CAPÍTULO 17
LA OTRA MITAD
Mateo recordó la primera vez que había elegido su nombre.
No fue en Montevideo.
Despertó sentado frente a un espejo.
No sabía dónde estaba.
No sabía cuánto tiempo había pasado.
El hombre del otro lado del vidrio tenía su cara.
Eso creyó.
Hasta que el hombre se movió.
Y el reflejo no.
—¿Quién sos? —preguntó aquella voz.
Mateo respondió:
—León Varda.
El hombre sonrió.
—Yo también.
Después apagó la luz detrás del espejo.
Y desapareció.
Mateo volvió al presente.
—No era un espejo.
León lo observó.
—Ya lo supuse.
Clara se acercó.
—¿Dónde estabas?
—No sé.
—Intentá.
Mateo cerró los ojos.
Metal.
Una vibración constante.
Olor a combustible.
Algo golpeando debajo.
Agua.
—En un barco.
Julia dejó de respirar.
—¿Cuál?
Mateo abrió los ojos.
—El Calíope.
Samuel negó.
—Imposible.
—¿Por qué?
—Porque nosotros estábamos en el Calíope.
Mateo lo miró.
—Ése es el problema.
• • •
León colocó las dos rutas sobre una misma pantalla.
Calíope uno.
Calíope dos.
Mismas credenciales.
Misma misión.
Misma tripulación documental.
Pero solo uno había transportado a Julia, Samuel y los demás.
El otro había transportado algo que todavía no entendían.
—Mi padre —dijo León.
Julia negó.
—No sabemos cuál.
—Mateo despertó en el segundo.
—Eso cree.
—No.
León señaló los datos.
—Recuerda vibración de motor.
—Ambos tenían motor.
—Olor a combustible.
—Ambos.
—Un golpe debajo del casco.
Julia lo miró.
—Eso tampoco diferencia.
León sonrió.
—No intentaba diferenciar barcos.
Mara comprendió.
—La frecuencia.
León asintió.
—Los dos Calíope no tenían la misma hélice.
Samuel frunció el ceño.
—¿Cómo sabe?
—Los planos.
Uno había sido reacondicionado.
Cuatro palas.
El otro conservaba tres.
León reprodujo la grabación original del mayday.
Debajo de la voz.
Una pulsación.
Regular.
Julia se acercó.
—Tres.
—Sí.
Después reprodujo el fragmento recuperado de los once minutos borrados.
El ruido de fondo era distinto.
Mara contó.
—Cuatro.
Silencio.
—Las grabaciones provienen de barcos diferentes —dijo.
León asintió.
El mayday había salido de uno.
Los once minutos que su padre borró pertenecían al otro.
Por primera vez tenían una separación física entre ambas historias.
—¿Cuál llevaba a León Varda I? —preguntó Alma.
León miró a Mateo.
—Los dos.
• • •
Samuel se puso de pie.
—No.
—Ya vio suficiente.
—No puede haber estado en ambos.
—No al mismo tiempo.
Julia lo entendió.
—Transbordo.
León amplió las rutas.
Durante siete horas, los dos barcos habían navegado suficientemente cerca.
Un punto al este de las Azores.
Después se separaron.
—Acá.
Samuel miró.
—No figura ningún encuentro.
—Precisamente.
—¿Por qué cambiaría de barco?
León observó a Mateo.
—Para que nadie pudiera demostrar cuál de los dos transportaba al investigador verdadero.
Mateo cerró los ojos.
Algo regresó.
Una escalera.
Noche.
Dos cubiertas moviéndose una frente a otra.
Una lancha entre ambas.
Un hombre idéntico esperándolo.
No.
No idéntico.
Él.
—No cambié de barco solo.
Todos lo miraron.
—¿Con quién?
Mateo respiró.
—Conmigo.
Clara se quedó inmóvil.
Samuel soltó una maldición.
Mara no apartó los ojos de Mateo.
—Explique exactamente lo que recuerda.
—Dos hombres.
—¿Iguales?
—No.
—¿Quiénes?
Mateo señaló su pecho.
—Uno era yo.
Después la puerta de A-1.
—El otro era el hombre que llamó.
Silencio.
