Capítulo 13 - Once minutos #6
—No soy elitista.
—Acabas de juzgar un altavoz.
—Porque suena mal.
—Está en la playa.
—Puede sonar mal en la playa.
—Pobre hombre. Solo quería escuchar música.
—Y ahora la escuchamos todos.
—Compartir es vivir.
—Eso lo dices porque te gusta la canción.
—Exacto.
Llegamos al inicio del pantalán.
Me paré.
Marc también.
El agua golpeaba abajo. No especialmente fuerte. Pero la escuchaba.
Miré hacia el final. Después hacia los lados.
Error.
Volví al frente.
—Vale.
Marc metió las manos en los bolsillos.
—Vale.
—No hagas nada raro.
—¿Qué sería raro?
—Moverlo.
Me miró.
—¿Mover el pantalán?
—Sí.
—Jenn, peso setenta y...
—Me importa una mierda cuánto peses. No saltes.
—No pensaba saltar.
—Ni corras.
—Tampoco.
—Ni...
—¿Quieres que vaya delante?
Me callé.
Ah.
—No.
—Vale.
—Bueno.
Marc esperó.
—Maybe.
No sonrió. Ni siquiera hizo el gesto de hacerlo.
—Vale.
Se puso delante.
Eso fue todo.
No me ofreció la mano. No me dijo que no pasaba nada. No me aseguró que era seguro.
Simplemente empezó a caminar despacio.
Fui detrás.
Los primeros metros siempre eran los peores. Porque todavía podía girarme. Porque veía tierra demasiado cerca. Porque una parte absurda de mi cerebro seguía preguntándose por qué coño había decidido abandonar voluntariamente un sitio firme.
Respiré.
Uno.
Dos.
Miré la espalda de Marc.
Mucho mejor que mirar el agua.
Bastante mejor, de hecho.
—No vayas tan rápido.
Redujo el paso inmediatamente.
—Así?
—Sí.
Seguimos. La música quedó atrás. También las voces. Cuanto más avanzábamos, más mar había alrededor. Y más me costaba mirar hacia los lados.
Marc se detuvo.
—¿Por qué paras?
—Porque llevas diez segundos sin andar.
Miré mis pies.
Ah.
Era verdad.
—Estoy respirando.
—Ya.
—Es importante.
—Muchísimo.
Levanté la cabeza. Seguía de espaldas a mí. Esperando.
—Puedes girarte.
Lo hizo.
—Hola.
Me reí.
—Idiota.
—¿Bien?
Miré alrededor.
Un segundo.
Solo uno.
Agua.
Demasiada.
Volví a mirarlo.
—Sí.
Marc asintió.
—Pues seguimos cuando quieras.
No cuando pudiera.
Cuando quisiera.
Qué tontería.
—Ahora.
Se giró. Seguimos.
Esta vez me acerqué un poco más.
No porque lo necesitara.
Porque sí.
Llegamos casi hasta el final. Ahí paré yo.
—Hasta aquí.
Marc miró los pocos metros que quedaban. Después a mí.
—Hasta aquí.
Se apoyó en la barandilla. Yo hice lo mismo. Con cuidado. Muy despacio.
Miré al frente.
Eso sí podía hacerlo.
El horizonte no me daba miedo. Era el agua debajo. La profundidad. No saber qué había ahí.
Pero delante...
Delante solo había azul.
Respiré. El viento me movió el pelo hacia la cara. Me lo aparté.
—Ahora lo entiendo.
Miré a Marc.
—¿Qué?
—Por qué vienes.
Volví al mar.
—¿Sí?
—Sí.
—¿Y por qué vengo?
Marc se encogió de hombros.
—Porque aquí no hay nada.
Fruncí el ceño.
—Bonita forma de venderlo.
—No.
Miró hacia delante.
—Nada que hacer. Nada que contestar. Nada que arreglar.
Me quedé callada.
—Solo estar.
Ah.
Apoyé los brazos en la barandilla.
—Más o menos.
—Y pasar miedo.
—Eso viene gratis.
—Buen servicio.
Sonreí.
Estuvimos un rato sin hablar.
Y no fue incómodo.
Eso también empezaba a pasar demasiado con Marc. Los silencios no parecían huecos que hubiera que rellenar.
Eran silencios.
Ya.
—Quiero aprender a no tenerle miedo.
Marc giró un poco la cabeza.
—¿Al mar?
—Sí.
—¿Por qué?
Pensé.
—Porque me jode.
—Argumento sólido.
—Muchísimo.
Sonreí.
—Me gusta. Mucho. Me gusta mirarlo, estar cerca, escucharlo...
Bajé la vista. Solo hasta la barandilla.
