La Jugada del Diablo (Serie Kat Drummond 3) 3. La Ciudadela
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3. La Ciudadela

La Ciudadela

La Ciudadela del Titán era una aguja inmensa construida en la cima de la Montaña de la Mesa. Proyectaba una alargada sombra sobre Hope City y, si se prestaba crédito a los veteranos de la época pre-Cataclismo, había arruinado seriamente el antiguo perfil de lo que solía ser Ciudad del Cabo.

Era, no obstante, un mal necesario. Bajo la Montaña de la Mesa, despertado por el Vórtice que trajo la magia a nuestro mundo, se encontraba el titán Adamastor, un titán primordial que antaño se creía que era solo la creación de un poeta portugués.

Pero los terremotos que se habían desatado durante su amago de despertar tres décadas atrás fueron de todo menos poéticos.

Solo la rápida creación de la Ciudadela del Titán y el establecimiento de la Orden del Titán habían salvado a Hope City, y posiblemente al mundo. Por ahora, mantenían al titán dormido.

Desde entonces se había formado un culto en torno al Titán Bajo la Montaña, que erigía santuarios por toda la montaña y rezaba para que continuara su clemencia y su letargo.

Eran una panda de chiflados, pero yo no estaba viva para presenciar la furia del Titán.

Ellos sí. Así que les concedía un poco el beneficio de la duda.

Incluso aunque sus cánticos y sermones me mantuvieran despierta todos los sábados por la mañana.

Los estudiosos no sabían si el Titán había aparecido después del Vórtice o si simplemente este lo había despertado, pero eso no importaba.

Lo único que les importaba a la administración de Hope City y a los Magos del Titán era mantener a la bestia dormida, para que la ciudad y el mundo pudieran sobrevivir un poco más sin ser pisoteados por un coloso portador de tormentas.

Había crecido toda mi vida con el Titán Bajo la Montaña.

Para mí, era tan normal como lo era para los antiguos habitantes de Ciudad del Cabo despertarse y ver la Montaña de la Mesa sin una torre oscura encima.

Siempre me había mostrado escéptica ante el Titán, el culto e incluso la causa para mantenerlo dormido, pero siempre había tenido preocupaciones mayores.

El Consejo hacía cosas mucho peores que financiar a los Magos del Titán y había amenazas mucho más prominentes para Hope City que unos hechiceros subvencionados por el estado.

Quedé con Conrad en un aparcamiento a media altura de la Montaña de la Mesa, junto a la estación del teleférico que debía llevarnos a la Ciudadela.

El taxi pudo subir hasta este punto por una carretera en la ladera, dominada por una fortaleza bullente de miembros del Culto del Titán con túnicas rojas, policías y fuerzas de seguridad vestidos de azul marino.

La Ciudadela era un punto estratégico nacional y estaba estrictamente custodiada.

Solo a los miembros del culto confirmados se les otorgaba el derecho de subir hasta la cima de la montaña para su peregrinación.

De lo contrario, solo se les permitía ascender hasta arriba a los Magos del Titán. Bueno, hasta ahora.

—¿Emocionada? —preguntó Conrad, apoyado en su destartalado Golf; su coche y, al parecer, su hogar.

Me encogí de hombros. —Nunca pensé que subiría a la Ciudadela, así que nunca me emocioné con la posibilidad. ¿Sabes algo del caso?

—No mucho. A los Magos del Titán no les gusta la tecnología. Conseguí que uno de sus enlaces me llamara. Algo sobre desapariciones.

Suspiré profundamente. —Otro no, por favor. El caso del mímico ya fue bastante malo.

—Oye, si vuelve a ser un mímico, al menos ya sabes cómo lidiar con él.

—Si no me come cuando intente tostar pan en él.

Dejamos el coche de Conrad y nos dirigimos a una estructura de hormigón de dos plantas reforzada con placas de acero pulido.

Una puerta doble de cristal a prueba de balas en la base de la estructura estaba flanqueada por dos guardias.

Uno sujetaba un subfusil, mientras que el otro tenía las manos en los bolsillos.

Su sonrisa de suficiencia y su actitud calmada delataban a un hombre que nunca había tenido que luchar o trabajar para obtener poder.

Un hechicero. Ambos hombres llevaban un sencillo logotipo de un escudo blanco en sus chaquetas.

Como era de esperar por el logotipo, la pareja pertenecía a una agencia llamada Whiteshield.

Mientras que Puretide y Drakenbane eran agencias especialistas en la caza de monstruos, Whiteshield se especializaba en objetivos más humanos.

El Consejo los utilizaba para custodiar puntos clave, apoyar a la policía contra los alborotadores y actuar como guardaespaldas de figuras importantes.

Mientras que los policías eran incompetentes y corruptos, incapaces y no dispuestos a mover un dedo para ayudar a la gente de Hope City, los de Whiteshield eran terriblemente eficientes.

Como todas las empresas privadas, solo cobraban si hacían su trabajo correctamente, así que se aseguraban de hacerlo siempre impecable.

