La leche del casero (Relatos Tabú de Lily) 4 Sola en casa
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4 Sola en casa

Lo justo es justo

Apenas conseguí subir las escaleras, las piernas todavía no me responden, y el espejo del baño me devuelve la imagen completa: como si me hubiera pasado un camión por encima y luego me hubieran metido en la secadora.

La camiseta empapada a manchas, gris más oscuro donde la leche se ha filtrado y secado pegajosa, el pelo revuelto como si hubiera estado follando en un túnel de viento, la cara todavía sonrojada, los labios gordos e hinchados de tanto morreo alimenticio.

Todavía conservo el encanto, incluso hecha polvo.

El mejor sexo oral de mi vida y ni siquiera fue mi coño lo que tuvo en la boca.

Me quito la camiseta y va directa al lavabo porque el cesto de la ropa sucia está hasta arriba y paso de bajar.

Las tetas más aliviadas siguen goteando, más despacio pero sin parar, gotitas que se forman en las puntas y bajan por la curva, primero calientes y luego frías.

Marcas rojas donde me raspó la barba, los pezones en carne viva e hipersensibles, y cuando me paso el pulgar por uno solo para ver qué pasa, el latigazo de placer me baja directo entre las piernas, como si hubiera tirado de un cable que no sabía que existía.

Joder.

Debería ducharme, quitarme la leche seca, el sudor, toda la velada pegada a la piel, pero no me apetece. Que le den, quiero quedarme así un rato más, quiero seguir oliendo a él, a nosotros, leche y saliva y excitación todo mezclado, intenso y salado-dulce.

Él no se corrió.

Ese pensamiento me para en seco, con una mano todavía en el grifo.

Ni siquiera se sacó la polla. Solo bebió de mí durante veinte minutos, me la devolvió boca a boca hasta que estuve tragándome mi propia leche de su lengua, me frotó por encima de las mallas hasta que me corrí tan fuerte que olvidé hasta mi nombre, y luego se abrochó la camisa como quien se termina una caña y me despachó.

Sesenta y un años y tiene más autocontrol que todos los tíos con los que me he acostado juntos. Deprimente.

Pero hasta ese pensamiento me está poniendo cachonda otra vez.

Joder, estoy pillada hasta las trancas.

Aprieto los muslos y ahí está, humedad fresca que se mezcla con lo que quedaba de antes, las bragas mojadas de la primera ronda y ahora empapadas para la segunda.

No puedo dejarlo estar. No esta noche. El cuerpo todavía vibra, todavía despierto, todavía muerto de ganas por lo que no tuvo, y ya sé cómo acaba esto.

Me apoyo en el lavabo, miro las salpicaduras de pasta de dientes que siguen ahí, burl ándose de mí, y me pregunto si él estará abajo haciendo lo mismo.

Seguro que sí, ¿no? Seguro que esperó a que me fuera, se sacó la polla y se la cascó pensando en mis tetas en su boca, en los ruidos que hice, en lo fácil que fui.

Joder, a lo mejor ahora mismo se está tocando, corriéndose en el puño mientras piensa en el próximo martes, en lo que me hará, en si me follará esta vez o me hará esperar solo para demostrar que puede.

Esa imagen, él perdiendo el control por fin, me manda otra oleada de calor directo al centro.

Vale, primero correrse, ducha después.

Vuelvo al dormitorio, el colchón huele como siempre a humedad y suavizante barato, y ni me molesto en estirar la sábana, me dejo caer a plomo. No hace falta ordenar nada, ¿no?, si solo estoy yo, igual que todas las noches de los últimos tres meses.

Solo que esta noche todavía estoy goteando, todavía palpitando, todavía con el sabor de la leche y de él en la lengua.

Primero las mallas, que me las quito tirando, luego las bragas, pegadas a mí, la entrepierna empapada y aferrada como si tuviera asuntos pendientes con mi coño.

Las lanzo hacia una pila de ropa sucia en la silla y fallo.

