La ley del rock Capítulo 17 - Un segundo de más #3
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Capítulo 17 - Un segundo de más #3

—A veces.

—Cinco días a la semana.

—Cuando no llegas tarde.

—No llego tarde.

Carlos me miró.

—Llegaste tarde el viernes.

—Tú no participes.

Adrián levantó una cerveza.

—Yo la he visto llegar tarde.

—Tú menos.

Gabriel sonrió.

—Qué bonito verte defendiendo una causa perdida.

—Os odio.

Marc se sentó.

—¿Hay comida?

—Sí —dijo Carlos.

—Dónde.

—Cocina.

Marc se levantó otra vez.

—Voy.

—Espera —dije.

Marc se giró.

—Qué.

Me levanté.

—Voy contigo.

—Sabes dónde está la cocina.

—Sí.

—Entonces.

—Tengo hambre.

—Eso tampoco explica por qué vienes conmigo.

—Porque me da la gana.

Marc se encogió de hombros.

—Argumento impecable.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Ya.

Fuimos a la cocina. Abrí la nevera.

—¿Qué hay?

—No sé.

—Pues eres útil.

—No vivo aquí.

—Buen punto.

Marc abrió uno de los recipientes.

—Esto.

Miré.

—Qué es.

—Tortilla.

—Dame.

—Coge.

—Tienes el cuchillo tú.

Marc cortó un trozo. Lo puso en un plato.

—Más.

—Jenn.

—Tengo hambre.

Cortó otro.

—Gracias.

—De nada.

Cogí el plato. Marc siguió cortando para él. Me apoyé en la encimera y empecé a comer.

—¿Has practicado?

—Sí.

—Cuánto.

—Muchísimo.

Marc levantó la vista.

—Cuánto.

—Diez minutos.

—Eso no es muchísimo.

—Comparado con cero sí.

—Mañana.

—Trabajo.

—¿Pasado?

—También.

—Viernes.

—Puede.

—Puedes.

—Maybe.

Marc sonrió.

—Viernes.

—Qué mandón eres.

—Y vienes igual.

Abrí la boca. La cerré.

—Porque quiero aprender.

—Claro.

—¿Qué significa ese claro?

—Nada.

—Otra vez.

—¿Otra vez qué?

—Nada.

Marc se rio. Cogí un trozo de tortilla con los dedos.

—Toma.

Se lo acerqué. Marc me miró.

—Tengo plato.

—Pero este tiene más cebolla.

—Ah.

—Sé que te gusta.

Marc dejó el cuchillo. Se inclinó y cogió el trozo directamente de mis dedos con la boca. Me quedé quieta. No por nada. Porque no esperaba que hiciera eso. Eso. Nada más. Marc masticó.

—Está buena.

—Ya.

Mis dedos seguían levantados. Los bajé.

—Podías haberlo cogido con la mano.

—Podías haberlo dejado en el plato.

—También.

Silencio. Un segundo. Dos. Marc miró mi mano. Después a mí.

—Qué.

—Nada.

—No.

—Qué no.

—Has puesto cara.

—Esta es mi cara.

Me eché a reír.

—Hijo de puta.

—Ahora lo entiendes.

—No te copies.

—No tienes copyright.

Cogí otro trozo de tortilla. Esta vez me lo comí yo. Marc me miró.

—Ese tenía más cebolla.

—Qué pena.

—Egoísta.

—Muchísimo.

Desde el salón, Gabriel había visto entrar a los dos en la cocina.

No había prestado atención al principio.

Hasta que dejó de oírnos discutir. Entonces levantó la vista.

Desde donde estaba solo podía ver una parte.

A mí apoyada en la encimera. A Marc delante.

Me vio acercarle algo. Marc inclinarse. Después los dos quedarnos quietos.

Muy poco. Un segundo. Quizá dos. Gabriel miró a Carlos.

Estaba enseñándole algo a Adrián en el móvil.

Volvió a mirar hacia la cocina. Yo me estaba riendo.

Marc también. Gabriel bebió de su cerveza. No dijo nada.

Volvimos al salón. Me senté junto a Carlos. Marc se quedó en el suelo. Gabriel estaba enfrente.

—Qué —le dije.

—No he hecho nada.

—Pero vas a hacerlo.

—No.

—Te conozco.

—Hace tres meses.

—Suficiente.

Gabriel sonrió.

—Vale.

—¿Qué?

—Nada.

Le lancé un cojín. Lo cogió antes de que le diera.

—Violenta.

—Misterioso de mierda.

Adrián levantó la cabeza.

—¿Seguís con eso?

—Está tramando algo.

—Gabriel siempre parece estar tramando algo.

