La leyenda de Escorpio (El decimotercer zodiaco nº 1) CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

Ante unas probabilidades imposibles que auguraban captura o muerte, Scorpio optó por una tercera vía.

Escapar.

Al aire libre, sintiendo la llamada de sus estrellas, eligió el camino de los cobardes, sobre todo porque no quería ver a Rebecca herida o muerta.

Sin embargo, su huida precipitada implicaba dejar el orbe en manos de los canallas que los habían emboscado.

Pero solo por poco tiempo, porque en cuanto Rebecca estuviera a salvo, los cazaría y lo recuperaría.

Scorpio activó su poder. El tatuaje de su espalda empezó a arder y lo envolvió a él y a todo lo que tocaba, incluida la mujer que llevaba en brazos.

La constelación y la torre hicieron el resto.

Él, y todo lo que tocaba, se desmaterializó y salió disparado hacia las estrellas: un rayo de luz que rara vez captaban los observadores, que rebotó de vuelta a la Tierra y los reconstituyó en la sala del portal, en la planta baja de la Torre de Babel.

Hogar, dulce —y seguro— hogar, donde Aries probablemente le echaría la bronca por traer a una forastera. Solo los humanos que habían prestado juramento podían visitar la torre. Un juramento que los vinculaba al poder estelar y les impedía revelar sus secretos.

Y no sería solo Aries quien se pondría hecho una furia. Tenía la sensación de que a la doctora tampoco le haría mucha gracia. Ya se disculparía más tarde.

Salió de la sala del portal y llevó a la doctora inconsciente a su habitación en el noveno piso. Tenían habitaciones de invitados en el segundo piso, aunque rara vez se usaban. Sin embargo, en su mente, ella pertenecía a un solo lugar.

Su cama.

Nunca antes había pensado algo así. De hecho, era la primera mujer que traía a casa. Aunque, técnicamente, esto probablemente no contaba, dadas las circunstancias.

Sus aposentos eran espaciosos. Más grandes que muchos apartamentos, con techos de tres metros de altura y una sala de estar con sofá y sillón reclinable lo bastante amplia para jugar con su sistema de realidad virtual sin chocar con los muebles.

El dormitorio albergaba una cama extragrande sobre una plataforma, varios armarios y un sillón reclinable para relajarse frente a la chimenea.

Aunque no lo hacía a menudo. Normalmente jugaba cuando se aburría. Si se sentía solo, iba a un bar.

Rebecca no se despertó cuando la tumbó sobre el edredón, con cuidado de acomodarle la cabeza en la almohada. Estaba pálida. No era raro, sobre todo en un primer viaje; los desmayos eran habituales. El viaje estelar pasaba factura a los humanos.

Seguramente dormiría unas horas mientras su cuerpo se recuperaba. Y cuando despertara, tendría mucho que explicar. ¿Estaría enfadada? ¿Asustada? ¿Curiosa? ¿Una mezcla de todo eso?

Mientras esperaba a que despertara, tocaba informar al jefe.

Un jefe que lo esperaba en la puerta de su suite con los brazos cruzados.

—Qué. Demonios. Pasa —espetó Aries.

—Bueno, me he topado con un pequeño problema —dijo Scorpio encogiéndose de hombros.

—Has traído a una desconocida a la torre.

—Con buena razón. Estaban a punto de secuestrarla o pegarle un tiro.

—¿Y?

—A mí también iban a secuestrarme o pegarme un tiro.

Aries apretó los labios.

—¿Qué ha pasado desde nuestra última conversación?

—Bastante. La doctora encontró una especie de ruina dentro del glaciar que estaba estudiando.

—¿Una ruina? ¿En la Antártida? —repitió Aries.

—Sí, tallada en un meteorito y enterrada en el hielo. En la entrada había grabados los antiguos símbolos del Zodíaco, y cuando toqué las paredes del interior, brillaron.

Aries enarcó las cejas.

—¿Qué más encontraste?

—Trampas. —Scorpio explicó cómo habían logrado entrar, las diversas trampas, la cámara final y...

—¡Encontraste el artefacto!

—Así es.

—¿Dónde está? —preguntó Aries, y frunció los labios al deducir—: Lo has perdido.

—No exactamente. Me lo robaron, la misma empresa que contrató a Rebecca. Nos estaban esperando cuando salimos de la ruina.

