Capítulo 34 #3
—No tienes por qué decirme nada, pero no...
—Frunzo el ceño mientras elijo las palabras con cuidado—.
No dejes que Zollweg te afecte. Concéntrate en terminar la temporada, juega unos partidos increíbles y...
—Y entonces me quedo sin saber qué decir.
O, mejor dicho, sé perfectamente lo que va a pasar después, pero me niego a dejar que ese pensamiento ocupe espacio en mi cabeza.
—¡No he vuelto a saber nada de ellos desde la operación! —consigue decir Nicko al fin, con la voz ronca y quebrada.
No era la respuesta que esperaba, así que necesito varios segundos para asimilarla. No puedo ni imaginar la presión con la que ha estado cargando todo este tiempo: la recuperación de la rodilla, la incertidumbre y el miedo a que los Rebels hayan dejado de contar con él.
Trago saliva.
—Eso... eso fue hace más de un año.
—¡No me digas, Sherlock!
Bajo la mirada. Necesitaba decirlo en voz alta para ordenar mis ideas.
—¡Pero has jugado partidos increíbles, Nicko! Quizá simplemente están esperando a que termine la temporada. Creo... creo que suele funcionar así.
—¿Has tenido contacto con ellos?
—Sí..., algo —admito—, pero la mayor parte fue por el aniversario de la Noche del Orgullo.
Los dos nos estremecemos al mismo tiempo.
De alguna manera, siempre acabamos volviendo a esa maldita entrevista, el punto de partida de casi todos nuestros malentendidos.
Y es difícil admitir que algunas de las acusaciones que me lanzó Nicko no eran del todo infundadas: por lo visto, sí es cierto que los Rebels me han prestado más atención que a él.
Me muerdo el labio, me giro con cuidado hacia un lado y apoyo la cabeza en la mano. La otra descansa sobre su cadera.
—Ellos no se han puesto en contacto contigo, pero ¿tú...? —Empiezo a decir, hasta que Nicko arquea una ceja y me lanza una mirada significativa—. Vale, sí, perdona. ¿Y tu padre tampoco ha conseguido hablar con ellos?
—¿Para que vuelvas a acusarme de enchufado?
—Nunca te acusé de eso, fuiste tú quien lo interpretó así —replico, alzando la voz cuando Nicko aparta las manos de la cara para fulminarme con la mirada—.
Además, yo también aprovecharía cualquier recurso que tuviera a mi alcance.
Nunca quise criticar a nadie por tener esas oportunidades.
Solo intentaba señalar que algunas personas parten con ciertas ventajas que otros, como yo, no tenemos.
Lo miro y suspiro cuando veo que sigue frunciendo el ceño, claramente poco convencido por mi explicación.
—Mira, cuando dije aquello, no quería decir que estuviera mal que unos padres ayudasen a sus hijos a mejorar en un deporte que les gusta y disfrutan.
Lo único que intentaba decir es que debería haber más oportunidades así para todo el mundo.
Yo no habría empezado a jugar al hockey si no hubiera sido por el programa deportivo para niños en acogida.
Me dieron todo el equipamiento. Si no hubiera contado con esa ayuda, puede que nunca hubiera superado esos primeros obstáculos.
»Eso era lo único que quería decir en aquella entrevista: que todo el mundo debería tener acceso a ese tipo de apoyo y... —Trago saliva e inspiro hondo—. Nunca quise insinuar que no merecieras que te seleccionaran. Porque te lo mereces —concluyo, esperando haber conseguido explicarme de una vez.
Nicko resopla, pero luego se frota los ojos y deja escapar un suspiro.
—Bueno... Eso sí tiene sentido.
Asiento, aliviado de que por fin hayamos conseguido desmontar ese malentendido. Me inclino para darle un beso en la mejilla, pero me detiene apoyando una mano sobre mi pecho.
—Pero podrías haber dicho todo eso sin hacer que pareciera un mocoso malcriado delante de media ciudad en un programa de radio en directo.
Resoplo y me acerco aún más.
—Para eso no me necesitas a mí —le recuerdo.
—Idiota —gruñe, aunque ya no queda ni rastro de enfado en su voz. Su mano sigue descansando sobre mi corazón.
Le quito las gafas con cuidado y, después de dejarlas sobre la mesilla de noche, le acaricio la mejilla. Busco su mirada y me aseguro de que no la aparta.
—Lo siento. Nunca quise dejarte en mal lugar. Y mucho menos en directo.
—Sí, sí, ahora lo dices —protesta Nicko. Pero su mano ya ha subido hasta mi cuello y sus labios encuentran los míos. El beso es suave. Tranquilo. Reconfortante. Sonrío cuando nos separamos y, esta vez, Nicko no necesita que se lo pida para acomodar la cabeza en el hueco entre mi cuello y mi hombro.
Permanecemos así un buen rato, tumbados el uno junto al otro, cómodos en el silencio. Es Nicko quien acaba rompiéndolo.
—Había pensado en irme a Europa si... —empieza a decir, aunque deja el resto de la frase suspendida en el aire.
Parpadeo varias veces; todavía no he procesado del todo sus palabras y, sin embargo, ya siento una punzada incómoda en el pecho.
Si Nicko firma en Europa, estará a horas de distancia no, a un océano de distancia.
¿Era por eso por lo que insistía tanto en que no teníamos futuro?
¿Por eso parecía tan convencido de que lo nuestro tenía fecha de caducidad?
—Pero bueno, al menos habrá un Van der Hoff en la NHL —continúa. Me mira, y yo solo consigo seguir parpadeando—. Nate. Al fin y al cabo, va a jugar con los Pioneers.