—Porque tengo cejas —dijo Gabriel.

Me quedé mirándolo.

—Eso ha sido sorprendentemente razonable.

—Gracias.

—No era un cumplido.

Marc se rio desde el suelo. Lo miré. Él ya me estaba mirando. Sonreí. Gabriel dejó el cojín a su lado.

—Bueno —dijo de repente—. Marc, ¿al final el viernes has quedado con Laura?

Marc frunció el ceño.

—¿Qué Laura?

Silencio. Yo miré a Gabriel. Después a Marc.

—¿Quién es Laura?

Gabriel no me miró.

—Una chica.

—Gracias, Gabriel. Había llegado hasta ahí.

Marc seguía frunciendo el ceño.

—No he quedado con ninguna Laura.

—Ah.

Gabriel cogió su cerveza.

—Me habré confundido.

Lo miré.

—Otra vez.

—Sí.

—Tienes problemas de memoria muy específicos.

—Puede ser.

—¿Quién es Laura? —pregunté otra vez.

Marc me miró.

—Una compañera.

—Ah.

—¿Qué?

—Nada.

Marc levantó una ceja.

—Has preguntado dos veces.

—Porque Gabriel lo ha dicho raro.

—Gabriel dice todo raro.

—Eso también.

Gabriel bebió. No dijo nada. Cinco minutos después Carlos se levantó.

—Voy a por hielo.

—Hay en el congelador —dije.

—No queda.

—Ah.

Cogió las llaves.

—¿Vienes?

—No. Estoy bien aquí.

—Vale.

Me besó antes de salir.

—Ahora vuelvo.

—Sí.

La puerta se cerró. Adrián empezó a contar algo. Marc cogió el móvil. Yo seguí escuchando. Gabriel esperó. Un minuto. Dos.

—Por cierto, Jenn.

—Qué.

—Carlos me ha dicho que quizá se vaya unos días a Madrid el mes que viene.

Lo miré.

—¿Sí?

—Creo.

—No me ha dicho nada.

Me encogí de hombros.

—Pues ya me lo dirá.

—Ah.

—¿Qué?

—Nada.

Entrecerré los ojos.

—¿Qué coño estás haciendo?

Gabriel parpadeó.

—Nada.

—No. Hoy no.

Adrián nos miró.

—Otra vez.

—Está rarísimo.

—Siempre está raro.

—Más.

Gabriel dejó la cerveza.

—Solo te he dicho lo de Carlos.

—Ya.

—Y has contestado.

—Sí.

—Pues ya está.

Lo miré unos segundos.

—No me fío de ti.

—Eso es sano.

Adrián negó con la cabeza.

—Sois agotadores.

Marc seguía con el móvil. O eso parecía. Gabriel lo miró. Solo un instante. Marc había dejado de mover el pulgar sobre la pantalla cuando mencionó a Carlos. Gabriel bajó la vista. Una sonrisa mínima apareció en la comisura de su boca.

—¿Qué? —dije.

La borró.

—Nada.

—¡GAbrIEL!

—Te juro que no he hecho nada.

—¡ESA SONRISA!

—¿Ahora tampoco puedo sonreír?

—Tú no.

Adrián empezó a reírse. Marc levantó la cabeza.

—Estás obsesionada con él.

—Porque se comporta como un psicópata.

Gabriel se reclinó en el sofá.

—Estoy pasando una tarde estupenda.

—Pues yo no.

—Se nota.

Levanté otro cojín.

—Jenn —dijo Adrián.

—Qué.

—Déjalo.

—Está pidiendo violencia.

—No puedes pegarle porque tenga cejas.

Bajé el cojín.

—Odio que eso tenga sentido.

Marc soltó una carcajada. Lo miré. Otra vez.

Gabriel también. Pero esta vez no me miró a mí.

Miró a Marc. Porque Marc no estaba riéndose de Adrián.

Me estaba mirando mientras se reía. Y tardó un segundo más de lo necesario en apartar los ojos.

Gabriel respiró hondo. Cogió su cerveza.

Y dejó de hacer pruebas. Ya tenía suficientes.

Gabriel no dijo nada. Eso fue casi peor. Porque durante los días siguientes dejó de mirarme raro. Dejó de poner cara. Dejó de hacer preguntas absurdas. Volvió a ser Gabriel. Lo cual, por supuesto, hizo que empezara a sospechar más.

—Ahora está demasiado normal —le dije a Adrián dos días después.

Estábamos en su taller. Yo había pasado a recoger una púa nueva porque, según él, las que utilizaba eran «una mierda». Empezaba a detectar un patrón.

—¿Quién?

—Gabriel.

Adrián levantó la vista de una guitarra.

—Gabriel siempre está normal.

