La ladrona de niebla (Los mares eternos 3) Capítulo 18
36%

Capítulo 18

La ladrona de niebla

Algo golpeó la puerta y las bisagras vibraron con el impacto.

Me incorporé de golpe en la cama, con la mano ya dispuesta a buscar el pequeño cuchillo de pelar que había cogido de una de las bandejas de comida que enviaban a mi habitación.

Dormir desarmada nunca me había dado tranquilidad.

Incluso en casa, siempre tenía una hoja al alcance.

La puerta no volvió a estremecerse, pero en el pasillo se oían voces agitadas. Afuera todavía reinaba el negro satinado de la noche. Parpadeé para sacudirme los últimos restos de sueño, me eché una capa de lana sobre los hombros y me asomé al pasillo.

Jonas se ajustaba una daga al cinturón. Ya llevaba una capa con capucha sobre los hombros y hablaba con urgencia con Sander y Von mientras se alejaban del ala de los aposentos del príncipe.

Mi marido miró hacia la puerta y se encontró con mi mirada.

—Quédate ahí —dijo.

—¿Qué ocurre? —Me aferré al borde de la puerta. Había dolor en sus rostros.

Después de cómo le había gritado antes y de haberle exigido que se marchara, el príncipe no tenía por qué dirigirme la palabra, pero aun así cruzó el pasillo hasta detenerse a mi lado.

—Ha ocurrido algo en la casa de uno de los guardias del palacio. Alguna clase de enfermedad ha caído sobre él y sobre su esposa y les ha provocado un delirio violento. Vamos a ver si podemos ayudar en algo, aunque solo sea cuidar de sus pequeños.

« Pequeños», pensé.

—¿Puedo ir?

—No, Skadi. No sé qué es esto, y…

—Podría cuidar de los pequeños.

Volví un instante a la habitación y regresé con uno de los pocos cuentos élficos de su cultura que tenía, un libro grueso con ilustraciones de vivos colores.

—Podría mantenerlos distraídos.

—No quiero que enfermes.

—Me quedaré apartada. Yo… Por favor, quiero ayudar.

De verdad quería ayudar. Había en mi alma un rincón especialmente reservado para los niños que pudieran sentirse asustados y solos. Pero otra parte de mí también anhelaba demostrar a mi nuevo clan que no era una criatura que deseara causarles daño.

Jonas cerró los ojos y suspiró.

—De acuerdo. Pero si te digo que regreses al palacio, debes regresar.

—De acuerdo.

Jonas despertó a Dorsan, insistiendo en que mi guardia vigilara mis espaldas mientras el príncipe ayudaba a los enfermos de la casa.

La casa comunal se alzaba junto a las lindes del palacio, protegida por una hilera de altos álamos y rodeada de corrales para cerdos y cabras. Era una finca bien provista, reflejo de la generosidad de la casa real con quienes contaban con su favor.

Gente en camisones, algunos guardias vestidos de oscuro y hombres y mujeres con cestas llenas de frascos y saquitos se dispersaban por el patio. Las hogueras rugían mientras devoraban sábanas y juguetes de trapo.

Por todos los dioses. ¿Qué clase de enfermedad era aquella?

—Skadi. — Jonas rozó mi brazo con los nudillos—. Los pequeños están allí.

Tres niños estaban sentados junto a un montón de paja húmeda. El mayor sostenía en brazos a un cachorro de sabueso. Llevaban mantas delgadas sobre los hombros, tenían los pies descalzos y su cabello dorado, idéntico en los tres, se alzaba en mechones desordenados.

Una mujer con una capa azul estaba en cuclillas ante ellos, instándolos a tomar algo de un frasco.

—¿Te quedarás atrás? —preguntó Jonas , como si fuera más una petición que una orden.

Asentí, apretando el libro contra el pecho. Cuando el príncipe se volvió hacia la caótica casa comunal, sin pensarlo lo detuve al sujetarle la muñeca.

—Ten cuidado.

De su boca no salió ningún comentario mordaz; aquel no era momento para bromas. Se marchó con una leve inclinación de cabeza, aceptó una máscara de tela que Von le tendía y se apresuró hacia la casa comunal.

Dorsan permaneció a cierta distancia, con una presencia firme y vigilante, mientras yo me acercaba a los niños con cautela.

La mujer trataba de convencer a la más pequeña para que bebiera un sorbo de lo que contenía el frasco de vidrio.

La niña gimoteaba llamando a su madre, y su hermano, delgado como una vara, observaba a la mujer con una desconfianza feroz, como si temiera que quisiera envenenar a su hermana.

—Plateada.

Otra niña, un poco mayor que la que lloraba, alzó sus grandes ojos y me señaló.

Me llevé los dedos a la hilera de anillos de plata élfica que llevaba en la oreja. La plata de los dokkalfar reaccionaba a la luz de la luna y relucía como si fuera un puñado de gemas.

—¿Te gusta?

La niña tenía los ojos enrojecidos y las mejillas húmedas, pero asintió con una sonrisa tímida.

Me arrodillé junto a la mujer que intentaba ayudar a los niños y, con unos movimientos rápidos, me quité varios de los anillos y los sostuve en la palma abierta.

—Creo que te quedarían muy bonitos.

La pequeña dio un hipo y se atrevió a imitar a su hermana, acercándose poco a poco al brillo de la plata.

Sonreí cuando mordisqueó una de las mantas de lino y se llevó la esquina a la boca, pero aun así se aproximó con cautela junto a su hermana, observando cómo relucían los anillos.

