Capítulo 40
La ladrona de niebla
Cara no cesaba en sus reproches por mi atuendo de viaje, empeñada en que causaría mucha mejor impresión en mis suegros si llegaba con porte regio, y no con el aspecto de una viajera cualquiera.
Para mis adentros, pensé que a mis suegros les impresionaría mucho más si lograba birlarle una bolsa de monedas a Vidente Nocturno sin que llegara a darse cuenta del engaño.
—Cara. —Ajusté uno de los cordones de mi bolsa y me volví hacia ella—. Me gustaría que vinierais a visitarme a las tierras alver. Tal vez entonces comprenderíais cómo es la vida en el Palacio Negro.
Apretó los labios, como hacía siempre, pero bajo ese gesto se adivinaba la sombra de una sonrisa.
Sabía que, en el fondo, era un poco ridícula, y yo diría que aquella semana junto a Jonas —su cercanía, su forma de tratarme, el interés que él había mostrado por su vida, su gente y sus gustos— había empezado a ablandar su corazón inflexible.
Llamaron a la puerta. Cara estuvo a punto de darme un manotazo en el hombro, deteniéndome antes de que se me ocurriera abrir yo primero.
Por todos los dioses, qué ganas tenía de volver a los días en que nadie reparaba en cada uno de mis pasos.
—Hola, Skadinia.
El corazón se me heló.
El aire se me quedó atrapado en el pecho. Despacio, como si mis talones fueran bisagras oxidadas de una puerta vencida por el tiempo, me volví hacia la entrada.
Arion.
Su rostro seguía siendo apuesto, de facciones marcadas.
Una sombra rojiza cubría su mentón, más espesa que la última vez que había irrumpido en el palacio meses atrás, cuando me obligó a usar mi afinidad en su beneficio, cuando amenazó con matar a mi abuelo aun sabiendo que la batalla estaba perdida frente a los elfos de la tierra y del mar.
Su presencia se volvió aún más insoportable cuando Cian apareció a su espalda y cerró la puerta tras ellos.
Cara guardó silencio, lanzándome de vez en cuando miradas severas, órdenes mudas para que no olvidara las formas. Yo solo quería huir.
—¿Nada que decir? —Arion se acercó y alzó una mano, como si fuera a apartarme un mechón del rostro.
Aparté la cabeza de golpe.
Su sonrisa vaciló.
—No debería ser así entre nosotros. Nos conocemos desde hace tanto tiempo, chridhe .
Hice una mueca. Dioses, cuánto detestaba aquel apelativo, pronunciado como si yo le importara. Me helaba la sangre, tan distinto de la forma en que «Fuego», cuando lo decía Jonas , hacía que el corazón se me desbocara.
—Deberíais haber pensado en cómo iba a veros después de mantenerme aquí como prisionera y lanzarme a la oscuridad.
Cian chasqueó la lengua y rodeó al príncipe hasta colocarse a mi espalda, acorralándome antes de que pudiera apartarme. Sus manos se posaron en mis hombros, inmovilizándome entre él y Arion.
Bajo su contacto, la piel se me erizó como si cientos de patas se deslizaran bajo mi carne.
—¿No aprendiste nada de nuestras lecciones, princesa? — Cian inclinó la cabeza hacia mí—. Si no supiste controlar tu oscuridad, la culpa es tuya. Eso revela lo que eres en lo más profundo de tu alma.
Apreté los ojos, temblando, y me zafé de él.
—No me toques.
Cara me sujetó del brazo, acercándome a ella, y miró a Cian con una desaprobación afilada.
—Es indecoroso. —Se volvió hacia Arion—. Mi señor, quizá sería más apropiado que hablaseis con mi señora en presencia de su esposo.
—Sí, por favor, hacedlo. ¡Tal vez le arranque la lengua y así no tenga que mancharme el vestido de sangre!
—Skadinia… —me reprendió Cara en voz baja.
Arion le devolvió una mirada irritada.
—Sed razonable. Ha pasado demasiado tiempo; es hora de dejar atrás el pasado.
La puerta crujió.
—Yo tendría cuidado con las exigencias que le hacéis a mi esposa, hijo de puta.
El corazón me dio un vuelco. Jonas , con los ojos oscurecidos por algo que no era solo ira, se apoyaba con un hombro en el marco de la puerta.
