermeros. Docentes.
Técnicos. Jueces.
Ciudadanos. Algunos vivían bajo gobiernos donde esa información podía matarlos.
Otros perderían empleos. Familias.
Protección. Mara endureció la voz.
—Eso no se publica.
Serra la miró.
—¿Por qué?
—Porque nunca dieron consentimiento.
—Son evidencia.
—Son personas.
—El mundo necesita saber que la repetición espontánea existe.
León se quedó inmóvil.
Serra continuó:
—Si eliminamos Varda y Testigo, hay que demostrar que la oposición aparece sola.
—No utilizando a quienes la ejercieron como prueba.
—Sin nombres nadie creerá.
—Entonces que no crean.
Serra sonrió. Triste.
—Y ahí está la tercera prueba.
León sintió frío.
No fotografía.
No pista. No su nombre.
La pérdida era otra.
—Si quiere protegerlos, tiene que eliminar el archivo.
Mara miró alrededor. Décadas de historia.
Pruebas de Origen. Elena.
Calíope. La Comisión.
Todo mezclado en el mismo sistema.
—No puede separar los datos —dijo.
Serra negó.
—No antes de medianoche.
—¿Cuánto falta?
León miró el reloj. 22:41.
Una hora y diecinueve minutos.
Serra continuó:
—Puede conservar la verdad completa y exponer a quienes nunca eligieron formar parte de ella.
Pausa.
—O destruir cincuenta años de pruebas para protegerlos.
León lo miró.
—Usted construyó esto.
—Sí.
—Deliberadamente.
—Sí.
—Entonces no está probando si puedo aceptar una pérdida.
—¿No?
—Está intentando que elija cuál.
Serra quedó inmóvil. León sonrió.
Muy poco.
—Otra vez formuló mal la pregunta.
Mara lo miró.
—¿Tiene una tercera opción?
—Todavía no.
Serra observó el reloj.
—Setenta y ocho minutos.
León comenzó a quitarse el abrigo. Lo dejó sobre una silla.
Después se sentó frente al primer archivador. Mara hizo lo mismo.
Serra frunció el ceño.
—¿Qué hace?
León abrió la primera carpeta.
—Trabajando.
—No va a poder revisar ciento ocho mil expedientes.
—No necesito.
—Entonces ¿qué busca?
León levantó la vista.
—El momento exacto en que usted decidió que estas personas le pertenecían.
Serra perdió la expresión. Mara comprendió.
No iban a separar nombres. Iban a separar al Testigo de su archivo.
La tercera opción no estaba en los datos. Estaba en quién tenía autoridad para decidir sobre ellos.
León volvió a la primera página.
—Tiene razón en una cosa.
Serra no respondió.
—Alguien tiene que perder esta noche.
—¿Quién?
León lo miró.
—Usted.
Y por primera vez desde 1973, el Testigo entendió que también podía ser investigado.