CAPÍTULO 22
SEIS MINUTOS
La cápsula ascendía a sesenta y ocho metros por minuto.
León hizo el cálculo tres veces.
No porque esperara otro resultado.
Porque no le gustaba el primero.
Profundidad:
3.214 metros.
Oxígeno:
47 minutos.
Tiempo estimado hasta superficie:
Cuatro minutos de diferencia.
Mara observó la botella auxiliar.
—Quince minutos para una persona.
—Sí.
—Entonces siete y medio para cada uno.
León levantó la vista.
—No funciona exactamente así.
—Qué pena. Ya me estaba pareciendo fácil.
—La máscara tiene un solo regulador.
—Sigue teniendo un solo regulador si nos turnamos.
León no respondió.
Mara sonrió.
—Lo pensó.
—Sí.
—¿Y?
—Hay acumulación de dióxido de carbono.
—¿Cuánto?
—No lo sé.
—¿Puede matarnos antes de que falte oxígeno?
—Puede.
—Entonces tenemos dos problemas.
—Sí.
Mara apoyó la cabeza contra la pared metálica.
—Mucho mejor.
• • •
A 2.900 metros comenzó el frío.
La calefacción de emergencia había muerto junto con las comunicaciones.
Mara frotó sus manos.
—Tengo una pregunta.
—No la haga.
—¿Por qué?
—Porque cuando alguien dice eso en estas circunstancias nunca pregunta algo útil.
—¿Tiene miedo?
León la miró.
—Sí.
—No era ésa.
—Entonces desperdició una buena oportunidad.
Mara permaneció callada unos segundos.
—¿Le molestó?
—¿Qué?
—Lo que dijo Origen sobre mí.
León sabía exactamente a qué se refería.
REPETICIÓN ESPONTÁNEA.
—Sí.
—¿Porque me comparó con usted?
—No.
—Eso debería ofenderme más.
—Porque intentó convertir una elección suya en una explicación de quién es.
Mara miró la aguja de profundidad.
—Hizo lo mismo con todos.
—Sí.
—Pero conmigo le molestó más.
León tardó.
—Sí.
Ella esperó.
—¿Por qué?
La cápsula crujió.
León miró hacia arriba, como si pudiera ver tres kilómetros de agua a través del metal.
—Porque durante demasiado tiempo otras personas hicieron eso conmigo.
—¿Y?
—Sé cuánto tarda uno en empezar a preguntarse si tenían razón.
Mara no respondió.
León continuó:
—Usted no necesita ser otra Varda.
—Nunca tuve intención.
—Ni mi contradicción.
—Menos.
—Ni la persona que me corrige.
Mara lo miró.
—Eso último depende bastante de usted.
León sonrió.
—Probablemente.
—¿Qué soy entonces?
León la observó.
No buscó una frase brillante.
Eso fue nuevo.
—Mara.
Ella sostuvo su mirada.
—Respuesta peligrosamente sencilla.
—Estoy practicando.
• • •
A 2.400 metros, la alarma de oxígeno cambió de verde a amarillo.
Todavía no significaba peligro.
Significaba tiempo.
Mara tomó la botella auxiliar.
La examinó.
—Quince minutos.
—A flujo continuo.
—¿Puede regularse?
León la tomó.
Tres posiciones.
Alta.
Media.
Demanda.
Se quedó quieto.
—¿Qué?
—Demanda.
—¿Y?
—No libera oxígeno constantemente.
—Solo cuando inhalamos.
—Sí.
Mara entendió.
—Entonces los quince minutos están calculados con una persona respirando todo el tiempo.
—A consumo normal.
—Dos personas turnándose no gastan el doble.
—Gastan aproximadamente lo mismo si la usa una sola en cada momento.
Mara arqueó una ceja.
—Acaba de descubrir que dos personas pueden compartir.
—No convierta esto en metáfora.
—Es tarde.
León observó la cabina.
Una válvula de ventilación interna.
El sistema de respiración auxiliar estaba pensado para una máscara.
Pero el problema no era que solo una persona pudiera sobrevivir.
Era que habían supuesto que la botella debía utilizarse de una sola manera.
Origen habría preguntado:
¿QUIÉN RECIBE EL RECURSO?
Ninguno había formulado otra pregunta.
