La ladrona de niebla (Los mares eternos 3) Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

—Oh. —Se irguió y tomó una bocanada de aire—. Estaba buscando a un sir… miembro del personal.

— Jonas . — Sander me dio un codazo—. Te está hablando.

Me aclaré la garganta y di un paso al frente.

—Ah, seguramente estarán abajo terminando con el banquete. ¿Qué necesitas, Fuego?

Las mejillas de Skadi se tiñeron de rosa.

—Oh. Podría pedírselo a Dorsan, aunque… creo que se moriría de vergüenza.

—No podemos permitir que ocurra algo así. Para eso tienes a tu esposo y a dos hombres medianamente fiables a tu disposición.

— Von Grym. —Sin esperar a que dijera nada más, Von se abrió paso hasta nosotros—. Es un placer conocerla por fin, princesa. Estuve presente en los votos…

—Y en las negociaciones —susurró Skadi—. Estabais al fondo, detrás del rey y la reina.

Von pareció encantado.

—Así es. Más por curiosidad que por ningún propósito real.

—Aún está intentando encontrar su propósito en la mayoría de las cosas. —Le di un empujón para apartarlo—. ¿Qué necesitas?

—Oh, nada. No importa. Me las arreglaré.

—No hagas eso. —Di un paso más hacia ella, con la voz baja.

—No estoy haciendo nada.

—Estás retrocediendo, intentando no pedirme nada, intentando convencerte de que no me importa tu bienestar.

—Vi cómo me trataste en tu cama, esposo.

La comisura de mi boca se curvó.

—¿Te dejé insatisfecha?

—Sabes perfectamente la respuesta.

—Moriré de vergüenza si vuelvo a dejarte en ese estado.

Ella resopló con desdén.

—Lo dudo muchísimo.

—Entonces déjame intentarlo ahora. Te lo preguntaré otra vez: ¿qué necesitas?

Skadi se mordió el labio inferior y, al verlo, me entraron ganas de hacer lo mismo. Se inclinó un poco hacia mí, lo suficiente para que el dulce aroma de su cabello me envolviera. Cuando habló, lo hizo en voz baja, teñida de un claro pudor.

—No puedo abrocharme el vestido.

—Será un honor ayudar. — Von alzó una mano y soltó una carcajada cuando mi puño chocó contra su pecho.

—Ve a asearte o Brunhild te evitará toda la noche.

Sander , como buen hermano que era, puso una mano en el brazo de Von y lo guio más allá de la puerta.

—Skadi. —Inclinó la cabeza con cierta torpeza—. No os odio, ¿sabéis?

Solté un gruñido.

—Por los dioses, Sander . Acabamos de hablar de esto.

—¿De qué? —Ni siquiera se detuvo; siguió caminando y habló por encima del hombro—. No os odio. De hecho, me encantaría volver a pelear con vos. Se os da mejor la hoja corta.

Di un paso al frente, conduje a Skadi hacia su habitación y cerré la puerta de golpe tras nosotros.

—Discúlpalos. Son unos necios.

La mandíbula de Skadi estaba tensa; en ella se adivinaba un destello de desafío… o quizá de temor.

—¿Se burla de mí?

—¿ Sander ? —Miré un instante hacia la puerta—. No. En absoluto. Solo estaba alabando cómo manejas un arma… aunque también le preocupa que nunca quieras llegar a conocerlo.

—¿Él… quiere conocerme?

¿Deseaba yo que se acercara a mi hermano? ¿Quería que las personas a las que más apreciaba cruzaran unos límites que yo creía que mantendríamos?

Aunque, pensándolo bien, nadie en mi vida había tenido jamás demasiado respeto por los límites.

Entrelacé las manos a la espalda.

—Sí, le gustaría. Pero a quién quieras conocer aquí será decisión tuya. Ahora, veamos ese vestido.

Abrí las manos y moví los dedos con gesto expectante.

Skadi dudó un momento y luego se volvió lentamente frente al espejo. Se recogió el cabello sobre un hombro y dejó al descubierto la piel de su espalda.

Podía pasarme el día repitiendo mentiras sobre límites, tratados de paz y sobre el deber.

Pero nada de eso me había preparado para quedarme sin palabras ante mi propia esposa.

—Los botones… —Skadi alzó una mano por encima del hombro, tanteando la parte superior del vestido—. Son demasiados.

—Ahora entiendo por qué soléis recurrir a doncellas para esto. Perdónanos; aquí abundan más los hombres, y mi madre se siente mucho más cómoda con pantalones.

Cuando me puse detrás de ella, Skadi levantó los ojos hacia el espejo y me miró a través del reflejo. Agradecí aquella posición; así no vería el temblor de mis dedos.

¿Qué demonios me pasaba?

Tenía experiencia de sobra con cordones y botones de vestidos, y aun así ahora era incapaz de mantener las manos firmes.

Mis nudillos rozaron el calor de su piel al abrochar los tres primeros. Su respiración se volvió brusca y la piel se le erizó, como si una brisa fría hubiera recorrido su espalda.

¿Era una reacción de rechazo… o de algo distinto?

—Tienes dibujos de tinta en la piel. Los vi la noche de luna llena.

Un entramado de flores y enredaderas tatuadas descendía a lo largo de su columna.

—Sí —dijo en voz suave, un poco sin aliento—. También… los tengo por delante. Yo también me fijé en los tuyos. —Volvió a mirarme; esta vez con menos vacilación y una leve sonrisa en los labios—. ¿Tienen algún significado?

