La Jugada Que Me Hizo Amarte
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Prologo
Existía una ley en la física que regía las interacciones fundamentales: los cuerpos se atraían cuando había fuerza suficiente para vencer la distancia.
En el laboratorio, eso no era una teoría abstracta.
Era cálculo, predicción, resultado. Vectores se alineaban, ecuaciones se cerraban, partículas respondían a lo que yo determinaba.
Todo reaccionaba a mi presencia, a mi control, a la forma en que conducía el experimento.
En el hielo, todo obedecía a las mismas leyes de la física que regían cualquier sistema en movimiento.
El disco reaccionaba a la inclinación de mi cuerpo, a la presión exacta del patín, al ángulo del stick contra la superficie lisa.
Nada sucedía por casualidad. El espacio adelante se reorganizaba cuando avanzaba, líneas invisibles se abrían y cerraban según la velocidad, la inercia y la fricción entraban en juego.
Atacar en el hockey exigía una lectura precisa del hielo y de los cuerpos que se desplazaban sobre él.
Era tiempo, vector, fuerza aplicada sin desperdicio.
Hesitar rompe el flujo; exagerar desequilibra el sistema.
El cuerpo aprende eso antes de que la mente formule cualquier cálculo consciente.
El juego se resuelve en ese encaje perfecto entre decisión y ejecución, donde la física y el movimiento dejaban de ser teoría y se convertían en acción pura.
En todos los aspectos de mi vida, el principio se mantenía.
Lo que yo quería, lo atraía hacia mí. Lo que me desafiaba, lo dominaba.
Eso sostenía mis días. Fuera de la pista, equilibrio.
Dentro de ella, la violencia dirigida. Puños acertaban rostros.
El marcador cambiaba. Salía como vencedor.
En el laboratorio, ideas ganaban forma. Teorías se sostenían.
Experimentos probaban hipótesis. Mis artículos circulaban.
Mi nombre crecía. La ciencia avanzaba bajo mi firma. Todo coexistiendo sin conflictos.
Hasta que ella cruzó mi camino.
Reese Gray.
Pequeña. Demasiado delicada para ese espacio. Una sonrisa fuera de lugar, casi desplazada. Los cabellos recogidos detrás de la oreja, mechones castaños escapando sin orden.
Ojos azules vivos, atentos a todo.
Había algo en ella que pedía atención, me atraía, y cuando estaba frente a mí no podía desviar la mirada.
Me pregunté qué quería conmigo.
Una patinadora. Bailarina en el hielo. La única intersección entre nosotros era la cuchilla bajo los pies. Ambos sabíamos mantenernos de pie sobre una superficie que exigía control absoluto. Ella bailaba. Yo atacaba. Mundos distintos, dividiendo el mismo frío.
Aun así, ella me observaba de una manera que me incomodaba.
Arqueé la ceja, ajusté los lentes en el rostro y permanecí en silencio, dándole espacio para que dijera lo que tenía que decir.
La biblioteca estaba casi vacía. El olor a papel antiguo mezclado con el aire frío del sistema de ventilación creaba un ambiente calmado. No había muchos estudiantes a esa hora.
Yo había ido a buscar algunos libros indicados por mi orientador. Física cuántica aplicada, modelos teóricos recientes, lecturas que exigían enfoque. Más tarde, tendría entrenamiento.
Ella carraspeó antes de hablar.
— Buenas tardes… soy Reese Gray. Disculpa molestar, pero… — La voz vaciló. — Tú eres el mejor alumno del campus en física y quería saber si podrías ser mi tutor particular?
Los dedos se apretaron unos contra otros, el cuerpo mantenía una rigidez nerviosa, desviaba la mirada.
Bufé.
Tutor particular? Nunca.
— No.
La palabra salió seca, definitiva.
— Por favor — insistió, la voz ganando fuerza en la urgencia. — Necesito aumentar mis notas para continuar patinando. Sé mi tutor!
Levanté la mirada despacio, mirándola por encima de los lentes.
— No es un problema mío — respondí. — Ahora vete.
