48. Regreso al hielo
Harper
Portland Phantoms vs. New York Rangers
Cavendish Arena - Portland, ME
El estadio ruge incluso antes de que los jugadores salten al hielo.
No es el murmullo previo a un partido cualquiera.
Hoy se nota una electricidad distinta en el aire, una tensión que se me cuela bajo la piel y me hace mantener los hombros rígidos mientras me coloco la acreditación.
La temperatura fría —a pesar del calor de la afición— no ayuda.
Pero cada célula de mi cuerpo es consciente de que, si el corazón me golpea con fuerza, no es por el ambiente ni por el frío.
Es por él.
Hoy, tras cinco meses de baja, Brady Lennox regresa al hielo. Por eso el público está tan volcado, por eso hay más prensa de la habitual y por eso hay tantos nervios en los pasillos.
Yo también estoy atacada.
Porque, aunque me aparté de su caso, no he dejado de preocuparme por su evolución. Y no solo médica.
Estos meses se ha producido un cambio en su discurso público, y la prensa y el mundo deportivo ya tienen claro quién es el nuevo Brady Lennox.
Algunos lo admiran aún más, aunque hay un sector algo rancio y machista que se muestra bastante crítico.
Pero a él parece no importarle. Lo único que le importa es demostrar que está aquí porque le gusta jugar, no porque quiera convertirse en un personaje mediático. Aunque, obviamente, también lo es.
Ya no se pavonea ante los periodistas, no sale de fiesta y no pretende aparentar nada que no es.
Las redes sociales muestran a un Brady asistiendo a un partido de su hermano o cocinando algo en su casa y los titulares hablan de responsabilidad.
Sí, la gente ahora sabe que Brady es el tutor legal de su hermano, aunque no se hayan desvelado los detalles más íntimos, y muchos especulan sobre si este cambio se debe a una mujer —conocida o no—.
Me coloco junto al resto del cuerpo técnico, en nuestra zona del banquillo, y respiro el ambiente cargado de tensión y expectación.
Las luces se atenúan y el speaker empieza a anunciar a los jugadores uno a uno. El público responde con aplausos, rugidos y ese fervor casi religioso que se genera en cualquier deporte. Los chicos salen al hielo y el sonido de las cuchillas cortando la superficie me eriza la piel.
Respiro hondo.
Sé que su nombre no será uno más, pues todos lo están esperando con ganas.
—Y ahora, el momento más ansiado con el dorsal número 91, ¡Brady Lennox!
El grito es ensordecedor y el estadio tiembla como si se fuera a venir abajo.
Brady entra en la pista y saluda a su público mientras da una vuelta por el hielo con el stick en alto para agradecer este recibimiento.
Me doy cuenta de que estoy aplaudiendo como una aficionada más cuando Grant me da un codazo en el costado.
—Lo hemos conseguido —me dice.
Asiento con una sonrisa y me emociono. Como unos padres que ven a sus hijos dar los primeros pasos o un pajarillo que se enorgullece de ver volar a sus crías.
Hace cinco meses, Brady estaba destrozado, con un dolor que lo consumía y creyendo que era el fin de su carrera.
De estar enfadado con el mundo y pagar sus desgracias con los demás, ha pasado a ser un hombre centrado, responsable y que vuelve a disfrutar del hockey, pero sabiendo que no es el fin del mundo si se acaba.
Olivia también ha hecho un gran trabajo.
—Eso parece —comento sin dejar de observar a Brady.
—Me alegro de que ya no quieras irte a otro equipo.
Me giro hacia mi jefe, quien esboza una sonrisa y dirige su mirada hacia ese jugador que parece como si no acabara de salir de una baja de cinco meses.
—Ya no duele.
Él asiente. Brady pasea la mirada por el banquillo hasta encontrarse con la mía.
No sonríe, yo tampoco. Pero la electricidad que sentimos al estar cerca no desaparece.
Lo siento yo y lo siente él. Porque cada vez que coincidimos, bien sea en el gimnasio o en casa de Duncan, parece que nos buscamos, aunque no lo hagamos de manera consciente y premeditada.
No hablamos entre nosotros, no nos acercamos.
Pero, aun así, sabemos dónde estamos, nuestras miradas se encuentran a cada rato y una chispa nos recorre.
No he salido con nadie ni él tampoco. O eso asegura Holly.
Yo he estado centrada en sanar y en trabajar.
Él, en cambiar y recuperarse. No somos los mismos que fuimos cuando nos conocimos hace tres años ni tampoco cuando volvimos a coincidir.
Pero no dejo de pensar en lo que me dijo el día de Nochebuena.