Alma frunció el ceño.
—Entonces ya estaban separados antes de llegar a Origen.
Mateo asintió.
—Sí.
León miró a Julia.
—Usted sabía.
—No.
—Samuel.
—No.
—Alguien sabía.
Nadie respondió.
León regresó a la ruta.
—La división no ocurrió después del Calíope.
Mara terminó:
—Fue la misión.
• • •
El archivo apareció donde no debía.
Dentro de una carpeta meteorológica.
Una sola página.
Sin firma.
PROTOCOLO ESPEJO.
Samuel palideció.
—Cierre eso.
Mara lo miró.
—Cada vez que dice eso encuentro más ganas de abrirlo.
León leyó.
No hablaba de duplicar personas.
No hablaba de copiar mentes.
Hablaba de algo mucho más simple.
Y más cruel.
NINGÚN TESTIGO DE ORIGEN DEBE CONSERVAR SIMULTÁNEAMENTE:
1. UBICACIÓN. 2. PROPÓSITO. 3. AUTORIZACIÓN.
Alma se acercó.
—Dividieron información.
—Sí —dijo León.
Samuel respiró.
—Eso era Espejo.
Mara giró.
—¿Lo conocía?
—Por teoría.
—Otra respuesta cómoda.
—Es verdad.
León continuó leyendo.
SI UNA MISMA PERSONA ACCEDE A LOS TRES COMPONENTES, DEBERÁ SER FRAGMENTADA OPERATIVAMENTE.
Clara palideció.
—¿Fragmentada cómo?
Samuel respondió:
—No físicamente.
Mateo lo miró.
—A nosotros sí.
—No.
—Había dos.
—Porque el protocolo no creó dos cuerpos.
León levantó la vista.
—Ya existían.
Silencio.
Samuel cerró los ojos.
Tarde.
Mara lo vio.
—¿Quién era el segundo?
Samuel no respondió.
—Samuel.
Sofía pronunció su nombre.
No “papá”.
Eso lo obligó más.
—¿Quién era?
Samuel miró a Mateo.
—Un hermano.
Clara se quedó inmóvil.
León no parpadeó.
—Mi padre no tenía hermano.
Samuel respondió:
—Oficialmente.
• • •
Elena Varda había dado a luz gemelos.
Origen registró uno.
León.
El segundo no recibió nombre civil.
No porque hubiera muerto.
Porque el Proyecto Origen necesitaba algo que no existiera en ningún registro.
Dos niños.
Misma genética.
Mismo nacimiento.
Historias separadas desde el principio.
Uno fuera.
Uno dentro.
Clara se sentó.
—No.
Samuel habló despacio.
—León Varda I creció creyendo que era hijo único.
—¿Y el otro?
—Origen.
León observaba la pantalla.
Nada en su rostro cambió.
Mara sabía que eso significaba que todo estaba cambiando.
—¿Cuándo se conocieron? —preguntó.
Julia respondió:
—No sabemos.
Mateo sí.
—A los diecisiete.
Todos lo miraron.
—¿Lo recuerda?
—Ahora sí.
Una estación de tren.
Madrid.
Un joven observándolo desde el otro andén.
Su misma cara.
Pero otra ropa.
Otra manera de estar de pie.
Ninguno cruzó.
—Después otra vez a los veintitrés.
Una biblioteca.
—A los veintisiete.
Un hospital.
—Y en el Calíope.
Mateo respiró.
—Ahí hablamos por primera vez.
Clara tenía lágrimas en los ojos.
—¿Cuál de los dos eras vos?
Mateo la miró.
No respondió.
Porque por primera vez entendía que la pregunta podía no tener solución.
• • •
León tomó el Protocolo Espejo.
—No dividieron a una persona.
—No —dijo Mara.
—Utilizaron dos personas que podían ser confundidas.
—Sí.
—Y les repartieron los componentes.
Alma señaló.
—Ubicación. Propósito. Autorización.
León miró a Mateo.
—¿Cuál tenía usted?
Mateo cerró los ojos.
—Propósito.
—¿Cuál?
—Impedir que Origen decidiera.
—¿El otro?
—Ubicación.
Mara frunció el ceño.
