Capítulo 8
Me instalo en mi despacho, intentando prepararme mentalmente para la reunión que tendrá lugar pronto. Al fin y al cabo, esta es mi primera semana. Ahora es el momento de causar una buena impresión sólida. No puedo flojear. No puedo ser del montón.
Necesito destacar, especialmente desde que Nicole mencionó el ascenso.
Es difícil hacer nada de eso cuando estoy cabreada preguntándome dónde demonios ha ido a parar la foto de mi marido y de mí. El limpiador, Steve, dijo que me la dejaría.
Quizás lo ha hecho y la tiene en su despacho, aunque eso no tendría ningún sentido.
La idea de que algo tan personal mío no esté donde yo quiero me molesta. Lo más probable es que la haya tirado a la basura.
Tener a Evan mirándome mientras trabajaba me hacía sentir como si estuviera en la sala conmigo. Por muy molesta que me ponga su falta de interés por el empleo, su actitud despreocupada tiene una forma de pegárseme, especialmente cuando lo veo.
Si algo no sale bien en la vida, simplemente pasa página. Sin líos; bueno, un poco. Tiene su carácter. Se disgusta durante un rato. Tras un breve estallido de ira, lo deja pasar y piensa en qué hará después o, a veces, no hace nada.
Siento que nunca he tenido ese lujo en la vida. Siempre estaba intentando descubrir cómo ser la mejor, cómo podía ser la primera de la clase en el colegio. ¿Cómo podía ser la mejor en el equipo de voleibol? ¿Cómo podía ser mejor?
A Evan no le importa ninguna de esas cosas.
A veces me asombra que un hombre como él y una mujer como yo llegáramos a enamorarnos.
Los polos opuestos se atraen, supongo.
Tener a Evan en mi despacho me hacía sentir que, pase lo que pase, todo irá bien.
Ahora se ha ido.
¿Cómo narices se imprime siquiera una foto nueva?
La foto y el marco fueron un regalo de Evan hace unos años. Creo que no he tenido que imprimir una foto en más de una década. Casi todos mis recuerdos son digitales o encargados por internet.
Uf. Podría gritarle a Steve. Pero no quiero ser ese tipo de ejecutiva. Quiero ser del tipo al que los trabajadores sientan que pueden acercarse. Quiero caer bien, aunque sea su superior. Gritarle al bedel no servirá de nada.
Libero mi frustración trabajando en los preparativos de la reunión. Es entonces cuando veo movimiento fuera de los despachos. Distingo a varios gerentes y a otros altos cargos de la dirección saliendo de la sala de juntas. La última en salir es Nicole.
Miro la hora para confirmar que no estoy loca. Vuelvo a mirar mi calendario. Se supone que la reunión es a las nueve y media, así que ¿por qué se va todo el mundo?
Obtengo mi respuesta pronto, cuando Nicole abre mi puerta. Esboza una sonrisa cansada. —Oye, ¿dónde estabas? —pregunta, yendo al grano.
—¿Se ha cambiado la hora de la reunión? Pensaba que era a las nueve y media.
—Lo era, pero he tenido que adelantarla por otra reunión que tengo hoy —dice ella—. Incluso he venido a tu despacho, pero no estabas aquí.
—Mientras el limpiador se encargaba de mi despacho, he ido a por un café.
—También he mirado en la cocina pero no te he visto allí —dice, esperando una respuesta mejor.
—Bueno, he ido a la cafetería de la planta principal. Pensé que...
Nicole respira hondo. —Lo siento, supongo que no me he dado cuenta de que te tomarías un descanso tan largo tan temprano por la mañana. Esperaba que estuvieras en esa reunión. No pasa nada. Te daría las notas de la reunión, pero Leigh tampoco estaba allí para tomarlas.
Exhalo lentamente, intentando recuperar el aliento. —En realidad estaba conmigo, lo siento. No me he dado cuenta de que la reunión se iba a adelantar. La próxima vez esperaré a confirmar mi jornada antes de permitirme el capricho de un café sofisticado. —Sonrío, pero Nicole no lo hace.
—Hazlo, por favor —dice—. Tendré que hablar con Leigh también.
—Mira hacia fuera, a la zona de recepción.
Leigh está hablando por teléfono, sonriendo.
Nicole vuelve a mirarme y su rostro se relaja—.
Está bien. Tengo tu número personal. Sé que estamos esperando a que llegue tu móvil de empresa, pero la próxima vez te llamaré al tuyo para evitar que esto vuelva a ocurrir.