Prometió cambiar. No por mí, sino por él y por su hermano.
Cumplió.
—Nunca dejó de preguntar por ti —continúa Grant, sacándome de mis pensamientos.
—¿Qué?
—Le volvía loco pensar que te sintieras incómoda trabajando aquí y sufría si tú estabas mal. Así que cada día que lo veía le decía que estabas un poco mejor que la vez anterior.
Alzo las cejas.
—Tranquila, a él nunca le he contado que entrabas en su histórico a revisar su evolución.
—¿Cómo sabes eso?
—En realidad, solo era una suposición —comenta con una sonrisa y un guiño.
El partido empieza con una intensidad brutal.
New York no ha venido con la intención de hacer un favor a nadie y los primeros minutos son duros, físicos, rápidos.
Cualquier otro jugaría con cierta cautela, pero Brady está centrado y muy seguro de sí mismo.
No siente rabia ni miedo. Solo ganas de hacer su juego, demostrar por qué está aquí, por qué gana lo que gana y dejarse de chorradas.
Y eso hace. Mide cada entrada, cada giro, cada pase, sin forzar ni sobrecargar, repartiendo bien el peso de su cuerpo en cada zancada tal y como mis compañeros han estado trabajando con él las últimas semanas.
Hasta su juego ha cambiado. No todos lo ven, pero yo sí. Ahora se mueve de una manera perfecta. No tiene la necesidad de demostrar nada, pero, aun así, lo hace.
En cuanto llega su primera oportunidad clara, lo siento antes de verlo. El pase llega desde la banda, limpio, preciso. Brady controla el puck, esquiva a un defensa con un amago rápido y dispara.
El tiempo se ralentiza.
La afición contiene el aliento.
El sonido seco del disco contra la red me golpea el pecho y hace que el público grite exaltado.
No aparto los ojos de él mientras celebra el gol con sus compañeros.
Gestos discretos y contenidos. Señala a un punto de las gradas y entiendo enseguida que se lo dedica a su hermano.
Está eufórico, aunque no necesita sobreactuar frente a las cámaras.
Al volver a su posición, pasa frente a nosotros y sus ojos se desvían un segundo hacia los míos.
Se me contrae el pecho y estrujo la tela de mis pantalones mientras mis manos se cierran en un puño.
Debería estar más pendiente del resto, de cómo apoyan mal alguna pierna, del gesto al levantar el stick, de los golpes que reciben.
Pero toda mi atención está puesta en Brady.
En cómo anima al resto del equipo —sobre todo a los más jóvenes—, cómo escucha al entrenador, cómo prioriza el equipo en vez de destacar él solo, en cómo no entra en peleas estúpidas con el árbitro o con los jugadores del otro equipo.
Brady ya no es aquel fanfarrón que Matt odiaba. Es un jugador de esos que dejan huella, tanto dentro como fuera del hielo. Como lo hizo mi padre.
Tengo que llevarme la mano al pecho ante ese pensamiento. Porque ya no queda ningún «no quiero ser la novia de un deportista, los deportistas son idiotas» que valga. Brady ya no es ese de antes y mi corazón lo sabe.
Cuando el reloj marca el final y los Phantoms ganan, el estadio vuelve a estallar.
Los jugadores se felicitan, chocan los sticks y patinan hacia el banquillo mientras yo permanezco en mi sitio con el corazón desbocado.
Después se acercan a nosotros y chocamos los cinco.
Van desfilando uno a uno, como siempre. No hay nada nuevo en este ritual, o quizá sí.
Llega el turno de Brady. Su sonrisa flaquea al quedar frente a mí y percibo su inseguridad.
Se queda parado de repente, sin saber de qué manera celebrar la victoria conmigo.
Como si un choque de manos fuera insuficiente, pero un abrazo fuera demasiado.
Algunos jugadores lo adelantan, me miran, pasan su mano por mi hombro y siguen su camino.
Antes de que pueda decir o hacer nada, me pongo de puntillas y paso una mano por su cuello para forzarlo a agacharse y poder unir nuestros labios. Es un movimiento rápido que lo pilla desprevenido. No se lo esperaba, por eso tarda en reaccionar. Pero cuando lo hace…
Me abraza por la cintura y me aprieta contra su cuerpo.
Su boca se abre y su lengua me busca.
Sus manos me alzan y mis piernas lo envuelven.
Y se oye un murmullo a nuestro alrededor, gritos, vítores, flashes de cámara…
Me da igual.
Nos separamos, me deja de nuevo en el suelo y él me mira con la duda impregnada en su rostro.
—¿Estás segura de esto? —tantea.
