Capítulo 25 #2
—Bienvenida al Palacio Negro —dijo mi madre al pasar a nuestro lado, con un destello travieso en los ojos—. Aquí hace mucho que aprendimos a aceptar nuestra oscuridad. Ahora forma parte de lo que somos.
A solas, Skadi parecía completamente desconcertada.
—Lo que mi madre quiere decir es que aquí nadie te apartará por una magia que nunca elegiste tener. —Le retiré un mechón de cabello del rostro—. Sabemos que no es el poder lo que convierte a alguien en un monstruo, sino el corazón. Y en el tuyo no hay nada que temer, Fuego.
—¿Hablas en serio?
—Sí.
Skadi jugueteó con el anillo que llevaba en el dedo.
—No sabes cuánto significa eso para mí.
Tomé su mano y la apreté con suavidad.
—No pedí tu mano en matrimonio porque te temiera, Skadi. Temía a los elfos de la luz… y lo que habrían hecho contigo.
—Arion y su corte siempre se sintieron fascinados por mi poder desde el momento en que salió a la luz.
—Negó lentamente con la cabeza—. Cuando era niña intenté ser buena, obediente, dócil.
Sabía lo que la gente creía que yo era, conocía el miedo que despertaba en ellos. Es… una forma muy solitaria de vivir.
Le sostuve el rostro con una mano.
—Ahora has pasado a formar parte de la casa más entrometida de todos los reinos élficos de la tierra y del mar. Puede que a veces ni siquiera repares en ellos, pero ellos lo sabrán todo de ti.
—No creo que eso me moleste.
Mi sonrisa se apagó.
—Sobre anoche…
—Por favor. —Se volvió un poco—. No puedo ni mencionarlo sin sentir que me muero de vergüenza.
—Te enfadaste porque me viste con otra mujer. —Le rocé el brazo para que volviera a mirarme—. Antes de todo esto, no solía rechazar a amantes muy a menudo.
—No tienes que explicarte.
—Quiero hacerlo. —Tomé su mano y deslicé el pulgar sobre sus nudillos—. Todavía hay quienes creen que seguiré siendo el mismo de antes, pero dejé muy claro que no te traicionaría.
Skadi negó con la cabeza.
—A veces no sé muy bien qué pensar de ti. Eres un hombre extraño, Jonas Eriksson.
—Mejor eso que ser aburrido y previsible.
Se inclinó ligeramente hacia mí, como si fuera a besarme, pero en el último instante cambió de idea. Skadi dio un paso atrás y soltó una risa nerviosa.
—Yo… debería lavarme. Estoy hecha un desastre.
Para mí seguía siendo deslumbrante.
—Como desees, esposa. —Apoyé una mano en la curva de su espalda—. Yo, mientras, puedo retirarme a ocultar mi vergüenza por haber sido derrotado otra vez.
—Te lo advertí.
Sonreí, esta vez con más suavidad.
—Créeme, no olvidaré lo que me has hecho hoy.
Cuando Kjettil terminó de ayudar a llenar la pila de piedra con agua humeante, le di una palmada en el hombro.
Tenía una sonrisa franca; una de sus orejas era afilada, como la de los elfos del mar y de la tierra, mientras que la otra mostraba la curvatura propia de los alver.
Nadie sabía con certeza qué clase de magia corría por su sangre.
Nunca quiso revelarlo, y con el tiempo dejamos de preguntarlo.
—¿Es para la dama? —preguntó.
—Es para la dama.
Kjettil sacó una caja de madera de uno de los armarios del lavadero.
—Pétalos, hierbas y sales rosadas. Ni idea de para qué sirven, pero huelen muy bien. Dicen que a las damas les gustan.
Tomé la caja y, de pronto, comprendí que aquello era una primera vez para mí.
Preparar esta estancia.
En mis propios aposentos.
Para una mujer.
Me descubrí pensando que quizá había sido un bastardo, tan ajeno como siempre a los demás; y, sin embargo, al mismo tiempo había en mí un extraño deleite al saber que Skadi sería la única.
Pero aquella primera vez también significaba moverme en un terreno completamente desconocido, sobre todo en cuestiones tan enigmáticas como decidir cuántos pétalos secos o cuánta sal perfumada debían añadirse al agua.
Al final, el agua quedó cubierta de pétalos de un rojo oscuro, casi sanguíneo, y había adquirido un tono ligeramente lechoso.
Llamaron con suavidad a la puerta. Skadi asomó la cabeza al interior. Llevaba el cabello suelto y un batín de seda color lavanda sobre los hombros.
Era hermosa. Una visión en la penumbra; y, por la forma en que mantenía la mirada baja, dudé de que estuviera acostumbrada a que se lo dijeran.
—No puedo apartar los ojos de ti.
Una sonrisa cautelosa curvó sus labios.
