La joyera china Capítulo 1
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La joyera china

La joyera china

Por Weina Dai Randel

© inepub.com

Capítulo 1

Hong Kong, durante la ocupación japonesa La llamaban simplemente “la joyera”.

Nadie sabía su nombre, cuántos años tenía, cuánto tiempo llevaba encarcelada en la isla ni por qué solo tenía nueve dedos.

Delgada como un junco, se sentaba en un banco y se encorvaba frente a un bloque de madera sobre el que apoyaba distintas herramientas manuales, placas de metal y piedras preciosas.

Con la cabeza calva y los dedos callosos y agrietados, trabajaba —midiendo, cortando, soldando— ajena a las voces que llegaban desde fuera de su celda, a los destellos iridiscentes que se reflejaban en el techo y a la nube de calor sofocante que se acumulaba en el lugar.

Cuando terminaba una obra —un anillo de estilo art déco, un collar eduardiano o un broche en tremblant —, grababa en cada pieza una minúscula imagen de un águila bicéfala y cuatro letras crípticas: IMAM.

Corrían múltiples rumores acerca de esa inscripción.

Algunas prisioneras susurraban que eran las siglas de su nombre, ya que se decía que la joyera había sido tiempo atrás una diseñadora de renombre mundial; que sus joyas habían sido codiciadas y regaladas a jerarcas militares, magnates y familias reales de todo el mundo, y que más tarde había sido nombrada joyera personal de una malvada princesa.

Pero otras prisioneras creían que las letras se relacionaban con los nombres de los amantes de la joyera. Y se decía que tenía dos amantes: uno que había intentado matarla y otro a quien ella había asesinado.

Sin embargo, otras personas que vivían en la isla decían que los rumores eran totalmente falsos y que el grabado era, en realidad, una pista sobre un escondite que guardaba tesoros de la familia Romanov y un diamante legendario que la joyera había robado y escondido antes de la guerra.

Quien descifrara el grabado podría localizar el lugar y desenterrar ese tesoro de valor incalculable.

La joyera no decía nada; tenía los labios sellados y el rostro redondo tan misterioso como el amanecer.

Guardaba silencio cuando el oficial de uniforme negro que la visitaba todos los meses la amenazaba e intentaba interrogarla.

Se mantenía muda cuando el guardia sádico la pisoteaba y le gritaba mientras le golpeaba la espalda con la culata del rifle.

Se quedaba quieta cuando la comida que le correspondía iba a parar, convenientemente, a otras bocas: una bola de arroz envuelta en una fina lámina de alga, un pescado seco con las tripas marchitas o, de vez en cuando, un huevo duro que le habría dado energía a cualquier prisionero hambriento.

Entonces, un día, mientras el sol ardiente se hundía en las vastas aguas y la isla brumosa descendía hacia las sombras profundas y despóticas de la noche, por el camino fangoso bordeado de huesos y piedras, detrás de las prisioneras que se dirigían hacia el valle escarpado que sería su tumba, la joyera oyó ecos conocidos en el viento que gemía, el azote de las tormentas de nieve y la silenciosa promesa de la eternidad.

Y recordó.