LA JUGADA PERFECTA (LIBROS DE BOLSILLO – P.W. WILLIAMS nº 1)
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PRÓLOGO
Sean Holland
Mi itinerario original para la noche del martes en Roma estipulaba un baño relajante y exactamente ocho horas de sueño ininterrumpido.
En lugar de eso, estaba cayendo de espaldas sobre el colchón del hotel, arrastrando conmigo a una estrella del baloncesto estadounidense que parecía no tener la más mínima noción de los límites.
Caímos en una maraña de piernas y brazos. Él intentó apoyar los codos a ambos lados de mi cuerpo para no aplastarme, pero la risa suelta que escapó de su garganta hizo que el intento fracasara.
—Eres muy pesado, estrella —me quejé, empujándole los hombros, riendo con él mientras intentaba recuperar el aliento.
—Y tú abarcas mucho —rebatió, con el rostro flotando a pocos centímetros del mío. Su sonrisa torcida brillaba en la penumbra de la habitación, cargada de esa confianza que me sacaba de quicio—. Ocupas toda la cama.
—La cama es mía. Te estoy haciendo un inmenso favor al permitirte compartir el oxígeno de la habitación conmigo.
Su respuesta no llegó con palabras. Bajó el rostro y capturó mi boca de una manera que acalló cualquier argumento lógico que estuviera a punto de formular.
El beso no fue apresurado ni melodramático.
Fue envolvente, prolongado y absurdamente placentero.
El tipo de beso que te hace olvidar tu propio nombre, la zona horaria y la contraseña del móvil.
Su enorme mano se deslizó por mi cintura, sujetándome con firmeza, mientras la otra se enredaba en mi pelo.
Respondí con la misma intensidad. Deslicé las manos por su camisa, aprovechando la excusa para acercarlo más. Soltó un leve suspiro contra mis labios cuando invertí las posiciones en un movimiento rápido, aprovechando su distracción para quedar encima.
Me senté a horcajadas sobre su cadera, jadeante, luciendo una sonrisa victoriosa.
—Te avisé de que la cama era mía.
Él se limitó a sonreír, sujetando mi cintura con ambas manos, manteniéndome exactamente donde estaba. Sus ojos azules estaban oscuros, divertidos, pero cargados de una promesa peligrosa.
—Harás que me retrase para la ruta de mañana —dije, con la voz fallando miserablemente en el intento de sonar serio y centrado.
—Haré que olvides que existe una ruta, chico de la hoja de cálculo —prometió, tirando de mí hacia abajo de nuevo y repartiendo besos lentos por la línea de mi mandíbula, deteniéndose a propósito en mi cuello.
Cerré los ojos, dejando caer la cabeza hacia atrás y rindiéndome al juego. El sarcasmo era nuestro idioma oficial, el escudo que usábamos todo el tiempo, pero, cuando nos tocábamos, las bromas desaparecían. La química entre nosotros era un absurdo sin explicación.
Debería echarlo. Debería recordarle que, al otro lado de esa puerta, había fotógrafos acampados y todo un campeonato deportivo esperando su talento incuestionable.
Debería recordarme a mí mismo que mi vuelo de regreso a la realidad ya estaba comprado y que los romances de verano tenían fecha de caducidad.
Pero me limité a sonreír, deslizando las manos por su cuello y atrayendo su boca de nuevo hacia la mía.
Para entender cómo mi viaje minuciosamente organizado se descarriló tanto, hasta el punto de entregar mi cordura al hombre más arrogante y apasionante que jamás haya pisado una cancha, tenemos que retroceder en el tiempo.
Para ser exactos, tenemos que volver al minuto preciso en que se dejó caer en la butaca a mi lado en la clase turista y decidió que ese reposabrazos era de su exclusiva propiedad.