—¿Quieres uno?

La mayor dejó escapar un pequeño jadeo y asintió.

—Entonces hagamos un trato.

Le lancé una mirada a la mujer. No estaba siendo brusca con los niños, y sospechaba que lo que había en aquel frasco contenía algo de magia para protegerlos de la enfermedad.

—Este tónico está aquí para ayudaros a manteneros fuertes.

La mujer asintió con rapidez cuando busqué su confirmación.

Volví a sonreír a los niños.

—Si bebéis un poco, os enseñaré cómo se lleva la plata de los elfos de la luz y de las sombras. Dicen que guarda un poco de la magia de los dioses de la noche. Cuando la oscuridad os haga sentir solos, brillará para recordaros que nunca lo estáis.

Había desconfianza en las miradas de los niños cuando la mujer del tónico se acercó un poco más. Hizo falta insistir un poco más y añadir algunos anillos más al pequeño tesoro que brillaba en mi palma, pero al final cada uno de los niños terminó con una dosis del tónico en el estómago.

Los sorbos entrecortados y las lágrimas silenciosas no desaparecieron, pero empezaron a asomar algunas sonrisas curiosas cuando, con cuidado, fui colocando la plata de los elfos en sus orejas curvadas.

No tenían los lóbulos perforados, así que logré transformar algunos de los anillos en pulseras con largas briznas de hierba, prometiendo que volvería pronto con cadenas o cordeles.

—Gracias —susurró la mujer—. Es un elixir para contener enfermedades feroces. Como no sabemos qué es, es la mejor prevención que tenemos.

—¿Cuáles son los síntomas?

La mujer miró por encima del hombro y un estremecimiento le recorrió el cuerpo.

—Se agitan. Deliran. Gritan de dolor. Es como si algo los estuviera pudriendo desde dentro.

En los bosques profundos de la isla había toxinas capaces de volver rabiosa la mente. Me pregunté si en las tierras alver existía algo parecido.

—Ni siquiera Niklas ha encontrado un tónico para detenerlo —continuó la mujer—, y lleva aquí desde antes del mediodía.

—¿Es sanador, ese Niklas?

—Un elixista, el líder del gremio Falkyn, y un maestro con su mesmer.

El gremio Falkyn. Los contrabandistas.

Miré hacia la casa comunal. Desde dentro llegaban gritos lejanos. La gente seguía sacando cosas y arrojándolas a la pira. Un contrabandista… y, aun así, parecía que los clanes alver confiaban en él como su única esperanza para aquella casa.

—¡Meriba!

Una mujer corrió hacia nosotras. Tras ella venía un hombre de barba rojiza con un niño envuelto en mantas entre los brazos.

Intenté no quedarme mirando, pero la mujer tenía unos ojos extraños: de un verde tan radiante que casi parecía brillar, con las pupilas oscuras hendidas como las de un gato.

—Señora Tova.

La mujer se ajustó la cartera de cuero al hombro.

—Ya hemos hablado de lo de «señora», Meri. Llama señor a Bard todo lo que quieras, le encanta pavonearse, pero a mí no. ¿Puede Kåre quedarse contigo? Últimamente el niño no se duerme si no está uno de nosotros cerca.

—Claro.

Meriba tomó al pequeño de los brazos de —supuse— su padre.

—Volveremos… cuando volvamos.

La mujer de ojos felinos me observó durante un largo instante y después se apresuró hacia la casa comunal.

—¿Has conocido ya a Tova y a lord Bard? —preguntó la mujer—. Es uno de los hermanos de la reina.

Dioses. Pertenecían a la casa real.

—Tova es una de los Kryv del rey. Y este pequeño —Meriba balanceó al niño dormido, que no tendría más de tres ciclos— será el ladrón más ingenioso que hayas visto. Le gustará tu plata tanto como a estos niños.

Soltó una risita y se sentó en la hierba con el pequeño, tarareando una suave canción popular.

Me acerqué a los otros niños. El chico era claramente el mayor, quizá de unos ocho ciclos.

—Has sido muy valiente cuidando de tus hermanas. ¿Cómo te llamas?

—Pavva.

Abrí las gruesas cubiertas del libro de fábulas.

—¿A tus hermanas les gustan los cuentos, Pavva?

Miró las páginas, se limpió la nariz con el dorso de la mano y asintió.

—¿Sabes leer?

El niño volvió a asentir.

—¿Quieres leérselo tú o prefieres que lo haga yo?

Pavva dudó un momento, luego me señaló y se acomodó junto a sus hermanas.

La más pequeña levantó su nueva pulsera de hierba.

—Mía, Pav.

Su hermano sonrió y tocó el anillo de plata que brillaba en el extremo, antes de dejar que la niña se acurrucara contra su costado con la manta húmeda.

Cuando los niños estuvieron acurrucados unos contra otros, empecé a leer la primera fábula.

Era la historia de un campesino pobre que tropezó con las tres Nornas al pie del árbol de los dioses.

Para impedir que contara a otros mortales cómo encontrarlas, las Nornas ofrecieron al viajero un regalo: la oportunidad de gobernar sobre todas las tierras, de que todas las miradas se volvieran hacia él hasta la guerra final de los dioses.

—Lo que el viajero olvidó —dije, dejando que mi voz adoptara un tono bajo y extraño— es que las Nornas suelen ser las más astutas entre los dioses.