Hasta ahora.
—No necesitamos empezar a usarla cuando se termine el oxígeno —dijo León.
—Explíquese.
—La utilizamos antes.
—¿Para qué?
—Reducir nuestro consumo del aire de cabina.
Mara miró la máscara.
—Uno respira de la botella.
—El otro de la cabina.
—Alternamos.
—Sí.
—¿Cuánto ganamos?
León calculó.
—Si empezamos ahora, entre nueve y doce minutos.
Mara miró la aguja.
Necesitaban cuatro.
Tal vez nueve si el ascenso se ralentizaba.
—Suficiente.
—Probablemente.
—Odio esa palabra.
—Hoy está teniendo un día difícil.
• • •
Mara se colocó la máscara primero.
León insistió.
Ella no discutió.
Treinta segundos.
Cambio.
León respiró.
Oxígeno frío.
Seco.
Demasiado puro.
Treinta segundos.
Cambio.
No hablaban mientras llevaban la máscara.
Eso convirtió cada intervalo sin ella en una conversación obligatoriamente breve.
Mara:
—¿Cree que Mateo es su padre?
Cambio.
León respiró de la botella.
Treinta segundos.
Se la devolvió.
—No necesito decidirlo.
Mara respiró.
Cambio.
—No le pregunté eso.
León se colocó la máscara.
La miró.
Tenía razón.
Otra vez.
Treinta segundos.
—Sí.
Mara no tomó inmediatamente la máscara.
—¿Sí qué?
—Creo que Mateo fue el hombre que me crió.
Se la entregó.
Ella respiró.
Treinta segundos después:
—¿Y Elías?
León miró la profundidad.
1.986 metros.
—También es familia.
Mara tomó la máscara.
No preguntó qué tipo.
Por primera vez en décadas, aquella pregunta podía esperar.
• • •
En el Argo , Samuel Orsini observaba la señal perdida de la cápsula.
Nada.
No telemetría.
No radio.
Solo el cálculo del punto donde debía emerger.
Sofía seguía conectada desde Córdoba.
—¿Cuánto?
—Treinta y seis minutos desde que salieron.
—¿Cuánto tarda?
—Entre cincuenta y ocho y sesenta y tres.
—Entonces faltan…
—Lo sé.
Samuel no necesitaba que terminara.
Julia estaba junto a Sofía.
Clara también.
Mateo y Elías ya se encontraban dentro del segundo sumergible camino a la superficie.
Alma viajaba con ellos.
Daniel dormía apoyado contra Elías.
Nadie hablaba de León y Mara.
Como si hacerlo pudiera cambiar la presión del océano.
Roldán rompió el silencio desde Montevideo.
—Encontré algo.
Samuel ni siquiera giró.
—Ahora no.
—Ahora exactamente.
Clara se acercó a la pantalla.
—¿Qué?
Roldán mostró el archivo de 1973.
L. VARDA.
PRIMERA REPETICIÓN DELIBERADA.
—La firma no pertenece al padre de Mateo y Elías.
Samuel miró.
—¿Cómo lo sabe?
—No es una firma.
Amplió.
Los trazos parecían manuscritos.
No lo eran.
Estaban formados por siete fragmentos de firmas diferentes.
Siete personas.
—Una identidad colectiva —dijo Julia.
Roldán asintió.
—“León Varda” en 1973 no era necesariamente un hombre.
Clara palideció.
—¿Entonces?
—Era un nombre de proyecto.
Samuel se levantó.
—No.
Roldán lo miró.
—Usted sabía.
—No eso.
—¿Qué sabía?
Samuel observó los siete trazos.
—Que Origen tenía siete arquitectos iniciales.
Silencio.
Julia cerró los ojos.
—La Comisión.
Samuel asintió.
Siete personas.
Una firma.
Un nombre.
LEÓN VARDA.
Clara comprendió antes que los demás.
—Después convirtieron el nombre del proyecto en una persona.
Roldán negó.
—Alguien lo hizo.
—¿Quién?
—Eso todavía no sé.
Samuel sí sabía algo.
Se vio en su cara.
Sofía lo detectó.
—Papá.
Él miró hacia ella.
—Decilo.
Samuel respiró.
—Elena.
• • •
A 1.300 metros, Mara dejó caer la máscara.