—Espero que no sea porque tengo algo en la cara.
—No. Me pareces hermosa, Fuego. —Me froté la nuca y aparté la mirada—. En fin… el agua está lista. Puede que esté demasiado caliente, o quizá llena de hierbas que ni siquiera sé reconocer. Tal vez ambas cosas. Pero debería servir para lavarse.
Skadi se sentó en el borde de piedra y dejó que los dedos se deslizaran entre los pétalos que cubrían el agua. Luego volvió la cabeza por encima del hombro y me miró con una timidez serena.
—Es perfecto.
Tragué para aclararme la garganta, devolví la caja de madera al armario y me encaminé hacia la puerta.
—Estaré fuera, por si necesitas algo.
Un rubor rosado iluminó sus mejillas. Asintió.
Me volví hacia la puerta antes de hacer el ridículo dejando demasiado a la vista mi evidente excitación. Por todos los dioses… era como si nunca hubiera estado con una mujer.
No. Lo que me era desconocido era esta especie de obsesión insaciable que sentía por mi reticente esposa.
— Jonas .
Mi nombre en su voz fue suave como una brisa nocturna, casi reverente, quizá también un poco temeroso. Me recorrió las venas como un incendio.
Con la mano todavía apoyada en el pestillo de la puerta, seguí dándole la espalda.
—¿Sí?
—Debo pedirte perdón por lo de anoche.
—No hace falta. —Me volví hacia ella—. Si crees que nunca he bebido más brän de la cuenta, estás muy equivocada.
Skadi se rodeó el cuerpo con los brazos.
—Me llevaste a casa.
«Casa».
Di un paso más hacia ella.
—Soy tu marido. Siempre será un honor llevarte en brazos si llegas a tropezar.
Sus dedos se enredaron en el lazo de su batín.
—¿Por qué dices esas cosas si en realidad no querías esposa?
Acorté el último paso que nos separaba y rocé su mejilla con los nudillos.
—Es cierto que pedí a tu abuelo que nos concediera los votos como parte de una alianza política. Pero tienes que dejar de actuar como si nada hubiera cambiado.
—¿De verdad ha cambiado algo? ¿Acaso no seguimos siendo piezas dentro de un juego más grande que nosotros?
—Han cambiado muchas cosas. Mi lealtad ya no pertenece a ninguna alianza. —Tomé su rostro entre las manos—. Te pertenece a ti. Te deseo.
La besé. Mi lengua recorrió el borde de sus labios hasta que los abrió y me dejó saborearla. Bajé la mano a su cintura para atraerla contra mi pecho, mientras posaba la otra en su nuca.
Skadi arqueó las caderas contra mí y dejó escapar un gemido al presionarse contra mi erección. Por todos los dioses… si seguía haciendo aquello iba a perder el control. Dio un paso atrás, tropezó con el borde de la pila de lavado y terminó sentándose en el amplio saliente de piedra.
— Jonas —susurró Skadi contra mis labios—. Aún estoy sucia.
—Lo siento. —Nuestras frentes se tocaron—. He perdido la cabeza. Te dejaré que te laves.
Antes de que pudiera apartarme, Skadi me sujetó del brazo. En sus ojos se había encendido un deseo nuevo, y su respiración llegaba entrecortada.
—Yo… quizá necesite… ayuda para entrar. Ya sabes, podría resbalar.
—No querríamos que ocurriera eso. —Mi voz salió áspera, como si tuviera la garganta llena de arena.
Skadi se puso de pie hasta quedar pegada a mí.
Con una lentitud casi provocadora, desató el lazo de su batín. La sostuve por la cintura cuando, con un leve movimiento de hombros, dejó que la tela resbalara hasta el suelo.
Por los dioses… viéndola desnuda ante mí, apenas era capaz de pensar.
La tinta trazaba en su piel delicadas enredaderas y flores pálidas que se curvaban alrededor de sus costillas, bajo sus senos, y se reunían en el centro de su pecho.
Incliné la cabeza y deposité un beso suave en los pétalos tatuados sobre su corazón.
Allí la piel era más áspera , pero me hablaría de sus cicatrices cuando ella quisiera.
Si quería…
Movió las caderas suavemente.
La contemplé sin apartar la mirada, cada curva, cada línea de su cuerpo. La besé con dulzura y, al apartarme, rocé su labio inferior con los dientes.
—Me dejas sin aliento, Fuego.
Sonrió y me tendió una mano.
Con el cuerpo aún encendido, la ayudé a entrar en la pila y la vi hundirse lentamente entre los pétalos. Después me incliné junto al borde, a su lado.
Skadi me miró a través de sus pestañas oscuras.
—¿Esposo?
—¿Esposa?
—Me gustaría mucho que me besaras otra vez.
Una media sonrisa curvó mis labios.
—Será un placer.
Y entonces volví a apoderarme de su boca con la mía.