La Línea de Agua (Un caso de León Varda 2) CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

PÉRDIDA

En la esfera de Alma. Ella estaba en la enfermería del Argo cuando la superficie negra se encendió dentro de su mochila.

La esfera proyectó una imagen. La oficina.

El escritorio de León.

El espacio vacío donde antes estaba la fotografía.

Después apareció una línea:

OBJETO EN TRÁNSITO.

Alma llamó a Mara.

—Venga.

—¿Qué pasó?

—Creo que la tercera prueba acaba de empezar de verdad.

• • •

León llegó dos minutos después. Todavía llevaba ropa prestada del Argo.

Mara tenía una venda pequeña sobre la ceja, recuerdo de la cápsula. Samuel entró último.

La esfera mostró un mapa. Buenos Aires.

Montevideo. Atlántico.

Después una línea hacia el norte.

—Está marcando el recorrido de la fotografía —dijo Samuel.

Alma negó.

—No.

León la miró.

—¿Por qué?

—Porque la fotografía no puede haberse movido así.

La línea cruzaba más de mil kilómetros en menos de una hora. Mara entendió.

—No sigue el objeto.

—Sigue la señal que dejó.

León observó. La primera fotografía contenía el símbolo.

La esfera. El reflejo.

Tal vez también otra cosa.

—Una ruta —dijo.

Samuel se acercó.

—El Testigo dejó una cadena de autenticación analógica.

—¿Puede seguirla?

—Yo no.

Miró a Alma. Ella sonrió sin humor.

—Por supuesto.

La esfera escribió:

RECEPTOR DISPONIBLE.

León dio un paso atrás.

Samuel lo vio.

—No sea estúpido.

—Prometedor comienzo.

—La Línea de Agua está suspendida, no activa.

—Según usted.

—Usar el receptor para rastrear una secuencia no reactiva la selección.

—Según usted.

Samuel apretó la mandíbula.

—Necesitamos saber dónde está el Testigo.

León miró a Alma. Ella ya sabía lo que venía.

—No.

Samuel giró.

—Alma.

—No quiero volver a conectarme.

—No es lo mismo.

—Siempre dice eso.

—Esta vez es verdad.

—También suele decir eso.

Samuel levantó las manos.

—El Testigo lleva cincuenta años utilizando una estructura que nadie controla.

—Entonces búsquelo usted.

—No puedo.

—Ése parece un problema suyo.

Samuel miró a León.

—Dígale algo.

León respondió:

—Ya dijo que no.

Silencio. Samuel pareció no comprender.

—¿Eso es todo?

—Sí.

—Tenemos delante la única forma de localizarlo.

—Probablemente.

—Puede desaparecer.

—Sí.

—Y llevarse la fotografía.

—Sí.

—¡Esa fotografía inició todo esto!

León sostuvo su mirada.

—No.

Samuel se quedó quieto.

—Una persona la envió.

Pausa.

—La fotografía fue solo la manera.

• • •

La esfera volvió a hablar.

—RASTREO DISPONIBLE DURANTE CIENTO OCHENTA SEGUNDOS.

Mara miró a León. Él no reaccionó.

—CIENTO SETENTA Y NUEVE.

Alma soltó una risa seca.

—Ahora sí parece una máquina diseñada por ustedes.

Samuel avanzó hacia la esfera. León se interpuso.

—No.

—No necesita tocarla.

—Entonces no lo haga.

—¡Estamos perdiendo la ruta!

—Sí.

Samuel lo miró con incredulidad.

—¿No le importa?

León tardó.

—Muchísimo.

La respuesta desarmó el argumento.

—Quiero saber quién es.

Miró la esfera.

—Quiero recuperar la foto.

—Quiero saber por qué me eligió.

—Quiero saber quién ocupó ese lugar desde 1973.

La cuenta seguía.

—Y quiero saber qué más sabe de mi padre.

Mateo estaba en la puerta. Había llegado sin que nadie lo notara.

León continuó:

—Pero ninguna de esas cosas convierte a Alma en una herramienta.

Alma bajó los ojos. Samuel miró la cuenta.

—Puede decidir por sí misma.

—Ya decidió.

—Puede cambiar de opinión.

León se apartó.

—Claro.

Miró a Alma. No dijo nada más.

Ella tampoco.

Mara observó la escena.

Eso era lo difícil.

No convencerla. No protegerla.

No demostrar que él respetaría su decisión mientras esperaba que fuera la correcta. Simplemente aceptar que podía ser distinta de la que él quería.

Samuel habló:

—Alma.

Ella levantó una mano.

—No.

La esfera emitió un tono.

León observó el mapa.

Quería memorizarlo. Se obligó a no hacerlo.

La línea desapareció. La esfera se apagó.

El Testigo se había ido.

• • •

Nadie habló durante varios segundos. Samuel fue el primero.

—Lo perdimos.

León asintió.

—Sí.

—¿Y ahora?

—Investigamos.

—¿Con qué?

León lo miró.

—Con lo que tenemos.

Samuel soltó una carcajada sin alegría.

—Eso es absurdo.