—Pero luego pienso en lo que hay debajo y mi cerebro decide que vamos a morir todos.
—Todos?
—Todos.
—Hostia.
—Tú también.
—Gracias.
—De nada.
Marc miró el agua.
—¿Y venir aquí ayuda?
—Un poco.
—Entonces funciona.
—Supongo.
Respiré hondo.
—Es como...
Busqué las palabras.
—No sé.
—Buen comienzo.
Le di con el hombro.
—Cállate.
Sonrió.
—Es como obligarme a quedarme.
Marc dejó de sonreír.
—¿Aquí?
—Sí. Cuando empieza esa cosa de «vete, vete, vete»...
Me señalé la cabeza.
—Me quedo.
—¿Hasta que se pasa?
—No siempre se pasa.
—Entonces?
Miré hacia delante.
—Hasta que decido yo cuándo me voy.
Marc no respondió. Pasaron unos segundos.
—Eso está bien.
Lo miré.
—¿Sí?
—Sí.
Nada más.
Sin convertirlo en una metáfora sobre mi vida. Sin decirme que era valiente. Sin preguntarme por mi infancia.
Gracias a Dios.
Volví al horizonte.
—Aquí me siento libre.
Marc apoyó los antebrazos en la barandilla.
—Aunque estés acojonada.
—Precisamente.
Pensó un momento.
—Tiene sentido.
—¿Ves?
—No he dicho que sea normal.
—Vete a la mierda.
Se rio. Yo también.
El viento volvió a moverme el pelo. Esta vez no me lo aparté.
Nos quedamos allí. Hablamos de música. De Raven. De que Adrián probablemente me cobraría las clases de guitarra en cerveza si algún día decidía ponerse serio. Marc dijo que eso sería un error porque Adrián era perfectamente capaz de arruinarme económicamente bebiendo.
Le pregunté si él también me enseñaría.
—Si quieres.
—¿Gratis?
—No.
Lo miré.
—¿Cómo?
—Soy carísimo.
—Pues Adrián.
—Adrián te enseñará mal.
—Qué feo.
—Es verdad.
—¿Y cuánto cobras?
Marc pensó.
—Una cerveza.
—Eso cobra Adrián.
—Yo bebo menos.
—Competencia desleal.
—Mercado libre.
—Capitalista.
—Tú quieres clases gratis.
—Exacto.
Sonrió.
—Cuando quieras.
Y otra vez.
Nada.
Una frase cualquiera.
Pero empezaba a tener demasiadas frases de esas con él.
Cuando quieras.
Díselo tú.
Estoy abajo.
Me acordé.
Pequeñas cosas.
Miré el mar.
—Oye.
—Qué.
—Gracias por venir.
Marc frunció ligeramente el ceño.
—Me has traído tú.
—Ya.
—Entonces gracias a ti.
—No funciona así.
—Claro que sí.
—Te estoy dando las gracias.
—Y yo a ti.
—Qué pesado eres.
—Muchísimo.
Sonreí.
Saqué el móvil.
—Voy a hacer una foto.
Marc se apartó.
—No iba a hacerte una foto a ti.
—Ah.
—Qué decepción.
—Devastado.
Apunté al horizonte. Esperé. El cielo estaba empezando a cambiar. Todavía quedaba bastante luz, pero el sol ya bajaba.
Hice una.
Otra.
La tercera me gustó.
—Mira.
Le enseñé la pantalla. Marc se acercó.
Demasiado.
No.
Normal.
Lo necesario para mirar una pantalla.
Su brazo rozó el mío.
—Está torcida.
Lo miré.
—Vete a la mierda.
—Un poco.
—Te enseño una cosa bonita y la criticas.
—Has cortado el horizonte.
—No está cortado.
—Está torcido.
—Es artístico.
—Es una pendiente.
—No vuelves a ver mis fotos.
Guardé el móvil. Marc se rio.
—Haz otra.
—No.
—Venga.
—No.
—Te digo cómo.
—¿Ahora también eres fotógrafo?
—Sé poner recto un móvil.
—Presumido.
Saqué el teléfono otra vez.
—A ver, Spielberg.
—Eso es cine.
—Me da igual.
Me coloqué. Marc miró la pantalla por encima de mi hombro.
—Baja un poco.
Bajé.
—No tanto.
—Decídete.
—Ahí.
Moví el teléfono.
—Quieto.
—Estoy quieta.
—Lo estás moviendo.
—Estoy respirando, Marc.
—Pues deja de respirar.
Giré la cabeza.
—¿Perdona?
Se estaba riendo.
—Un segundo.
—Como muera, te denuncio.
—Haz la foto.
La hice.
Miré el resultado.