Asiento y Nicole sale de mi despacho sin decir una palabra más. Me siento en mi silla y de repente siento que me encojo. Es casi como si la luz natural del exterior y de los despachos circundantes estuviera magnificando el calor y apuntándome como un láser. Podría derretirme en el acto.
Ahora sería el momento en el que miraría el guapo rostro de Evan para consolarme. Intento encontrar confianza en mí misma.
—Todo va a salir bien —susurro. Tecleo en mi portátil sin rumbo fijo, mirando algunos de los suministros de productos en la web de la empresa. No tengo ningún propósito en este momento aparte de intentar calmarme.
No todo está bien. La he pifiado a lo grande. Mi segundo día y ya he faltado a una reunión importante.
Nicole ni siquiera me ha contado de palabra qué ha pasado en ella.
¿Qué presidenta quiere repasar detalles importantes compartidos en una reunión? Ninguna. Quieren que sus directivos estén allí, en persona, escuchando atentamente lo que se dice. No quieren que estén tomando café con la recepcionista.
Me pregunto en cuántos problemas habré metido a Leigh. Miro fuera de mi despacho y ella sigue al teléfono. Me quedo mirando las letras en negrita del lema de nuestra empresa debajo de su escritorio. Have a Beautiful Day.
¿Y si estás teniendo un día de mierda? ¿Y si de repente sientes que podrías implosionar?
Estúpida. Estúpida.
¿Cómo he podido meter la pata ya?
Chica estúpida.
Me sorprendo a mí misma con mis propias palabras. Espiro lentamente. Finjo apoyar la mano en un lado de la cara mientras miro el portátil, pero lo que estoy haciendo en realidad es tomarme el pulso.
Es un mal hábito que tengo cuando estoy estresada. Además de que se me ensanchan las fosas nasales, cosa que por lo visto me ocurre en estos momentos, también estoy comprobando continuamente si sigo viva. Evan sabe leerme como un libro abierto y se burla de mí cuando lo hago.
—Tú relájate —diría él.
Pensar en él me hace sentir de repente un poco mejor.
Todo saldrá bien.
De repente recuerdo las palabras de sabiduría de Leigh. No te ganes la enemistad de Nicole.
Suspiro, pensando en lo tonta que soy. No es el fin del mundo, me recuerdo. ¿Y qué? He faltado a una reunión. Nicole acabará dándose cuenta de que ha sido un error único en mi carrera. No volverá a ocurrir.
Es entonces cuando lo veo.
Mi marido está junto al escritorio de Leigh en carne y hueso, esperando a que ella cuelgue el teléfono. Casi sonrío, preguntándome cómo puede ser que Evan haya aparecido cuando más lo necesito. Es casi como si mi propia desesperación lo hubiera conjurado de algún modo.
Cuando Leigh cuelga, le dedica una sonrisa radiante a Evan. Intercambian unas palabras rápidas y Leigh señala hacia mi despacho. Ella se levanta, pero Evan le hace un gesto para que se siente y empieza a caminar hacia mí.
Mi salvador.
Todo saldrá bien.
Se para frente a la puerta de cristal y pega la cara a ella, con una mano sobre la frente como si tuviera problemas para verme dentro. Niego con la cabeza y me río, y él hace lo mismo antes de abrir la puerta.
Me levanto y quiero besarlo, pero el despacho de cristal hace que me ponga nerviosa mostrar afecto en público. —¿Qué haces aquí?
—¿No te alegras de verme? —dice con una sonrisa pícara—. Tiene sentido, solo soy el amor de tu vida, ¿no?
Sonrío. Se acerca, pero antes de que pueda besarme, le sujeto la mano manteniendo la distancia. —En el despacho no —susurro.
Evan mira hacia fuera, al resto del personal, algunos de los cuales lo están observando. No los culpo. Lleva una camisa negra abotonada con pantalones oscuros y una americana beige. Su pelo oscuro y ondulado está perfectamente peinado. Huele de maravilla. Es una colonia que le regalé por Navidad.
—¿Cómo puedes trabajar cuando todo el mundo te está mirando? —pregunta.
Buena pregunta, pienso. —¿Has venido solo a visitarme?
—pregunto, cambiando de tema. Giro la cabeza y noto que Nicole nos observa.
Vuelvo a mirar rápidamente a Evan. Tiene razón: todo el mundo mira, especialmente la jefa.