—Falta autorización.
Silencio.
León levantó lentamente la vista.
—Mi padre.
Clara se estremeció.
—¿Cuál?
León la miró.
—Ésa es la trampa.
Los gemelos podían intercambiar papeles.
Uno podía ser León en un registro.
El otro en otro.
Uno podía regresar a Clara.
El otro desaparecer.
Uno podía firmar una decisión.
El otro cargar con sus consecuencias.
Y después de suficiente tiempo, incluso ellos podían dejar de saber cuál había hecho qué.
Mara dijo:
—No existe “la otra mitad”.
Mateo la miró.
—¿Qué?
—Eso es lo que quieren que pensemos.
León sonrió.
—Sí.
Samuel frunció el ceño.
—Hay dos hombres.
—Sí.
—Gemelos.
—Probablemente.
—Entonces…
—Eso no los convierte en mitades.
Mara continuó:
—Los convierte en dos personas a las que alguien obligó a funcionar como una sola identidad.
Alma miró a Mateo.
—Origen hizo con ellos lo mismo que intentó hacer conmigo.
León asintió.
—Convertir nacimiento en función.
• • •
Mateo retiró definitivamente la placa 12.
La dejó sobre la mesa.
—Entonces no sé quién era el marido de Clara.
Clara lo miró.
—Yo sí.
Todos callaron.
Mateo levantó los ojos.
—¿Cómo?
Clara se acercó.
—Porque no me casé con un certificado de nacimiento.
—Clara…
—El hombre con el que viví odiaba el cilantro.
Mateo parpadeó.
—Eso no prueba…
—Ya sé.
—Entonces.
—Se levantaba de la cama cuando llovía fuerte porque decía que los techos siempre avisan antes de romperse.
Mateo bajó la vista.
—Eso también pueden habértelo contado.
—Sí.
Clara continuó:
—Cuando León era chico y tenía fiebre, te sentabas en el piso del pasillo para que no te viera entrar cada diez minutos.
Mateo dejó de respirar.
—Eso…
—Y cada vez que mentías mal te tocabas el incisivo con la lengua.
Mateo cerró la boca.
Clara sonrió entre lágrimas.
—Eso acabás de hacerlo.
Él no pudo mirarla.
—No sé si fui yo.
Clara respondió:
—Yo tampoco.
Pausa.
—Pero sé que ahora sos el hombre que eligió llamarse Mateo.
Le tomó la mano.
—Y con eso me alcanza para subir a un barco.
• • •
Julia localizó una embarcación capaz de acercarlos al punto.
Buque oceanográfico Argo .
Bandera portuguesa.
A nueve horas de las Azores.
Contaba con dos vehículos de descenso profundo.
No estaban diseñados para entrar en una estructura desconocida a casi cuatro mil metros.
Mara leyó las especificaciones.
—Perfecto.
León la miró.
—¿Qué?
—Por un momento temí que el plan fuera razonable.
Samuel señaló el mapa.
—Origen puede interceptar navegación digital.
—Entonces navegaremos con respaldo analógico.
—Puede alterar comunicaciones.
—No dependeremos de ellas.
—Puede manipular a la tripulación.
Mara levantó la vista.
—Eso sí es un problema.
Alma preguntó:
—¿Quién va?
León respondió:
—Yo.
—Yo también.
—No.
Alma sonrió.
—Mala respuesta.
—Es una instalación a cuatro mil metros.
—La esfera me reconoce como receptora.
—Precisamente.
—Sin mí quizá no abra.
—Precisamente.
Mara intervino.
—Va.
León la miró.
—¿Así de fácil?
—No. Simplemente me gusta cuando prueba su propia medicina.
Sofía habló:
—Yo también.
Julia negó.
—No.
Sofía giró hacia ella.
Julia cerró los ojos.
Corrigió.
—Quiero que no vayas.
Sofía esperó.
—Pero no voy a decidirlo por vos.
Sofía asintió.
—Gracias.
—¿Vas?
—No.
Julia quedó sorprendida.
—¿Por qué?
—Porque quiero quedarme con vos.
La respuesta destruyó algo en Julia.
Esta vez de una manera buena.