Mara intervino:

—No. Es bastante parecido a trabajar.

Samuel salió de la enfermería. Sofía lo esperaba en el corredor.

Había seguido todo por videollamada.

—No digas nada —dijo él.

—No iba a hacerlo.

Samuel se detuvo.

—¿Entonces?

—Quería ver qué hacías después de perder.

El golpe fue más fuerte de lo que Sofía pretendía. Samuel la miró.

Después bajó la cabeza.

—No lo sé.

Sofía respondió:

—Bien.

Él levantó los ojos.

—¿Bien?

—Averigualo.

La misma frase. Otra vez.

Samuel sonrió apenas.

• • •

Alma esperó a quedarse sola con León.

Mara se marchó a buscar café.

Mateo regresó con Elías y Daniel. La puerta se cerró.

Alma sostuvo la esfera.

—Habría podido hacerlo.

—Lo sé.

—No me hacía daño.

—No lo sabíamos.

—Yo estaba dispuesta a correr el riesgo.

León la miró.

—No dijo eso.

—Dije que no quería volver a conectarme.

—Sí.

—No es exactamente lo mismo.

León permaneció callado. Alma sonrió.

—Lo está pensando.

—Sí.

—¿Se equivocó?

—Tal vez.

—¿Entonces?

—Usted puede estar molesta conmigo.

—No estoy molesta.

—También puede estarlo después.

Alma dejó la esfera.

—¿Por qué no intentó convencerme?

León pensó la respuesta. No encontró una elegante.

—Porque habría sido bueno haciéndolo.

Ella frunció el ceño.

—¿Eso es malo?

—Cuando alguien tiene derecho a decir que no, ser muy bueno explicándole por qué debería decir que sí puede convertirse en otra forma de quitarle ese derecho.

Alma lo observó.

—Eso lo dijo el León de la grabación.

—No lo recuerdo.

—Ya sé.

—Entonces quizá fue una buena idea.

Alma sonrió.

—No se entusiasme.

Mara entró con tres cafés.

—Ya es tarde. Está empezando a parecer una persona.

• • •

La fotografía no estaba perdida. Roldán descubrió eso a las 07:02.

—Nunca salió de Buenos Aires.

León se acercó a la pantalla.

—¿Dónde está?

—No lo sé.

—Acaba de decir…

—Sé que no salió.

—¿Cómo?

—El Testigo dejó que Aduana registrara todos los paquetes que abandonaron la ciudad desde la hora de la intrusión.

Mara frunció el ceño.

—¿Dejó?

—El sistema recibió una alerta anónima con dimensiones exactas del sobre.

—Entonces quería que comprobáramos que seguía allí.

—Sí.

León sonrió.

—La prueba no consistía en encontrarlo.

Mara lo miró.

—Quería saber qué haría usted creyendo que podía perderlo.

—Sí.

—Y ahora sabe.

—Sí.

Alma se acercó.

—¿Pasó?

León negó.

—No me interesa.

Todos lo miraron.

—¿Por qué?

—Porque seguimos aceptando su estructura.

Primera prueba. Segunda prueba.

Tercera prueba. El Testigo formulaba.

Ellos respondían. Incluso cuando rechazaban la pregunta, seguían dentro de un examen diseñado por otro.

—Se terminó —dijo León.

Mara sonrió.

—Finalmente.

—¿Qué hacemos?

León miró el símbolo del Testigo.

—Lo investigamos.

—Eso ya dijo.

—No.

Pausa.

—Hasta ahora investigábamos lo que quería mostrarnos.

Señaló el primer archivo.

Observador externo. No participa.

No interviene.

—Ahora vamos a investigar lo que ocultó.

• • •

La primera mentira del Testigo estaba en su nombre.

OBSERVADOR EXTERNO.

No podía ser externo.

Había firmado documentos.

Había enviado fotografías. Había intervenido en Origen.

Había observado a generaciones de Vardas. Había construido pruebas.

—Entonces nunca fue Testigo —dijo Alma.

León negó.

—Sí lo fue.

—Pero interviene.

—Precisamente.

Mara entendió.

—El nombre describe lo que debía ser, no lo que fue.

—Exacto.

Como Varda. Otra función convertida en identidad.

Samuel regresó.

—Hay una diferencia.

—¿Cuál?

—Varda podía ser reemplazado por cualquiera que cumpliera el patrón.

—Y Testigo también.

—Sí.

—Entonces busquemos los reemplazos.

Roldán empezó a cruzar archivos.

No nombres. Presencias.

Personas que aparecían cerca de eventos sin figurar como decisores. Fotógrafos.

Técnicos. Secretarios.

Operadores. Traductores.

Choferes.

Médicos.

Una sucesión escondida precisamente entre quienes nunca parecían importantes. Mara señaló 1991.

—Portugal.

Un técnico de cámaras había entrado al centro el día anterior a la muerte de Elena. No volvió a trabajar allí.

Nombre:

ANDRÉS SALVAT.

Un asistente de seguridad en A-0.

MIGUEL SALVAT.

Un operador portuario vinculado al segundo Calíope.