No por accidente.
La correa se enganchó debajo del asiento.
León intentó alcanzarla.
No llegaba.
—No se mueva.
—Excelente idea.
La cápsula osciló.
El regulador quedó atrapado entre dos piezas metálicas.
León metió los dedos.
No entraban.
Mara trató desde su lado.
—Si rompemos la correa…
—Podemos dañar la válvula.
—Si no la sacamos, tenemos una decoración cara.
Profundidad:
1.176.
Oxígeno de cabina:
12 minutos.
Tiempo estimado:
Cinco minutos.
Otra vez.
Mara tiró.
Nada.
León observó la fijación del asiento.
Cuatro tornillos.
No herramientas.
Pero uno estaba oxidado.
—Patee.
—¿Dónde?
—Base izquierda.
Mara golpeó.
Nada.
Otra vez.
Metal.
Tercera.
El soporte cedió un milímetro.
—Otra.
Golpe.
El asiento se levantó.
León alcanzó la máscara.
La sacó.
Regulador intacto.
Mara respiró.
—¿Quién solucionó eso?
León la miró.
—No empiece.
—Origen habría preguntado.
—Origen puede esperar.
• • •
En la superficie, Roldán reconstruyó la firma.
Siete fragmentos.
Siete arquitectos.
Uno pertenecía a Elena Varda.
Otro, a un ingeniero portugués.
Una psiquiatra francesa.
Un estadístico alemán.
Un especialista argentino en logística.
Dos nombres seguían sin identificar.
—Entonces “León Varda” no existía en 1973 —dijo Clara.
Samuel respondió:
—Existía como idea.
—No es lo mismo.
—No.
Julia miró las imágenes históricas.
Vardel.
Varden.
Varda.
Personas distintas agrupadas retroactivamente.
—Eligieron un nombre para el patrón.
—Sí.
Clara sostuvo la mirada de Samuel.
—¿Y Elena?
—Hizo algo más.
—¿Qué?
Samuel tardó.
—Le dio el nombre a un hombre.
Silencio.
—¿Al padre de Mateo y Elías?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque la Comisión necesitaba un Varda real.
Clara sintió repulsión.
—Fabricaron a una persona para probar su teoría.
Samuel negó.
—El hombre ya existía.
—Entonces fabricaron su identidad.
—Sí.
—¿Y él aceptó?
Samuel miró la pantalla.
—Al principio.
Otra vez.
La palabra más peligrosa.
Al principio.
• • •
A 620 metros, la cápsula comenzó a girar.
Lento.
Después más rápido.
Mara apoyó una mano contra la pared.
—¿Esto es normal?
—No.
—Por supuesto.
La aguja de velocidad descendió.
Cincuenta metros por minuto.
Cuarenta y seis.
El ascenso se había ralentizado.
León miró el oxígeno.
Ocho minutos.
Tiempo hasta superficie:
trece.
Botella auxiliar:
cuatro minutos y medio.
Sumados alcanzaban.
Apenas.
Si podían utilizar todo.
El problema ahora era el dióxido de carbono.
Mara respiraba más rápido.
—No hable.
—Usted tampoco.
—Yo lo dije primero.
León sonrió.
Se turnaron con la máscara.
Un minuto cada uno.
Sin conversación.
Sin cálculos en voz alta.
Solo ojos.
Cambio.
Respirar.
Cambio.
Esperar.
A 310 metros, Mara empezó a tener dolor de cabeza.
León también.
CO₂.
La botella no resolvía eso.
—Mara.
—Estoy bien.
—Mentira.
—Aprendí del mejor.
La profundidad descendía demasiado despacio.
La cápsula giró otra vez.
León observó la válvula de compensación.
Había una opción.
Mala.
Podían purgar parte del aire de cabina y sustituirlo con oxígeno auxiliar.
Reducir CO₂.
Pero perderían presión.
A esa profundidad no podían hacerlo todavía.
Más arriba.
Cincuenta metros.
Tal vez treinta.
Necesitaban llegar conscientes.
Mara entendió al verlo mirar la válvula.
—¿Cuándo?
—Cincuenta.
—Bien.
No preguntó riesgo.
Ya sabía que había uno.
• • •
En el Argo, Samuel terminó la historia.
Elena formaba parte de la Comisión original.