—Las dos espadas cruzadas que llevo en la espalda están hechas de acero negro, símbolos de nuestra corte. En el pecho llevo el lema de los Kryv y los emblemas de aquellos a quienes amo.

—¿Cuál es el lema?

—Luchar hasta el final. —Me esforcé con un par de botones más, conteniendo un gemido cada vez que mis dedos rozaban su piel—. Significa seguir combatiendo hasta la victoria o hasta el Otro Mundo, pero no permitir que los enemigos te tomen. Da igual quién o qué sea.

—Hum. —Skadi alisó las palmas sobre el satén verde de su vestido.

Con la cabeza inclinada, no perdí de vista el espejo por el rabillo del ojo.

—¿Desapruebas lo que somos?

—No.

Otro botón, otro jadeo cuando tracé adrede la línea de una de sus estrellas. Me incliné hacia ella y susurré:

—Mientes.

Durante un instante, las pestañas de Skadi temblaron. Tragó saliva y recompuso el gesto.

—No lo desapruebo. Solo me pregunto cómo prospera un reino si su gente vive siempre robando.

—Es una pregunta justa. —Di un paso más hacia ella—.

La mayoría tiene oficios honrados y nuestros días suelen ser bastante tranquilos.

Robar fue, simplemente, la única forma de sobrevivir antes de que la casa Eriksson ocupara el trono.

A los mesmer se los perseguía y se los utilizaba, y eso los empujó a los bajos fondos.

—¿Se perseguía la magia?

—Con ferocidad, muchas veces por otros alver que ostentaban el poder. Eran tiranos, y el pueblo sufría. La única manera de vivir era luchar por sobrevivir, y eso condujo a métodos menos respetables para ganarse el pan. Pero los gremios son familia. Son leales hasta el final.

Mi pulgar rozó la nuca de Skadi. Ella se estremeció. Sus pasos se desplazaron un poco, y su cuerpo se inclinó ligeramente hacia el mío.

Tras abrochar el último cierre entre sus omóplatos, no me aparté. Apoyé la frente junto a su cabeza y dejé que mis manos se deslizaran lentamente por sus hombros, siguieran por sus brazos y terminaran deteniéndose en su cintura.

—Y… —Se le cortó la respiración cuando una de mis manos se deslizó sobre su vientre—. ¿Y qué hay del rey y la reina?

—Los más retorcidos entre todos nosotros.

Por todos los dioses, mi voz sonó espesa y áspera, como si tuviera la garganta seca y la lengua de trapo. Mis dedos apenas rozaron sus costillas y siguieron ascendiendo, más arriba, más arriba. Con la sangre encendida, alcé la vista hacia el espejo.

Los ojos de Skadi se abrieron mucho. Una mano se cerró en un puño junto a su costado; la otra retrocedió para aferrarse a mi cadera, como si necesitara sostenerse para no caer.

—¿Te damos miedo? —Rocé la curva de su cuello con los labios.

—Yo… podría preguntarte lo mismo.

Me detuve sobre el pulso de su garganta y deposité allí un beso suave antes de volver a mirar el reflejo.

—Me aterrorizas, pero dudo que sea del modo que imaginas.

—Entonces explícamelo —susurró.

No iba a sobrevivir a esta mujer. Algo había carcomido mi determinación, algo peligroso había invadido mis pensamientos más racionales.

Ella me consumía: mis actos, mis pensamientos, mis miedos, mi deseo…

todo le pertenecía ahora. Y no creía que comprendiera la devastación silenciosa que estaba provocando en mi vida.

Me estaba destruyendo, instante a instante.

Mi palma se deslizó entre sus pechos alzados y se posó sobre su corazón. El latido era irregular, feroz, pesado. La atraje contra mí.

—Porque esta locura que agita tu corazón ha hecho lo mismo con el mío.

Un suave «dioses» escapó de sus labios.

Skadi cerró los ojos, pero apoyó la mano sobre mi muñeca y, con un movimiento ágil, guio mi mano hacia un lado hasta que cubrí uno de sus pechos.

Un sonido áspero, casi doloroso, se desgarró de mi pecho. Dejé caer la frente sobre su hombro, apreté con más fuerza y amoldé su forma en mi mano. Con el otro brazo rodeé su cintura y deposité un beso en la franja de piel desnuda de su hombro.

Skadi inclinó la cabeza, ofreciéndome su cuello.

— Jonas .

Por todos los dioses, escuchar mi nombre en sus labios… La sonrisa se me dibujó contra su piel.

—Prometí que la próxima vez te dejaría sin aliento.

El talón de Skadi se clavó sobre mi pie.

Solté una risita mientras mis dientes rozaban el aro de plata que le atravesaba la oreja.

Ella dejó escapar un gemido y perdió el equilibrio, apoyando una mano en el borde del tocador frente al espejo.

Por todos los dioses, la tentación de alzarle la falda y mantenerla inclinada así hizo que un latido de deseo me recorriera el cuerpo.

La giré hacia mí. Sus labios se entreabrieron, sorprendidos. Una respiración, dos… y estrellé mi boca contra la suya.

Al principio Skadi titubeó en el beso. Yo exigí más, empujando mi lengua contra la línea de sus labios. Sabía a lluvia recién caída. Un latido después, el desconcierto se desvaneció y me devolvió el beso.

La alcé y la senté sobre el tocador, colocándome entre sus rodillas. Su cuerpo era esbelto y temblaba; las capas de su falda se habían alzado sobre sus piernas suaves.

Un deseo nuevo y más feroz me llenó el pecho, como garras que quisieran clavarse en su carne y atarla a mí para siempre.