—Si no lo estuviera, ¿crees que lo habría hecho estando rodeados de cámaras y de todo el estadio abarrotado de gente?
Brady observa a nuestro alrededor y parece sorprendido de tener tanta atención.
—Con lo que he trabajado para que los periodistas me dejaran en paz, ¿y ahora resulta que salgo con la hija de Gregory Queen? —pregunta con una sonrisa.
—¿Prefieres no salir con ella? —rebato con tiento, pues empiezo a sentirme insegura de repente y quizá me haya arriesgado demasiado haciendo esto en público.
—Prefiero que se mude a mi casa y así esquivamos a la prensa juntos.
Sonríe. Sonrío. Vuelve a besarme. La gente grita de nuevo. El resto de personal y jugadores se encaminan al túnel de vestuario. Hanging by a moment, de Lifehouse, suena a todo volumen por los altavoces, como si el speaker quisiera ambientar este momento histórico en los Phantoms.
—Te quiero —murmura sobre mis labios.
Sonrío.
—Dilo otra vez.
—Te quiero. —Me da un pico—. Te quiero. —Otro—. Te quiero, joder, te quiero.
Ahora me vuelve a besar con ganas y gimo cuando me muerde el labio.
—Yo también te quiero —admito por primera vez.
—Ya tienes que hacerlo para besarme frente a tanta gente.
Me río y me sonrojo.
Cubro mi cara con ambas manos y luego miro a mi alrededor. La gente está yéndose, aunque algunos parecen resistirse a perderse este momento.
—Busca a Ryan y esperadme —me pide—. Me ducho, hablo con los periodistas y nos vamos los tres a casa.
Asiento.
Brady sonríe.
—No puedo creerme que esto sea verdad. Estoy convencido de que en cualquier momento sonará el despertador.
Me río a carcajadas.
—Y sonará. Pero mañana.
—Te quiero.
Vuelve a besarme.
—¡Lennox! —Nos giramos y vemos a Tully en el túnel de vestuario—. Estamos esperándote.
—Ve.
Brady se despega de mí y desliza su mano por mi brazo, hasta que entrelazamos nuestros dedos como si fuera incapaz de soltarme del todo.
—Nos vemos luego.
—Sí —afirmo—. Yo aprovecharé para responder unos mensajes. Estoy segura de que mis hermanos no dan crédito a lo que acaban de ver.
Brady se ríe, me suelta y se va con Tully, quien me guiña un ojo desde la lejanía.
Al mirar el móvil compruebo que yo tenía razón, pues tengo mensajes en el grupo de mis hermanos, en el de East Harbor, de mi padre, de mi madre, de Olivia y de gente con la que apenas me hablo.
Pero me centro en lo importante, que es buscar a Ryan.
Me guardo el teléfono y voy hasta donde creo que está, en la sala VIP que se encuentra cerca de la zona designada a jugadores, directivos y familiares. Donde, hasta ahora, Brady veía los partidos.
—¡Harper! —exclama al verme.
Corro para abrazarlo y me emociono al comprobar que él está igual de feliz que yo con todo esto.
—¿Cuánto tiempo lleváis juntos? ¿Y cómo puede ser que no me haya enterado? —indaga.
Sonrío.
—En realidad no estábamos juntos. Me he lanzado al vacío como una kamikaze. Ni siquiera se me ocurrió pensar que él pudiera rechazarme frente a todo el mundo —admito mordiéndome el labio.
—¿Bromeas?
Me encojo de hombros con cierto nerviosismo.
—Harp.
La voz de Matt me sobresalta y me giro de inmediato.
—Dile a Lennox que espero que lo veamos mañana en casa de mamá para comer. —Se gira hacia Ryan antes de que me dé tiempo de responder algo—. Tú debes de ser su hermano, ¿verdad? —pregunta tendiéndole la mano con seguridad.
—Ryan —balbucea. No se cree que esté hablando con él.
—Tú también estás invitado.
Ryan me mira a mí con los ojos bien abiertos, esperando que le confirme que no es ninguna broma. Así que asiento con una sonrisa y le guiño un ojo.
—Allí estaremos —se apresura a decir.
Matt hace un gesto de afirmación y vuelve a dirigirse a mí.
—Nos vemos.
Se despide dándome un suave apretón en el hombro y con una mirada amable hacia Ryan.
—Mañana voy a comer con Matthew Queen —comenta alucinado.
—¡Eh! ¡Vas a vivir con Harper Queen! —me quejo dándole un manotazo en el brazo.
—Entonces, ¿vas a vivir con nosotros?
Mis labios esbozan una sonrisa rebosante de felicidad.
—Eso parece.