Será mejor que esta sea una interacción rápida, aunque lo único que quiera sea que él me abrace.
—Quería darte una sorpresa —dice, extendiendo las manos—. Sorpresa. —Se ríe—. Bueno, tal vez comer juntos. Un rapidito en algún sitio si puedes hacerme un hueco en tu ajetreado día.
Niego con la cabeza. Ojalá pudiera aceptarlo.
—Todo eso suena increíble —digo—. Y sí a lo último. Te haré un hueco cuando termine de trabajar y esté en casa.
Él sonríe con sorna. —No tienes gracia. Ninguna gracia. Por favor, no te conviertas en uno de esos tipos estirados de la dirección.
Es un comentario con el que me chincha de vez en cuando, básicamente llamándome aburrida.
—Me encanta que estés aquí, de verdad —digo—, pero hoy no es buen momento. —Giro un poco la cabeza, pero noto que Nicole no está en su despacho. Miro hacia la zona principal y la veo hablando con Leigh.
Uf. Debe de estar echándole la bronca ahora por haber faltado también a la reunión.
Evan inclina la cabeza y me agarra por los hombros. —¿Va todo bien?
Asiento. —Simplemente no está siendo un gran día de momento. Pero que vengas me hace sentir mejor. No puedo ir a comer hoy. Acaban de echarme una bronca por tomarme un descanso para el café.
Él niega con la cabeza. —¿Qué clase de lugar de trabajo es este? ¿No se supone que la gente de oficina vivís a base de café?
—Lo hacemos, pero no cuando eso significa perderse una reunión importante. —Él me mira con preocupación—. Larga historia, pero no pasa nada.
Espero a que diga su famosa frase: «Pues deja el trabajo». En lugar de eso, él también muestra una mirada de preocupación.
—Supongo que ahora no es buen momento para decirte que me he gastado nuestros ahorros en materiales para la reforma.
Casi me dan ganas de gritar. —¿Qué demonios has comprado?
—Todo lo que necesitamos. Todo cuesta mucho. Tommy y yo vamos a trabajar en los azulejos del baño la semana que viene. Voy a terminar de pintar lo que queda de esta semana.
Hago una mueca. Anoche me dijo que tendría la pintura terminada para mañana. —¿No ibas a terminar antes?
—Bueno, Tommy y yo tuvimos un altercado; larga historia para mí también. Te lo contaré cuando llegues a casa. Solo no llegues tarde a más reuniones. —Se ríe—. En cierto modo necesitamos el dinero.
Casi siento que su presencia aquí ha empeorado las cosas. Me mira y esboza una leve sonrisa. —Supongo que te veré en casa. Quiero oírlo todo sobre lo que ha pasado en el trabajo y yo te contaré lo de Tommy.
Espera a que lo bese o lo abrace. Miro hacia fuera y a las pocas caras que nos miran de reojo, y no lo hago.
—Nos vemos pronto. —Le aprieto la mano con fuerza. La suelto y él se da la vuelta para irse. —Espera —le digo. Se vuelve hacia mí con otra mirada de preocupación—. ¿Puedes decirme solo una cosa antes de irte?
—Vale. —Se ríe—. ¿Qué?
—Solo dime que todo saldrá bien.
Él niega con la cabeza. —¿Estás haciendo una montaña de un grano de arena, Alice? Muy bien: este problemilla que tienes en el trabajo, por muy grande que creas que sea, no es nada. —Me coge las manos y me mira profundamente a los ojos—. Todo saldrá bien. —Me besa la mano antes de marcharse.
Observo cómo mi ángel apuesto pasa junto al personal de la oficina. Algunas mujeres giran la cabeza cuando él pasa.
Para mi sorpresa, Nicole también lo hace.
Aún más sorprendente, ella abre la boca y Evan se detiene en seco. La mira a ella y vuelve a mirar hacia mi despacho.
De repente, él también abre la boca y los dos se ponen a hablar. ¿De qué podrían estar hablando siquiera?
Mi despreocupado marido vuelve a mirar hacia mi despacho, a mí, y veo algo en él que no veía desde hace una eternidad.
Miedo. Al menos eso es lo que parece. Su piel bronceada parece volverse pálida.
Él asiente a Nicole y camina por el pasillo. Ahora es Nicole quien mira hacia mi despacho, directamente a mí, con una amplia sonrisa en el rostro.