—No.

—Jenn.

—Estaba haciendo cosas.

—Qué cosas.

—Experimentos.

Adrián dejó el destornillador.

—¿Experimentos?

—Sí.

—Con qué.

—Conmigo.

—Esto está mejorando muchísimo.

—No te rías.

—Estoy intentando no hacerlo.

—Pues se te da fatal.

Adrián sonrió.

—¿Qué experimentos?

Abrí la boca. Me quedé callada. Porque explicarlo implicaba reconocer que había detectado un patrón. Y el patrón implicaba a Marc.

—Nada.

Adrián levantó las cejas.

—Ah.

—No hagas eso.

—Qué.

—Ah.

—Solo he dicho ah.

—Ya.

—Como tú llevas una semana haciendo con Gabriel.

—No es lo mismo.

—Claro.

Cogí una púa de la mesa.

—Me voy.

—Esa vale dos euros.

La dejé.

—Ladrón.

—Pobre.

—Más que tú.

—Eso seguro.

Me dio otra. Negra.

—Esta.

La cogí.

—¿Cuánto?

—Vete.

—Adrián.

—Jenn.

—Otra vez no.

—Fuera.

Le di un beso rápido en la mejilla.

—Te quiero.

—Ya.

—Y gracias.

—Dos euros.

—Vete a la mierda.

Salí riéndome.

Marc · Qué haces

Trabajar   · Yo

Marc · Mentira

Estoy EN el trabajo   · Yo

Marc · No es lo mismo

Qué quieres   · Yo

Marc · Nada

Me quedé mirando la palabra.

No   · Yo

Marc · Qué

Nada no   · Yo

Marc · ?

Me tenéis traumatizada   · Yo

Marc · Quién

Gabriel   · Yo

Marc · JAJAJAJA

NO TE RÍAS   · Yo

Marc · Qué ha hecho ahora

Nada   · Yo

Marc · ...

VES?   · Yo

Marc · Estás fatal

Lo sé   · Yo

Marc · Esta tarde tengo libre

Enhorabuena   · Yo

Marc · Gracias

¿Qué quieres?   · Yo

Marc · ¿Practicas?

Miré la hora. Después el montón de papeles que tenía delante.

Luego   · Yo

Marc · A qué hora sales

6   · Yo

Marc · Ven cuando quieras

Ahí estaba otra vez. Cuando quieras. Como si fuera tan sencillo. Como si aparecer en su casa se hubiera convertido en algo que no necesitaba plan.

Vale   · Yo

Marc · Vale?

Sí   · Yo

Marc · Sin maybe?

No abuses   · Yo

Marc · Entonces maybe

Cállate   · Yo

Marc · Te espero

Leí el mensaje. Te espero. Dos palabras. Normal. Completamente normales. Guardé el móvil. Cinco minutos después lo volví a sacar. No para leerlo otra vez. Para mirar la hora. Obviamente.

***

Llegué a casa de Marc a las siete menos cuarto. Abrió con una camiseta negra y el pelo todavía húmedo. Mierda.

—Hola.

—Hola.

Me quedé mirándolo. Solo un segundo. Dos. Marc frunció el ceño.

—Qué.

—Nada.

—Otra vez nada.

—No empieces.

—Has puesto cara.

—Esta es mi cara.

Sonrió.

—Pasa.

Entré.

—¿Te acabas de duchar?

—Sí.

—Ah.

—Qué.

—Nada.

—Jenn.

—Qué pesado.

Dejé Raven junto al sofá. Marc fue hacia la cocina.

—¿Café?

—No.

Se giró.

—¿No?

—Son casi las siete.

—Y?

—Quiero dormir esta noche.

—Cobarde.

—Realista.

—Coca-Cola.

Lo miré.

—Con hielo.

—Ya.

—Mucho hielo.

—Ya.

—Y...

—No tengo limón.

—No iba a pedir limón.

Marc abrió el congelador.

—Mentira.

—Quizá.

—Maybe.

Sonreí.

—Eso.

Volví al salón. La pulsera seguía en la estantería. La goma del pelo también. No al lado. Había dejado espacio entre ambas. Me acerqué.

—Has hecho caso.

Marc apareció detrás con dos vasos.

—A qué.

—No has hecho altar.

—He tenido que contenerme.

—Te agradezco el esfuerzo.

Me tendió la Coca-Cola.

—De nada.

Cogí el vaso. Nuestros dedos se rozaron. Otra vez. Esta vez ninguno apartó la mano inmediatamente. No mucho. Nada dramático. Solo... un instante. Marc bajó la vista hacia nuestras manos. Yo también. Después me soltó el vaso.

—Gracias.

—De nada.