Capítulo 1El azul de la furgoneta #2
Tenía el cabello blanco trenzado sobre el hombro, unas gafas redondas que reflejaban el sol y un chal tejido en tonos terrosos que se movía lento al ritmo de su bastón.
Se detuvo al lado de la puerta abierta, apoyó la mano sobre la chapa azul y, sin esperar presentación, dijo con una voz clara y cálida: —¡Ay, hija!
Ese color… parece hecho para el lago. ¿La trajiste tú?
Julia la miró: la pregunta no pedía alarde, sino confirmación.
—Sí. La compré hace unos meses. Es… es mi librería.
La mujer asintió; su bastón dio un golpecito en el empedrado y su mirada se fijó en la retaguardia abierta que dejaba entrever, por la rendija de la puerta trasera, lomos de papel y madera.
—¿Llevas libros? La palabra volvió a sonar redonda en la plaza.
Julia cerró el mapa con un gesto más firme de lo que pretendía y, a la vez que apoyaba el papel plano sobre el asiento, dejó que su mano rozara la cubierta de la novela que había guardado como talismán.
No era una respuesta larga la que buscaba; bastó con abrir un poco la puerta trasera para que un olor antiguo y dulce —una mezcla de papel, goma de encuadernar y café— se escapara en una bocanada tibia.
La mujer se inclinó, las gafas le rozaron la nariz, y sus ojos vivaces se abrieron con una curiosidad que a Julia le sonó como bienvenida.
—¿De verdad? —La mujer rió, un ruido corto y sincero—.
—¡Ay, qué bien suena eso! —¿Y se puede mirar?
La pregunta venía envuelta en la costumbre de quien ha vivido demasiadas historias como para pedir permisos.
Julia se llevó una mano al bolsillo donde guardaba la llave maestra del cerrojo trasero; sus dedos la apretaron un instante, sintiendo el frío del metal.
Aun así, la sonrisa que le salió fue pequeña, honesta.
—Claro. Hay de todo: relatos, poesía, libros infantiles…
Al abrir un poco más la puerta, dejó que quedara a la vista la fila ordenada de lomos, la madera clara de las estanterías y una luz que se filtraba desde dentro como si los libros respiraran.
La mujer inclinó la cabeza, tanteó con los ojos los títulos y pronunció nombres sueltos con aprobación.
—Mira, aquí hay novela corta, eso es perfecto para las tardes junto al roble; y esos ejemplares infantiles…
Dios, cuánto les hará falta a los niños.
Antes de que Julia pudiera contestar, añadió: —Me llamo Clara.
Si vas a quedarte en Aguas Claras, supongo que tendrás que conocer a la gente del muelle.
Soy yo la que organiza el club de lectura los jueves.
Ven a verme cuando te asientes, ¿eh? Su bastón marcó un gesto teatral.
—Y trae ese café, que yo pongo la merienda.
No preguntó por la procedencia del espresso ni por la calidad del grano; habló de su utilidad como si el café fuera un instrumento más de encuentro.
Mientras Doña Clara hablaba, un niño pasó corriendo detrás de la fuente con un remo de madera al hombro y el eco del agua llegó con un sonido limpio; un hombre mayor se apoyó en la ventana de la tahona y saludó con la mano.
La plaza latía en pequeñas señales de vida que Julia iba aprendiendo a leer: miradas que no eran intrusiones, saludos que no pedían antecedentes.
Doña Clara señaló con la barbilla hacia un tablón de anuncios donde, entre avisos de clases de zumba y del mercado del sábado, había un cartel impreso que anunciaba el "Plan de Desarrollo Turístico" con una ilustración de hotel y senderos; alguien había pegado junto al cartel una nota manuscrita que decía "¿Y la cultura?
" en tinta corrida. Julia reconoció la letra de prisas en la inscripción: la había visto antes en un poste de la carretera.
Doña Clara la miró sin comentarios largos; su advertencia fue una sonrisa y un encogimiento de hombros.