Joder.
Estaba mejor.
—Ha sido casualidad.
—Claro.
—Totalmente.
—Dámelo.
—Ni de coña.
Intentó coger el móvil. Lo aparté.
—Eh.
—Déjame verla.
—Desde ahí.
—No veo una mierda.
—Problema tuyo.
Volvió a intentar cogerlo. Retrocedí. Un paso. Luego otro.
—Jenn.
—No.
—Dame el móvil.
—Cómprate uno.
—Tengo uno.
—Pues mira tus fotos.
—Las mías están rectas.
—Hijo de puta.
Me reí.
Y entonces di otro paso hacia atrás.
Marc dejó de reírse.
—Eh.
No sé qué notó antes que yo. Quizá que estaba demasiado cerca del borde. Quizá mi cara. Quizá nada.
Solo sé que su mano rodeó mi muñeca.
Firme.
Sin tirar.
Me quedé quieta.
Miré hacia atrás.
Agua.
Mierda.
Volví la cabeza demasiado rápido. Marc seguía sujetándome.
—No mires.
Respiré.
—Ya he mirado.
—Pues mírame a mí.
Lo hice.
Ah.
Vale.
—No me voy a caer.
—Ya.
—Hay barandilla.
—Ya.
—Entonces suéltame.
Marc aflojó los dedos inmediatamente.
Pero no apartó la mano.
Esperó.
Yo también.
Un segundo.
Dos.
Mi respiración volvió a su sitio.
—Vale.
Me soltó.
—Vale.
Miré mi muñeca. Después a él.
—Qué dramático.
—Has puesto una cara de mierda.
—Gracias.
—De nada.
—Pensabas que iba a caerme.
—Pensaba que ibas a asustarte.
Ah.
—Pues...
Me encogí de hombros.
—Un poco.
Marc volvió a apoyarse en la barandilla. Como si nada. Yo me puse a su lado. También como si nada.
Miré mi móvil. La fotografía seguía abierta.
—Está mejor que la otra.
Marc sonrió.
—Lo sé.
—No te acostumbres.
—Imposible.
Guardé el teléfono.
Estuvimos allí un poco más. No sabía cuánto. Hasta que miré la hora.
20:17.
—Mierda.
Marc se giró.
—Qué.
—La hora.
Miró su móvil.
—Qué pasa con la hora?
—He quedado a las nueve.
—Ah.
Me incorporé.
—Tengo que irme.
—Vale.
Empezamos a caminar hacia tierra.
Esta vez Marc no fue delante.
Fue a mi lado.
Y no me molestó.
A mitad del pantalán me di cuenta de que estaba bastante mejor que al entrar.
—Mira.
—Qué.
—Estoy andando normal.
Marc miró mis pies.
—Impresionante.
—Capullo.
—Estoy orgullosísimo.
—Se nota muchísimo.
—Quieres un diploma?
—Sí.
—Te lo hace Adrián.
—Ese hombre hace de todo.
—Menos trabajar.
—Eso también tiene mérito.
Cuando pisé tierra firme respiré hondo. Marc me miró.
—¿Bien?
—Sí.
Y era verdad.
Muy bien.
Empezamos a caminar hacia donde había dejado el coche.
—¿Dónde has quedado?
—En casa.
—Eso no es quedar.
—Carlos pasa a recogerme.
Silencio.
Pequeño.
Tan pequeño que quizá ni siquiera existió.
—Ah.
—Vamos a cenar.
Marc asintió.
—Guay.
Seguimos andando.
—Tengo que ducharme.
—Información que necesitaba.
—Y cambiarme.
—Más información.
—Y probablemente arreglarme el pelo.
—Tres de tres.
Lo miré.
—Te estoy explicando por qué tengo prisa.
—Podías haber dicho «tengo prisa».
—Eso habría sido demasiado eficiente.
—Cierto.
Sonreí.
Seguimos andando.
Nada había cambiado.
Marc seguía siendo Marc. Carlos iba a recogerme en menos de una hora. Y yo seguía teniendo arena dentro de las zapatillas aunque ni siquiera había pisado la playa.
Todo perfectamente normal.
Hasta que Marc habló.
—¿Te ha gustado?
—¿Qué?
—Traerme aquí.
Lo miré.
—Sí.
—Bien.
—¿A ti?
Metió las manos en los bolsillos.
—También.
—Entonces puedes volver.
—¿Sin supervisión?
—No sé.
Lo pensé.
—Tendré que valorar tu comportamiento.
—No he arrancado flores.
—Punto a favor.
—No he movido el pantalán.
—Otro.
—Y tu foto está recta.
—Eso te resta dos.
Marc se rio.