Caen al suelo hechas un gurruño mojado y ya estoy en el colchón, las piernas se abren antes de que termine de tumbarme, una mano va directa entre ellas.

Hostia puta.

Empapada de verdad, resbaladiza hasta el culo, y cuando me paso dos dedos por todo el estropicio suena un chasquido húmedo y obsceno que daría vergüenza si hubiera alguien aquí para oírlo.

Pero solo estamos yo y la mancha de humedad del techo y el recuerdo de la boca de Frank en mis tetas, chupando, bebiendo, tragándome como si fuera suya.

Teta izquierda, las dos manos ahora, aprieto como hizo él, presión metódica desde la base hacia arriba.

La leche brota en la punta, baja caliente por las costillas y luego se enfría, y es alivio pero no está bien.

El ángulo no es el correcto. Las manos no son las correctas.

Sé lo que viene, así que no hay sorpresa cuando baja la leche, no hay anticipación, solo yo ordeñándome como una puta vaca en un piso de mierda que apesta a humedad.

Es como intentar hacerte cosquillas a ti misma. Técnicamente posible. Completamente inútil.

Me masajeo el pezón de todos modos, pulgar e índice apretando como él me enseñó, y sale más de lo que esperaba. Pensaba que me había vaciado, pero por lo visto mis tetas guardaron reservas para la segunda ronda.

Gotea sobre la sábana y se extiende. Eso me lo van a descontar de la fianza si algún día me mudo. Aunque probablemente me muera aquí debiéndole a Frank otros seis meses de alquiler.

El pensamiento me hace sonreír, lo cual es de locos teniendo en cuenta que estoy aquí tumbada en tetas ordeñándome como si fuera ganado, pero qué le vamos a hacer. A esto he llegado.

La otra mano sigue entre mis piernas, los dedos trazando círculos lentos sobre el clítoris, y sienta bien, los muslos ya me tiemblan, pero falta algo. El alivio está ahí, la leche fluye, la presión se alivia, pero el deseo no se va. De hecho, va a peor.

Es él. Eso es lo que falta.

Aprieto más fuerte, tiro, me hago gotear más rápido, y sigue sin hacer lo que necesito. No es como su boca sobre mí, su lengua en el pezón mientras bebía.

A la mierda con esto.

Busco el vibrador en el cajón, mi bala barata, con la pila seguramente medio muerta pero servirá. Lo enciendo, me lo pongo en el clítoris, y la vibración me atraviesa como una descarga, las caderas se me levantan del colchón de golpe.

Joder, ¡así sí!

Abro más las piernas, como la guarra que soy, los talones clavados en el colchón, me masajeo la teta con una mano mientras el vibrador hace lo suyo entre mis piernas, el ritmo va subiendo, los muslos empiezan a temblarme. Cierro los ojos, dejo caer la cabeza hacia atrás, y arranca la fantasía.

Frank abajo. La polla fuera por fin, tocándose despacio porque tiene esa clase de paciencia, el cabrón creído. Seguro que al borde, alargándolo, pensando en el próximo martes, planeándolo todo, si me follará o me hará esperar otra vez.

Seguro que está leyendo el Telegraph mientras tanto. Mirando los resultados del críquet con la polla en la mano.

Me hace reír, una risita entrecortada que se convierte en gemido cuando el vibrador da en el punto exacto, y aprieto la teta más fuerte, la leche me baja por el costado en un goteo constante, la sábana se empapa debajo de mí y me da igual, me da igual todo menos esto.

Su cara cuando se enganchó por primera vez. La barba raspándome la piel, los ojos cerrados, concentrado del todo, sin dudar, puro deseo. Cómo me lo devolvió, boca a boca, caliente y resbaladizo de saliva, el sabor cubriéndome la lengua, él y yo mezclados, tragándomelo como si me muriera de hambre.

El coño se me contrae, los muslos queriendo cerrarse sobre mi mano aunque yo no quiera, y estoy tan cerca, a punto, el vibrador zumbando, la teta goteando, todavía puedo saborearlo si me concentro, todavía siento el tirón de su boca chupándome.

