La ladrona de niebla (Los mares eternos 3) Capítulo 56
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Capítulo 56

El príncipe de las pesadillas

Era bien sabido por todo el mundo: los alver no eran de fiar.

Niklas y Junius fueron sorprendidos escabulléndose por el patio trasero del palacio élfico de las sombras, cargados con sacos repletos de hojas de hierro blanco caídas, jubones de seda e incluso la diadema de Eldirard.

Se la arranqué de las manos.

—Eso es para Skadi.

Niklas negó con la cabeza, como si el equivocado fuera yo.

—Es como si ya no te reconociera.

Peores que los contrabandistas del gremio Falkyn eran los propios reyes.

Con la diadema recuperada en la mano, me dirigí hacia el gran salón y acabé chocando con mis padres, despeinados, saliendo de una de las estancias.

—¿Se puede saber qué cojones estáis haciendo? —La sangre me hervía en la cara cuando mi maldito padre se giró, mientras aún se ajustaba el cinturón—. ¿Acaso no podíais esperar una noche, o siquiera un día, antes de mancillar las sábanas?

— Jonas , por favor. En mitad de una batalla, las emociones se desbordan. No es para tanto. —Mi madre, al menos, tuvo la decencia de sonrojarse mientras se arreglaba el cabello.

Daj me dio una palmada en la mejilla. Fuerte.

—Esperaba un respiro tranquilo cuando todos os marcharais al sur. ¿De verdad crees que algo tan trivial como una batalla iba a impedirme disfrutarlo con mi esposa?

—No pienso volver a miraros. Sois unos bárbaros. No corre sangre noble por vuestras venas.

—Gracias —respondieron ambos al unísono.

—Sin remedio. —Irrumpí en el gran salón—. Malditamente sin remedio.

El salón bullía de elfos del mar, alver, ladrones y elfos de las sombras.

Una imagen extraña… pero que pensaba volver a contemplar una y otra vez.

Los guardias dokkalfar estaban conmocionados al conocer la muerte de su rey.

Los Elixistas repartían brebajes de mesmer para calmar los nervios, mientras los Mediskis atendían a los heridos junto a los sanadores élficos de las sombras.

Los elfos de las copas habían descendido de sus nidos y observaban con asombro las altas vigas y las torres del palacio.

Eran recelosos por naturaleza, pero en cuanto Raum convenció a algunos de sus ancianos para probar el brän y Gavyn Seeker animó a los más jóvenes a beber ron de miel de los elfos del mar, el salón adquirió el bullicio de un festín en el Palacio Negro.

Skadi ya no era la misma mujer que había observado en nuestra ceremonia.

Se había sentado junto a Sander y Von , riendo al otro lado de la mesa con Livia y Celine . Cantasangre mantenía un brazo posesivo alrededor de Livia , aunque en más de una ocasión una leve sonrisa se dibujó en los labios del rey Eterno.

—Nunca te perdonaré que mataras a ese maldito elfo de la luz —gruñó Erik —. Era mío.

Skadi apoyó la barbilla en la mano, sonriendo al rey Eterno.

—Supongo que la próxima vez deberías navegar un poco más rápido.

Las risas estallaron, y Erik Cantasangre alzó el cuerno en una aceptación muda hacia mi esposa.

Aleksi conversaba con Tait entre largos tragos de sus cuernos de bebida.

La sangre alver olía a orina, y el salón estaba impregnado de ese hedor, pero a nadie parecía importarle. Por un instante, aquel choque de mundos se aquietó, como si todos aceptaran compartir una tregua.

Aunque solo fuera por una noche.

Skadi resplandecía, indómita. Tenía el cabello enredado y manchado de sangre, pero mantenía la espalda más erguida que antes. El dolor seguía en sus ojos —un dolor que podíamos afrontar juntos—, pero el alivio y la alegría brillaban con más fuerza.

Me senté a su lado. En cuanto me vio, enroscó las manos en mi brazo y me atrajo todo lo cerca que pudo sin sentarse directamente sobre mí.

¿Cuántos ciclos había vivido temiendo esto?