—Andan moviendo cosas por el ayuntamiento —dijo en voz baja—, pero aquí sabemos qué nos importa.
No expuso razones mayores; su confianza estaba en el pueblo, no en las formalidades.
Julia dejó que las palabras se asentaran y se sorprendió a sí misma contestando con una precisión más tranquila.
—Me llamo Julia. Y sí, me gustaría mucho conocer el club.
Creo que… creo que a los pueblos también les hacen falta historias.
Dijo la última frase sin grandilocuencias; la dejó sobre la mesa del aire como quien propone un trato sencillo.
Doña Clara sonrió. —Pues entonces ven esta tarde.
A las seis nos juntamos bajo el roble; llevaremos sillas, y yo llevo unas galletas.
Te estamos esperando, Julia. Se acercó un paso más, apoyó la mano en el lateral de la furgoneta y añadió en un tono que no permitía réplica: —Y si alguna vez necesitas un sitio para dormir, el muelle tiene siempre una banca libre.
No ofreció lástima ni caridad; ofreció recursos concretos, como quien entrega una herramienta.
Julia notó que las palabras la alcanzaban y le ayudaban a recomponer algo que el correo frío de la ciudad había desgastado.
Doña Clara se despidió con un impulso de su bastón y la promesa de volver a las seis; se alejó dejando tras de sí un rastro de lana y de voz.
Julia cerró el mapa con más determinación que antes, guardó la llave en el bolsillo y, sin alzar la vista de la fila de lomos que aún se asomaban tras la puerta, permitió que una idea simple se posara: quizás no había llegado a un sitio donde explicarse, sino a uno donde bastaba con mostrarse.
Con ese pensamiento contenido en el gesto de ordenar un libro en la estantería, deslizó la mano hacia el cerrojo trasero y sintió en los dedos la fría promesa de una apertura.
Doña Clara no se había alejado más que hasta la fuente; permaneció cerca, a un paso, mirando.
Abrió el cerrojo con la misma precisión que usaba para cerrar un manuscrito y los portones traseros se abatieron como un telón que dejaba al descubierto un escenario en miniatura: filas de lomos alineados, la madera clara de las estanterías bañada por la luz de la plaza, la pequeña lámpara de lectura sujeta con cinta adhesiva y, más abajo, cajas ordenadas con marcadores, postales y un cuaderno de recomendaciones.
Un olor inmediato se levantó en la rendija: tinta fresca, cola de encuadernar, el leve gusto a goma nueva y, por debajo de todo, el deje cálido del café que todavía guardaba en el termo sobre el salpicadero.
Julia apoyó la palma sobre el borde de una estantería y, con el gesto automático de quien ha pasado años corrigiendo pruebas, enderezó lomos, alisó portadas y acomodó las cubiertas a la vista de quien pasara por la plaza.
Sus manos conocían la lógica de los espacios pequeños: la fila inferior reservada para los ejemplares infantiles, al alcance de manos pequeñas; la sección de relatos en la estantería central, fácil de sostener; la poesía en un rincón donde la luz incidiera suave.
Eligió una tiza diminuta y, con la caligrafía limpia que había afinado en los sellos y prólogos, escribió los títulos de las secciones en pequeñas pizarras: Poesía, Relatos, Memorias, Infantil.
Cada letra era una invitación que podía leerse a la vez que se tomaba un sorbo de café.
Sacó el libro con la dedicatoria que había guardado como talismán y lo deslizó hasta la primera fila, dejando la frase visible como una llave: "Para quien se atreva a cambiar de mapa.
" Lo colocó frente a una cubierta azul que reflejaba el lago, como si quisiera que la promesa hiciera eco con el color de la furgoneta.
Al acomodarlo, sus hombros se soltaron un poco y su respiración recuperó el ritmo tranquilo de la tarea; no dijo nada, pero ese orden sin prisa era una manera de asentir consigo misma.