La próxima vez le voy a echar mano a su polla. Es lo justo.

Ese pensamiento, imaginármelo, él duro y grueso y por fin perdiendo el control por mí, me lanza directo al abismo, me golpea como una bofetada, la espalda arqueándose, despegándose del colchón, los muslos apretándose tan fuerte alrededor de mi muñeca que siento el hueso, el vibrador resbalando en todo lo mojado, pero me da igual, estoy ida.

Completamente ida. Temblando, jadeando, puede que esté diciendo su nombre o solo soltando tacos, no sé, el cerebro desconectado y solo hay oleadas, los músculos contrayéndose, el coño apretándose alrededor de nada, y el patético crujido del colchón pelado debajo de mí porque nunca compré el puto protector.

La leche salpica un poco en el clímax, las contracciones musculares expulsándola, formando un charco en mis costillas, y el desastre, el puto estado en el que estoy, de alguna manera lo hace mejor.

Dura más de lo normal, oleadas recorriéndome incluso después de que pase lo más fuerte, y para cuando termino estoy despatarrada, las piernas todavía temblándome, el vibrador zumbando flojito en algún lugar cerca de mi cadera, completamente acabada.

Me quedo ahí tumbada mirando la mancha de humedad del techo, intentando acordarme de cómo se respira.

Joder.

Ha estado bien. Muy bien. Lo mejor que he conseguido sola en mucho tiempo.

Pero no es suficiente.

Eso es lo que me jode la cabeza. Acabo de correrme más fuerte que en semanas y sigo aquí tumbada frustrada, todavía dolorida, todavía muerta por algo que no sea un juguete de plástico de doce libras y mi propia imaginación.

Lo necesito a él. Necesito un hombre mayor que no se disculpe por desearme, que no vaya a tientas, que no pregunte si estoy segura, que simplemente coja lo que quiere y me haga disfrutarlo.

Estoy jodida. Completamente jodida.

Porque acabo de darme cuenta de que ya no puedo hacer esto sola. Cuatro años de tíos de mi edad y ninguno me hizo sentir así. Ninguno me arruinó para todos los demás.

Frank lo hizo en una sesión. Ni siquiera se sacó la polla y me ha destrozado.

Típico. Si hay una decisión de mierda que tomar, yo la encuentro.

Me limpio la mano en la sábana y giro la cabeza para mirar el reloj en el suelo. Las diez y media, y ya estoy contando los días hasta la próxima sesión.

Una semana hasta que le eche mano a su polla, hasta que vea qué cara pone cuando no tiene el control, hasta que lo haga correrse como él me hizo correrme a mí. Verlo desmoronarse, oírle decir mi nombre, demostrar que está tan pillado con esto como yo.

Es lo justo.

Bajo la mano, me paso los dedos por el clítoris solo para ver, y el coletazo me hace estremecerme, hipersensible, demasiado. Dale una hora y seguramente vuelva a ello, ya noto las ganas acumulándose otra vez, pero ahora mismo estoy agotada, pegajosa, completamente acabada.

Cierro los ojos, una mano yendo distraída hacia mi pezón, no excitación, solo tacto, solo estar presente, y me permito imaginarlo. Él abajo ahora mismo, terminado, limpiándose, planeando la semana que viene como si fuera otra anotación más en su estúpido cuaderno.

Solo que no lo es, ¿verdad? Él lo sabe. Yo lo sé.

El martes que viene, me voy a asegurar de que no pueda fingir lo contrario.

El vibrador sigue zumbando flojito en algún lugar cerca de mi cadera, la batería agonizando, y bajo la mano, lo apago. El silencio llena la habitación salvo por el sonido amortiguado de la tele de Marta a través del suelo y algún crío gritando fuera.

La vida normal, siguiendo su curso a mi alrededor, y yo aquí tumbada empapada de leche y corrida, arruinada para cualquiera que no sea un casero de sesenta y un años con una sábana de goma y cero vergüenza.