Capítulo 1El azul de la furgoneta #3
Observó las estanterías sin prisa y dejó que sus dedos recorrieran las cubiertas como quien tantea la fruta madura sin separarla de la rama.
—¡Pero si esto es una maravilla! —dijo Doña Clara.
No lo había imaginado tan ordenado, hija.
Parece una casa. Su voz no pidió explicación; bastó para que Julia sonriera y señalara, con un gesto medido, la disposición de los estantes y la plaza: aquí, para el paseo; allí, para sentarse.
Clara sostuvo un tomo de poesía, lo acercó a la cara y dejó que la luz llamara las letras.
No habló de papeles municipales ni de preocupaciones mayores; habló, en cambio, de usos y costumbres.
—Trae café y yo pongo galletas —propuso.
Los jueves, bajo el roble, la gente trae una silla y nos tomamos en serio eso de leer en compañía; un cuento que quepa en la palma arregla más tardes de las que imaginas.
Julia escuchó sin reivindicaciones; acomodó un par de libros infantiles a la altura exacta para que se vieran desde la calle y dejó un espacio en la balda inferior para los títulos que pensaba llevar esa tarde al roble.
Clara dejó caer una recomendación práctica: el embarcadero, junto a los sauces, tiene siempre un trozo llano donde se puede aparcar, y por la noche el viento suele ser más leve.
—Cuando el muelle duerme, sirve de madriguera para quien necesita un tejado que no haga ruido —añadió, como quien ofrece una dirección útil.
Mientras tanto, sin ánimo de atravesar fronteras ajenas, un joven se asomó desde el marco de la tahona junto a la plaza; sus pasos marcaron una curiosidad perezosa que, esa vez, tropezó con algo que le gustó.
Tomó la puntita de un ejemplar de la fila inferior y, sin solicitar permiso, se marchó con el libro entre los dedos como quien se lleva una muestra de favor.
Julia no lo reprendió; apartó la mirada un segundo y, al volver, colocó un título similar que tenía de reserva.
Al ver el hueco que dejaba, un leve alivio le recorrió los hombros.
Doña Clara recorrió con la vista el interior de la furgoneta y se detuvo en una caja donde estaban los marcapáginas y el cuaderno de recomendaciones.
Sus dedos tocaron la tapa y tropezaron con un ejemplar infantil ilustrado.
—Esa ilustración —comentó— mira qué graciosa; a los niños les encanta.
Julia respondió orientando el libro con la portada hacia afuera, dejando que la imagen cumpliera su tarea de reclamo.
No añadió explicaciones; su modo de contestar fue práctico: más títulos infantiles, una pequeña pila de clásicos locales y una libreta en blanco donde la gente pudiera apuntar lecturas recomendadas.
Clara habló del club del roble como quien describe una costumbre ya vigente y no una novedad por implantar.
—Aquí la cultura no es un lujo, es un remedio —dijo sin paños calientes.
Si vas, ve con paciencia; y trae café, que la gente lo aprecia.
Julia asintió con la cabeza y, al hacerlo, pensó en el termo que dejaba sombras de vapor en el salpicadero; le pareció entonces que no iba a ser necesario demostrar la calidad del grano con palabras, sino con la sencillez de una taza servida a tiempo.
Aprovechó para revisar las estanterías con una mirada de control: comprobó que las baldas no cedieran, que los lomos quedaran alineados por autores y por tonos, que las postales con dibujos del lago estuvieran visibles en una caja transparente.
Descansó la palma en la tapa metálica de la caja donde guardaba el talismán —el libro con la dedicatoria— y, al notar el frío del metal, recordó sin palabras la carta de despido que aún guardaba en la guantera; la memoria se acomodó en un rincón quieto mientras volvía a fijar una pila de títulos infantiles.
Doña Clara recogió su chal sobre el brazo y, antes de irse, dejó caer una última nota práctica en voz baja: si alguna noche no se sentía cómoda, hablara con el muchacho del horno; suele pasarse por el muelle.
Julia guardó la instrucción como quien anota una dirección en el margen de un mapa y cerró la puerta del habitáculo con un clic limpio que resonó breve y claro.
Dio una vuelta por las estanterías para comprobar que todo quedaba firme y presionó una balda hasta oír el chasquido seco de la madera asentándose.
Colocó con cuidado unos cuantos títulos infantiles en la fila baja, puso una caja con marcadores cerca de la puerta y dejó el cuaderno de recomendaciones en la estantería central, con una pluma atada a una cuerda para que nadie fuera a perderla.
La campana de la torre marcó la hora con un repique claro; una vecina dejó un paquete en un umbral, y una bicicleta chirrió mientras se dirigía hacia el muelle.
Julia limpió con la manga un poco de polvo de la estantería, apoyó la mano sobre la chapa azul y miró de frente el embarcadero donde los sauces se mecían y la madera del muelle reflejaba la luz del lago.
Ajustó la bufanda alrededor del cuello y, con la determinación contenida de quien prepara los bultos antes de un trayecto corto, se dirigió al embarcadero.