—Khoi, Conrad —dijo Conrad cuando llegamos a la puerta.

El guardia del subfusil se nos quedó mirando fijamente mientras el hechicero sacaba una tableta y pasaba lentamente por varias pantallas.

No tenía ninguna prisa. Se estaba tomando todo el tiempo del mundo.

Todo era una actuación, por supuesto. Nos estaba demostrando que estaba por encima de nosotros.

Que se le permitía hacernos perder el tiempo.

No era el comportamiento de alguien que se encontrara cerca del lugar de un ataque de monstruos.

Finalmente, el guardia se detuvo y me señaló.

—Kat Drummond —dije, sin ocultar mi desdén.

Él inclinó la cabeza y nos hizo un gesto para que pasáramos. El guardia del subfusil abrió la puerta y entramos.

El vestíbulo de entrada del edificio era grande y se elevaba hasta la segunda planta.

El suelo era de baldosas jaspeadas y las paredes eran de un negro liso.

Una escultura dominaba el centro. Era de hierro fundido, del doble de mi tamaño, y representaba una mano musculosa y venosa que se alzaba hacia el techo. Una placa debajo rezaba:

«Él duerme. Por ahora».

Muy inquietante.

Conrad se quedó mirando la placa un poco demasiado tiempo. Le examiné el rostro y estaba sumido en sus pensamientos.

¿Qué edad tendría? ¿Habría estado presente para presenciar la furia inicial del Titán? Bajo los cosméticos, ¿qué edad tenía mi agente?

—¿Señor Khoi? —dijo una mujer, enviando ecos por el suelo duro mientras caminaba con sus zapatos de tacón.

Nuestras cabezas giraron hacia ella. Vestía un traje de chaqueta rojo y llevaba gafas de sol, a pesar de que estábamos bajo techo y estaba nublado.

Tenía el pelo rubio oscuro recogido en una coleta corta.

En la solapa llevaba un pin de hierro con la forma de la escultura de la mano que dominaba el vestíbulo.

Conrad estrechó la mano de la mujer.

—Debes de ser nuestro enlace.

Ella inclinó la cabeza y luego tendió la mano. —Y usted debe de ser la señorita Drummond. Soy Charlotte McAbee. Enlace de la Ciudadela del Titán.

—Un placer —dije. Sentí un atisbo de diversión por parte de Treth.

—¿Haciendo la pelota? —preguntó Treth, con un deje de risa en su voz.

—Actúo como una de las conexiones de los Magos con el mundo exterior. Normalmente, iría contra el protocolo traer a alguien que no pertenece a la Ciudadela ni al Culto hasta la cima, pero esta es una situación inusual.

—Dinos lo que necesitamos saber, Charlotte —Conrad pronunció su nombre de pila como si tuviera confianza con ella, pero era evidente que acababan de conocerse. ¿Estaba flirteando con ella? Una pequeña mueca en sus labios sugería que sí. ¡Hay un momento y un lugar, Conrad!

Charlotte sacudió la cabeza. —Eso se lo dejaré a Cornelius. Él es el jefe de Recursos Humanos en la Ciudadela. Él les explicará todo lo que necesitan saber sobre el... caso.

Pronunció la última palabra con mucha reticencia.

—Antes de eso, por favor, síganme. Les explicaré información crucial por el camino.

Se quedó mirando mis espadas.

—Por lo general, no se permitiría a nadie llevar armas cerca de los Magos, pero usted es una excepción especial, señorita Drummond. Esperemos que sea una excepción inteligente.

—Me portaré bien, señorita McAbee.

Me miró a la cara, impasible, durante un largo rato y luego asintió. Se dio la vuelta y caminó hacia el lado opuesto del vestíbulo, a través de una puerta corredera de cristal que se abrió automáticamente a su paso. Conrad y yo la seguimos.

—Esta señorita tiene permiso especial para llevar sus armas a la cima —le dijo Charlotte a un guardia de Whiteshield.

—Esto va contra el protoc...

—El protocolo cambia, sargento —le espetó ella.

El sargento asintió. No estaba dispuesto a discutir. Charlotte era quien lo empleaba. Ella ponía las reglas... y las cambiaba a su antojo, al parecer.

Justo después del sargento y de un control con detector de metales, había una caja metálica azul con ventanas.

El teleférico. Antes del Cataclismo, el teleférico era una gran atracción turística tanto para visitantes extranjeros como locales.

Cualquiera que quisiera llegar a la cima de la Montaña de la Mesa, sin sudar demasiado, tenía que cogerlo.

Hoy en día, era la única forma de subir a la montaña sin que los de Whiteshield te dispararan.

Vallas y puestos de guardia custodiaban celosamente todos los puntos de senderismo y escalada de la montaña.

Era una lástima. Yo había disfrutado del senderismo cuando no hacía ejercicio de formas más peligrosas, y siempre había querido recorrer a pie esta montaña prohibida que dominaba mi ciudad.