Los ojos de ella se oscurecieron, la mandíbula se trabó.
— Puedo pagar…
Incliné el cuerpo hacia adelante, apoyando el antebrazo en la mesa.
— ¿Con el salario de menos de siete dólares por hora de la cafetería? — pregunté, dejando escapar una risa corta. — Busca otro tutor.
El rostro de ella se puso rojo. Las manos se cerraron al lado del cuerpo. El pecho subió con una respiración contenida, pesada.
— ¡Eres un idiota, Blake Reynolds!
Sostuve la mirada.
— Puedes irte ahora.
Ella soltó un sonido bajo, irritado. Tomó el vaso de té frío a la mitad que estaba sobre la mesa, mi té, y lo arrojó directo a mi rostro.
El choque helado escurrió por la piel, empapando los lentes.
— ¡Tu culo insensible de mierda! — siseó. — ¡Podrías al menos haberme escuchado!
Se dio la vuelta y salió con pasos duros, sin mirar atrás.
Retiré los lentes mojados. El líquido goteó sobre los libros abiertos, manchando las páginas. Pasé la lengua por los dientes, sintiendo algo diferente del malestar.
Ira, sí.
Pero también otra cosa.
Algo que no debería estar allí. La puta de una atracción no deseada que me atraía hacia ella contra cualquier lógica.
— Qué hija de puta… — murmuré.
Y, aun así, mis ojos siguieron la dirección por donde ella había ido.
En un impulso, me puse de pie y avancé. Antes de que ella girara a la izquierda, en dirección a la salida, agarré su brazo y la empujé contra un estante.
Los libros temblaron con el impacto. Los ojos de ella se abrieron, sorprendidos.
La mano vino abierta contra mi pecho. El toque atravesó la blusa gruesa de lana y erizó la piel. Un gruñido escapó de mi garganta.
— ¿Qué?
— Eres una cosita nerviosa — siseé, manteniéndola atrapada. — ¿Crees que puedes hacer lo que quieras?
Ella levantó la barbilla, desafiante, incluso con la respiración corta.
— Solo pedí ayuda — habló entre dientes.
— ¿Y por qué te ayudaría? — La pregunta salió antes de que pensara.
Aun así, esperé la respuesta.
— Porque puedo darte algo a cambio… — sugirió, la voz baja.
Mi mirada descendió sin prisa, evaluando su cuerpo. Incliné la cabeza hacia un lado.
— No hay nada en ti que yo quiera — comenté.
Ella bufó, irritada.
— No estoy hablando de esas cosas, idiota — gruñó.
— ¿Esas cosas? — Arqueé la ceja, una risa corta escapando. — ¿Qué cosas?
— Sexo — susurró. El rostro se puso rojo.
Virgen. El pensamiento vino rápido. Gente así se apegaba. Confundía atención con promesa. Después se pegaba, exigía, cobraba. Yo detestaba gente pegada a mí. Ya bastaba mi familia, mi madre, mi hermano, hasta mi padre. Irritante.
Reese me miraba determinada.
Los ojos de ella recordaban zafiros vivos, abiertos demasiado, brillando en contraste con la piel lechosa salpicada de pecas en la nariz y en las mejillas.
— No hay nada que yo quiera de ti, Zafiro — murmuré.
— ¿Qué? — replicó ella. — Solo ayúdame.
Levanté sus brazos por encima de la cabeza, sujetándolos. Pegué el cuerpo al de ella. El perfume de jazmín invadió mi olfato. Mierda. Me incliné hasta su oído y mordí el lóbulo con los dientes. Ella se estremeció. La respiración de ella estaba tan acelerada como la mía.
— Yo no ayudo a nadie.
— Tiene que haber algo que quieras…
Yo podría querer muchas cosas, pero no la tocaría, y no había nada que pudiera darme.
— Nada — respondí, alejándome antes de cruzar la línea. — Desaparece, y no me busques más.
Solté sus brazos y di la espalda. Di algunos pasos, decidido a irme.
Lo extraño era mi corazón.
Latiendo más fuerte de lo normal.