Respiraba demasiado rápido, la piel demasiado encendida. No. No. Intenté que apartara esa mirada sombría y me mirara a mí. Su mesmer estaba creciendo demasiado.
Arion resopló, sosteniéndole la mirada.
—Fue un error por tu parte entrometerte en un compromiso que llevaba años sellado, alver.
—Oh, no, fue un acierto perfecto. — Jonas se plantó frente a él, casi una cabeza más alto que el príncipe ljosalfar—.
El mejor que he tenido jamás. Tal como lo veo, pequeño —añadió con una risa burlona—, fuiste tú quien lo arruinó todo cuando creíste que podías amenazar a los elfos de la tierra y del mar… y a mi esposa.
Arion irguió el pecho.
—Disfruta de llamarla tuya. Me imagino que vienes de la reunión con los reyes y ya sabes que es cuestión de tiempo que no sea más que un recuerdo.
¿Qué demonios significaba eso? Miré por encima del hombro de Arion, sin apartar la vista de Jonas , atrapada en el hechizo de su mirada.
—Marchaos —dijo Jonas , con la voz cargada de una amenaza oscura.
—No he terminado de hablar con Skadinia.
—Sí lo has hecho. Has importunado a mi esposa, y eso no lo tolero.
—No puedes tocarme. —Arion empujó el pecho contra el de Jonas .
Jonas bajó la voz, esbozando una sonrisa.
—¿Quieres ver el daño que puedo hacer sin ponerte una mano encima?
Por primera vez, Arion vaciló.
—El esposo de mi señora ha solicitado privacidad —intervino Cara, agitando las manos como si espantara a Arion y a Cian para que se marcharan.
Arion se ajustó el jubón azul, con la boca tensa.
—Esto no ha terminado, Skadinia.
—Sí lo ha hecho. — Jonas se interpuso entre nosotros—. Tienes pinta de querer atravesarme. Adelante, inténtalo. Puede que yo no te toque, pero nada impide que Skadi lo haga. De hecho, se merece engullirte.
Algo iba terriblemente mal. Jonas no era hombre de lanzar amenazas al aire. No era de los que dejaban un ataque sin respuesta.
Había un motivo por el que no había desenvainado.
Enderecé los hombros y convoqué la humedad helada en mis palmas.
Los ojos de Arion se abrieron de par en par cuando la niebla se enroscó entre mis dedos como cintas translúcidas. Me siguió cuando deslicé la mano sobre el hombro de Jonas y me refugié junto a él.
El desprecio cruzó la mirada de Arion, un destello de su verdadera naturaleza, y en un instante se giró y abandonó el pasillo con paso firme.
Cuando Cian pasó a mi lado, se inclinó apenas, el calor de su aliento rozándome la oreja en un ángulo calculado que dudé que Jonas percibiera.
—Sigues oliendo tan bien como la última vez.
Jonas se volvió y me arrastró tras su espalda.
—Te daré una última advertencia: habla con mi esposa, toca a mi esposa, acércate a mi esposa… y no despertarás al día siguiente. Ningún contrato me detendrá.
Cian esbozó una sonrisa torcida.
—Ah… con un marido como tú, no me extrañaría verla de vuelta muy pronto.
El extremo de una lanza golpeó las tablas del suelo.
—Cian. Ocupaos de vuestro cometido y alejaos del mío. —Los nudillos de Dorsan se tensaron hasta blanquearse al aferrar la lanza.
—Ya me marchaba. —Cian se alejó por el pasillo con una calma inquietante, y no supe por qué.
Sin añadir palabra, Jonas ordenó a Cara que se fuera y a Dorsan que permaneciera en el corredor, y luego cerró la puerta de golpe tras nosotros. Al instante siguiente, me estrechó contra su pecho, sus brazos apretándome con tanta fuerza que me robaron el aliento.
Clavé las uñas en su espalda, como si en cualquier momento fuera a desvanecerse entre mis brazos.
—¿Qué ha pasado?
Jonas hundió el rostro en mi cuello, aspirando mi aroma.
—Van a intentar separarme de ti, Skadi. No lo permitiré.
— Jonas , mírame. —Le tomé el rostro entre las manos, obligándolo a alzar la cabeza.
El negro de sus ojos no se había disipado; más bien parecía devorar cualquier rastro de luz en la estancia.