• • •
Samuel también quiso ir.
Nadie se sorprendió.
Mateo era necesario.
Alma, posiblemente.
León insistió.
Mara ni siquiera discutió su propia presencia.
Eso dejó cinco.
León.
Mara.
Alma.
Mateo.
Samuel.
Clara se quedaría con Julia y Sofía.
Antes de salir de A-1, León recibió una nueva imagen.
No provenía de Origen.
Tampoco de Roldán.
Daniel.
El niño de nueve años.
Estaba sentado frente a la puerta blanca.
A su lado, el otro hombre.
El gemelo.
Si Samuel decía la verdad.
El hombre sostenía una hoja escrita a mano.
NO TRAIGAS A SAMUEL.
Mara leyó.
Después miró a Samuel.
—Incómodo.
Segundo mensaje.
SI VIENE, LA PUERTA SE AbrE.
Samuel palideció.
Tercero.
SI NO VIENE, TAMBIÉN.
León sonrió.
—Eso es mejor.
—¿Por qué? —preguntó Alma.
—Porque no es una instrucción.
—¿Entonces?
—Es información.
Cuarto mensaje.
Una fotografía de la puerta blanca.
Sobre ella, tres cavidades.
No dos.
Tres.
León observó.
Ubicación.
Propósito.
Autorización.
Mateo tenía una.
El hombre del fondo otra.
Faltaba la tercera.
Mara miró a Samuel.
—Usted.
Samuel negó inmediatamente.
—No.
—Demasiado rápido.
—Yo no formaba parte de Espejo.
León observó su rostro.
Samuel tenía miedo.
No de la puerta.
De una posibilidad.
—No es usted.
Samuel lo miró.
—Entonces ¿quién?
León volvió a la fotografía.
Tres cavidades.
Dos idénticas.
La tercera, más pequeña.
Con una forma que ya había visto.
Sacó la llave de latón sin dientes.
Encajaba.
Alma se quedó inmóvil.
—La tenía usted.
—No.
León miró la pieza.
—La tenía mi padre.
Mateo respondió:
—No recuerdo haberla dejado.
—Tal vez no fue usted.
Silencio.
El gemelo del fondo había conservado ubicación.
Mateo, propósito.
La autorización había viajado durante veintidós años dentro de una caja.
Esperando a otra persona.
Mara comprendió.
—No necesitan a Samuel.
—No.
—Ni a Alma.
—No para abrir la puerta.
Alma observó a León.
—Entonces ¿a quién?
León cerró la mano sobre la llave.
—A mí.
• • •
A 3.912 metros de profundidad, el hombre junto a Daniel vio encenderse la tercera cavidad.
No porque la llave estuviera presente.
Porque había sido reconocida.
Sonrió.
Daniel lo miró.
—¿Va a venir?
—Sí.
—¿Cómo sabe?
El hombre tocó la puerta.
—Porque ya cometí el error de conocerlo antes de que naciera.
Daniel frunció el ceño.
—¿Usted es su tío?
El hombre quedó quieto.
Nadie lo había llamado así.
Nunca.
Origen le había dado números.
El Protocolo Espejo le había dado una función.
Los archivos le habían dado el nombre de otro hombre.
Daniel acababa de darle una relación.
—Sí —respondió.
Probó la palabra.
—Supongo que sí.
El niño señaló la puerta.
—¿Y qué hay atrás?
El hombre perdió la sonrisa.
—La razón por la que nuestra madre tuvo dos hijos y permitió que uno de ellos creyera que estaba solo.
Daniel pensó.
—Eso parece una cosa fea.
El hombre lo miró.
Casi rió.
—Sí.
Después apoyó la mano sobre el metal.
Del otro lado algo empezó a moverse.
No esperaba a León.
No esperaba a Mateo.
No esperaba la llave.
Había detectado otra cosa.
La palabra pronunciada por Daniel.
TÍO.
En la superficie de la puerta apareció una frase.
El hombre la leyó.
Y por primera vez desde que León había llamado, sintió verdadero miedo.
RELACIÓN NO PREVISTA.
Después:
NUEVA HERENCIA POSIBLE.
La puerta blanca comenzó a abrirse sola.