ESTEBAN SALVAT.

León se acercó.

—Apellido repetido.

Samuel negó.

—Demasiado obvio.

—Por eso no es apellido.

Buscaron. Ninguno de los tres existía antes de ocupar esos puestos.

Salvat. Salvado.

Salvación. No confundir rescate con salvación.

León sintió el golpe.

—Mi padre sabía.

Mateo miró la pantalla.

—¿Qué?

—La frase que dejó después del Calíope.

NO CONFUNDIR RESCATE CON SALVACIÓN.

No era filosofía. Era una pista.

Salvat.

• • •

Roldán buscó el nombre actual. Nada.

Mara cambió el enfoque.

—No busque personas.

—¿Entonces?

—Busque la palabra.

Aparecieron asociaciones. Empresas.

Fundaciones.

Buques.

Una editorial. Una vieja sociedad marítima.

Y una librería. Buenos Aires.

Mara dejó de moverse. León también.

La dirección estaba debajo de su oficina. La librería sobre la que habían abierto el despacho seis meses atrás.

Razón social:

SALVAT LIbrOS S.R.L.

Silencio. Alma fue la primera en decirlo.

—Estuvo debajo de ustedes todo el tiempo.

León miró la fotografía de su oficina. La puerta.

El reflejo. El ángulo.

Habían supuesto que la foto había sido tomada desde el pasillo. No.

La inclinación era demasiado baja.

El reflejo había venido desde la escalera.

Desde abajo.

—No entró en nuestra oficina aquella noche —dijo.

Mara comprendió.

—Subió.

León asintió.

—Desde la librería.

• • •

Roldán llamó al propietario. No atendió.

Revisó el registro comercial.

Titular:

SALVAT LIbrOS S.R.L.

Administrador:

JULIÁN SERRA.

Setenta y dos años. Mara abrió la fotografía del documento.

Nadie lo reconoció. León sí.

No su cara. Sus zapatos.

El café de la mañana del primer capítulo. El hombre de camisa azul que esperaba al fondo.

El que no miraba la puerta. El que miraba zapatos.

Mara se quedó inmóvil.

—Estaba ahí.

—Sí.

—Antes de Roldán.

—Sí.

—Antes del mayday.

—Sí.

León recordó. Había observado al hombre.

Había concluido que esperaba a alguien.

Correcto.

Pero nunca se había preguntado a quién.

—Nos esperaba a nosotros.

El teléfono de León vibró. Mensaje.

Sin número. Una fotografía del café.

León y Mara sentados. Tomada desde la mesa del fondo.

Debajo:

PRUEBA 3 NO COMPLETADA.

Mara sonrió.

—Qué pena.

Segundo mensaje:

USTED RENUNCIÓ A LA PISTA.

León respondió por primera vez.

NO.

Esperó.

El Testigo contestó:

¿ENTONCES?

León escribió:

RENUNCIÉ A UTILIZAR A ALMA.

Pausa.

LA PISTA SIGUE SIENDO SUYA.

No hubo respuesta durante veinte segundos.

Después:

INTERESANTE.

León escribió:

NO.

Mara miró.

—¿No qué?

León terminó:

PREDECIBLE. USTED SABÍA QUE PODÍA INVESTIGARLO SIN LA ESFERA.

La respuesta tardó más.

¿Y?

León miró a Mara.

Después escribió:

ENTONCES LA PRUEBA NO ERA SI YO ACEPTABA PERDERLO.

Silencio.

ERA SI CONVERTÍA A OTRA PERSONA EN EL PRECIO DE NO PERDER.

Nada.

León añadió:

YA SÉ QUÉ ESTÁ MIDIENDO.

El teléfono sonó. Llamada.

León atendió.

—Señor Varda.

La misma voz. Esta vez León sonrió.

—Señor Serra.

Silencio. Muy breve.

Suficiente.

—Finalmente —respondió el hombre.

—No.

—¿No?

—Julián Serra tampoco es su nombre.

Una risa.

—Bien.

—Y las pruebas terminaron.

—Eso no lo decide usted.

León miró a Alma. A Mateo.

A Elías. A Mara.

—Exactamente.

La voz quedó en silencio.

Por primera vez, el Testigo había recibido su propia respuesta.

León continuó:

—Usted quería saber si Varda todavía hace falta.

—Sí.

—Ya tengo mi respuesta.

Pausa.

—¿Cuál?

León miró por una ventana del Argo. Amanecía sobre el Atlántico.

—Ninguno.

El Testigo no habló.

—Ni Varda.

—Ni Testigo.

Silencio.

—Ese es el problema, ¿no?

La voz cambió. Apenas.

Por primera vez sonó vieja. No controlada.

—Vuelva a Buenos Aires.

—¿Por qué?

—Porque ahora quiero demostrarle que está equivocado.

León colgó. Mara lo miró.

—Eso sonó a invitación.

—Sí.

—¿Vamos?

León tomó su abrigo.

—Por supuesto.

Alma sonrió.

—¿Y si es una prueba?

León abrió la puerta.

—Entonces que él aprenda a perder.