A alguien que me quisiera, que me amara, que me eligiera.

Pensar que podría haber perdido este vínculo con Skadi por miedo a que me lo arrebataran resultaba insoportable.

Sostuve su mirada durante un largo instante, ignorando las burlas de mis amigos, que me llamaban idiota enamorado.

Y lo era. Skadi me advirtió que me vería arder si intentaba prender la llama en su alma, y cumplió su palabra.

Desde aquel primer momento, me devoró por completo… y jamás quise que me liberara.

Los elfos de las sombras no se opusieron a la ascensión de Skadi como su reina.

No sabría decir si fue por la presencia amenazante del clan alver a su espalda o por el fulgor plateado de la marca real que brillaba sobre su frente, visible para su pueblo, pero los dokkalfar no tardaron en arrodillarse.

Encontramos a su doncella escondida bajo la cama de su cámara.

Como estaba presa del pánico y convencida de que los alver no le permitirían vivir, fue necesario que Lynx interviniera con su mesmer apaciguador hasta que la mujer se desplomó, lo bastante relajada como para no poder mantener los ojos abiertos.

—Cara insistirá en quedarse conmigo. —Skadi negó con la cabeza al cerrar la puerta, una vez la llevaron a descansar en otra estancia—. Lleva cuidando de la realeza desde niña. Servir a una reina siempre ha sido su ambición.

Besé la parte alta de su hombro.

—Será bienvenida… si acepta que la corrección y la etiqueta entre los alver incluyen palabras poco decorosas y una preocupante falta de respeto por los límites personales.

Skadi rio y me rodeó la cintura con los brazos.

—Vivirá en un estado permanente de escándalo. Creo que deberíamos presentarle a Ylva, la cocinera.

Nos deslizamos hasta la cama, con los cuerpos doloridos, y a Skadi no le importó la sangre rancia que me cubría por los cortes y arañazos de la lucha.

Pasamos largos toques de campana acurrucados el uno junto al otro en las antiguas estancias que había ocupado de niña, hablando de las verdades que había descubierto antes de la muerte de Eldirard.

—Merecías más, Fuego. —Besé la punta de su nariz—. Pero me alegra que, al final, reconociera sus errores.

—No sé cómo sentirme. —Apoyó la mejilla en mi pecho—. Lo odio por su papel en la muerte de mis padres, por haberme hecho temer mi propia afinidad… pero también fue bueno conmigo en muchos sentidos. Me dio un hogar.

—Su castigo será no haberte amado como merecías. Puedes quedarte con el amor que sí te ofreció… y odiar todo lo demás.

Skadi guardó silencio un instante, el suficiente para que pensara que se había dormido, hasta que susurró:

—Me duele lo de Dorsan.

—Nuestro pueblo lo honrará.

Skadi besó la llama marcada en mi piel y escondió la cabeza bajo mi barbilla.

—¿Qué piensas hacer ahora? —pregunté—. Eres la reina aquí. ¿Vas a levantar un muro en medio de tu alcoba y trasladarme al otro lado?

—Mi intención es que todos volvamos a nuestro hogar, Pesadilla.

La verdad es que no estaba del todo seguro de a qué se refería, pero cuando sus ojos se cerraron, vencidos por el sueño, la estreché contra mí hasta que yo también caí.

Antes de que el alba se filtrara entre los árboles de Natthaven, Skadi fue conducida ante un consejo de asesores del clan dokkalfar, de aire altivo y estirado.

Bajo la mesa, entrelazó sus dedos con los míos, los ojos pesados por la falta de descanso. Yo estaba a un paso de exigir que la dejaran dormir… o de clavarle una daga a cualquiera de esos desgraciados si seguían divagando sobre la sucesión de su linaje.

Sander y Von intentaban mantenerse alerta, pero hacía rato que ambos habían sucumbido al tedio. La cabeza de Von caía hacia delante, y Sander se había derrumbado de lado en un banco forrado de pieles, roncando suavemente en un rincón.

—¿Qué queréis que hagamos con Grynstad? —preguntó un hombre enjuto, con una cabellera blanca que le caía hasta la cintura, inclinándose hacia delante—. Su rey y su heredero han caído en la batalla.