—Espera, ¿su empresa fue la que amenazó con pegarte un tiro?

—O secuestrarnos. Salimos y nos encontramos con una docena de tipos armados con rifles. Tenían un helicóptero enorme esperando para llevarnos a su guarida del mal.

—¿Cómo demonios no oíste un maldito helicóptero?

—Supongo que aterrizó mientras lidiábamos con el derrumbe.

La expresión de Aries se tensó aún más.

—¿Cómo sabían lo del artefacto?

—Porque tienen su propia vidente —anunció Sage, sobresaltando a Scorpio.

Aries ni se inmutó. Probablemente estaba acostumbrado a las inquietantes apariciones repentinas de su esposa.

—¿Sabían exactamente cuándo lo íbamos a encontrar? —preguntó Aries sin volverse.

—Lo sabían —confirmó Sage.

—¿Y no pudiste avisarme? —resopló Scorpio.

—Lo hice. Te dije que estuvieras alerta.

—Estaba alerta. Nos saqué de las trampas en la ruina.

Nos saqué de allí cuando aquello se derrumbó.

No esperaba encontrarme con armas —se quejó Scorpio, sobre todo por su propio sentimiento de culpa.

Debería haber estado más atento. La culpa la tenían el beso, y Rebecca en general, que lo traían de cabeza. Algo que, por cierto, no solía pasarle.

—No me puedo creer que lo encontraras y lo perdieras —gruñó Aries—. Esto pinta mal. Muy mal.

—Scorpio lo recuperará —declaró Sage—. Con el tiempo.

—¿Cómo? —preguntaron él y Aries al unísono.

—Sabes quién se lo llevó, y has sido lo bastante listo como para quedarte con la única persona que puede ayudarte a recuperarlo.

—¿Crees que Rebecca puede meternos en la sede de Cetus?

—Ella será clave para recuperarlo —fue la críptica respuesta de Sage—. Si logras convencerla de que te ayude, cosa que está por verse.

—Lo que significa que tienes que ser amable con ella —le advirtió Aries.

—Siempre soy amable —rebatió Scorpio.

—Durante una noche, porque normalmente no tienes que volver a verlas.

—Auch —exclamó Scorpio, aunque sabía que Aries decía la verdad. No era de relaciones a largo plazo ni de nada, en realidad, que durara más de una cita.

Aries apretó la mandíbula.

—Quizá debería enviar a otro...

Sage negó con la cabeza, interrumpiéndolo.

—No. Tiene que ser Scorpio. Solo triunfarán si trabajan juntos.

—Eh, yo no trabajo con compañeros —les recordó Scorpio.

—Trabajas con los otros guerreros sin problema —replicó Aries.

—La palabra clave es «guerreros». Ella es humana. Y delicada, además. No es una luchadora. No veo cómo podría ser de mucha ayuda.

—En una lucha hay más que fuerza y habilidad con las armas —fueron las siguientes palabras de sabiduría de Sage.

—Cierto. No podría haber encontrado el orbe sin ella, pero al mismo tiempo, ser inteligente no detiene una bala.

—Ser tonto tampoco —dijo Sage con una sonrisa.

—De acuerdo, así que han encontrado el objeto pero hay que recuperarlo. Necesitarás a esta doctora para que te ayude. ¿Algo más que debamos saber? —preguntó Aries a su esposa.

—Sí. Necesito helado. De chocolate y fresa, con malvavisco derretido por encima, un plátano y unos cuantos de esos pepinillos pequeños y crujientes.

Tanto él como Aries parpadearon mirándola.

Sage sonrió.

—El bebé tiene hambre.

Tras ese anuncio, se dio la vuelta y se alejó con paso ligero, sin ver cómo a Aries se le desencajaba la mandíbula.

Scorpio lo ayudó a recuperarse dándole una palmada en la espalda.

—Felicidades, hermano. Vas a ser papá.

—Oh, joder. ¡Sage! ¡SAGE! —bramó Aries mientras salía disparado tras su esposa.

Scorpio sonrió. Su serio amigo necesitaba a alguien como Sage para no dormirse en los laureles.

Miró la puerta de su suite. ¿Cómo sería tener a alguien así en su vida?

Probablemente peligroso para su salud, porque cuando volvió a entrar, lo recibió un mando de videojuegos volando hacia su cabeza.