Su piel ardía, encendida, y no supe si estaba a punto de desplomarse o de lanzarse al ataque—. Tu mesmer te está dominando.
Lo conduje con rapidez al pequeño cuarto de aseo contiguo al dormitorio y lo senté en el borde de una pila de piedra, más pequeña que la del Palacio Negro. Empapé un paño de lino en agua fresca de un cuenco de madera y se lo posé en la nuca.
Se inclinó hacia delante, apoyado en las rodillas, pero sus dedos se aferraron a la falda de mi vestido, como si necesitara asegurarse de que seguía allí.
Me arrodillé frente a él, deslizándome entre sus piernas, y atraje su cabeza contra mi hombro.
—¿Qué ha pasado?
Tardó un instante en responder.
—Nos han engañado. Me enorgullezco de saber reconocer una jugada… y no vi venir esta. Ninguno de nosotros la vio. Te he fallado, te he puesto en peligro, y no puedo pensar con claridad. ¿Por qué hace tanto calor aquí dentro?
No tenía sentido lo que decía.
Le pasé otro paño húmedo por la frente.
—Cuéntame exactamente qué ha dicho mi abuelo.
A medida que Jonas , con voz lenta y áspera, iba desgranando lo ocurrido, lamenté haberle hecho aquella pregunta.
La traición era como una hoja hundida entre las costillas, un dolor ardiente que me calaba hasta los huesos. Mi abuelo había accedido a la petición de Jonas mientras, al mismo tiempo, permitía a los elfos de la luz seguir jugando con nosotros.
—Esto es lo que temo —murmuró Jonas con debilidad, aún con la frente apoyada en mi hombro—. Verte alejarte de mí y no poder alcanzarte… no poder impedirlo.
—No. —Le tomé el rostro y lo obligué a mirarme. El verde de sus ojos, ya apagándose el mesmer, viraba hacia un gris apagado—. No me importa lo que digan, ¿me oyes? Que arda el contrato, que arda la alianza… tú eres mío, Jonas Eriksson, y lucharé por conservarte.
La comisura de su boca se curvó en una sonrisa que parecía más bien una mueca.
—«Cuando sea la mujer a la que querrías a tu lado en un campo de batalla, lo sabrás».
Incliné la cabeza.
—¿Qué significa eso?
—El último consejo que me dieron antes de nuestros votos. Eres la mujer a la que quiero a mi lado cuando luche. Supongo que eso significa que lo sé.
Mis nudillos rozaron su mejilla cubierta de barba.
—¿Saber qué?
—Que estoy enamorado de ti. — Jonas apoyó la frente contra la mía—.
No te llevo en la superficie de mi corazón; estás en lo más hondo, donde guardo mis peores temores.
Perderte significaría enfrentar un dolor tan devastador que me destruiría.
No sobreviviría. Y aunque siguiera respirando, ya no sería yo, sino una sombra cruel, violenta y desesperada de lo que fui.
Las lágrimas me ardieron tras los ojos. Lo besé con ternura, despacio, con infinita paciencia. Cuando me separé, mis labios estaban húmedos y mis mejillas, saladas.
—Prometiste deshacerme, pero te has entretejido en cada hilo de mi alma. Nunca amaré a nadie como te amo a ti. Soy tuya, y es un honor que siempre defenderé.
Jonas parpadeó, disipando los últimos restos de su magia.
—¿Qué hacemos, Skadi?
Deslicé los brazos en torno a su cintura y lo abracé con fuerza.
—Seguiremos adelante. Nuestros votos no pueden arrebatárnoslos… y no les daremos motivo para intentarlo.
—Los míos querrán responder. No encajan bien que jueguen con ellos.
Una hermosa violencia se me clavó en el pecho.
—Entonces que lo hagan cuando haya pasado un ciclo. Cuando sigamos unidos para entonces, nadie podrá tocarnos… y yo estaré deseando ver el mayor plan que los Kryv sean capaces de tramar.
Por fin, Jonas rio. Fue una risa suave, algo vacía, pero real.
—Ten cuidado, esposa. Creo que hemos terminado por corromperte.
—Espero mucho más de ese tipo de corrupción.
Lo besé hasta que me devolvió el beso, hasta que sus temores se apaciguaron y ese brillo suyo, feroz y hermoso, volvió a encenderse en sus ojos.