—Pero Gerard tenía reina —respondió Skadi—. Tal como lo veo, Grynstad y los elfos de la luz quedan ahora bajo el mandato de Valdis.

El hombre alzó una ceja.

—Sí, la reina… pero el rey Gerard rara vez le concedía voz…

—Igual que los elfos de las sombras. —Los labios de Skadi se tensaron.

Por todos los dioses… cuando clavaba la mirada en un hombre, se producía algo imposible de ignorar. Resultaba a la vez intimidante y fascinante, y pensaba hacérselo saber en cuanto esos malditos nos dejaran salir de aquella sala sofocante.

El consejero carraspeó.

—¿Deseáis concertar un encuentro neutral con los elfos de la luz?

—Sí. Todos somos elfos, y estoy terriblemente cansada de que nos comportemos como si no lo fuéramos.

—Apreté sus dedos entre los míos—. Hay un último asunto que tratar.

—Skadi se tomó el tiempo de sostener la mirada de cada consejero—.

No quiero que Natthaven vague sin rumbo por los mares lejanos.

No quiero que vuelva a desvanecerse jamás.

Quiero que nuestra tierra sea conocida, que esté verdaderamente unida a los reinos de los elfos de la tierra y del mar.

—Me dedicó una sonrisa—. Ese era el propósito de la alianza, ¿no?

—¿Quieres que Natthaven pase a formar parte de Klockglas? —pregunté.

—Tengo un deber para con los dokkalfar. —Skadi dirigió una breve mirada a su consejo—. Pero los clanes alver son mi hogar. Quiero que mi pueblo se nos una allí.

«Mi intención es que todos volvamos a nuestro hogar». Quería llevar a su gente… a casa.

Aquella reunión debía terminar. Hacía demasiado tiempo que mi boca no encontraba la piel de mi esposa.

Cuando el consejo accedió, aunque con cautela, sin saber muy bien cómo sería vivir de forma permanente junto a un reino de los elfos de la tierra y del mar, abrimos las puertas y no perdí tiempo en arrastrar a Skadi hacia el corredor.

—Mi señor, un momento. —Un mayordomo del palacio, de aspecto apocado, inclinó la cabeza cuando me giré hacia él—. Deseo informaros de que el segundo trono estará listo para la próxima luna llena, os lo aseguro.

—¿Para qué?

El elfo de las sombras parpadeó con sus brillantes ojos cerúleos, tanto que por un instante pensé que intentaba comunicarme algo sin palabras.

—Bueno… para vos, señor. Ahora sois… el rey. Según el decreto de la alianza, dado que nuestra reina no pertenece por sangre a la casa real, estas tierras os pertenecen.

Maldita sea.

—Bien. Como primer acto como rey, declaro a mi esposa heredera de sangre y voz de esta isla. Me sentaré a su lado, pero solo para observar y despertar el interés de los demás.

Skadi me pellizcó el costado cuando el hombre se alejó apresurado, más alterado que antes.

—Eres mi rey, Pesadilla. Quiero hacer esto contigo.

Solté una risa y besé la curva de su cuello.

—Será un honor ser tu rey. Y si necesitas mi voz, mis ideas o un hombro en el que apoyarte, lo tendrás siempre. Pero aquí nunca te han dejado alzar la voz, y ya es hora de que se escuche.

Skadi posó la palma en mi mejilla.

—Me casaría contigo una y otra vez, Jonas Eriksson. Me temo que me he enamorado de ti.

—Te dije que los corazones no formaban parte de la alianza, pero el mío siempre será tuyo.

—Parece que fracasamos en nuestros votos indiferentes.

—Somos un desastre en eso.

—Qué pena.

—Una tragedia.

Skadi frunció los labios y arqueó el cuerpo contra el mío.

—¿Solo una vez?

Reí, sosteniendo su rostro entre mis manos, y reclamé su boca.

Cuando me separé, con un suave «Nunca», su piel estaba encendida y su respiración, entrelazada con la mía.