Capítulo 34
Capítulo
Catorce días después de la boda me llegó una carta certificada.
Papel bueno. Notaría de Cambados. Mi nombre con los dos apellidos, en tipografía seria, sin una errata.
Me reí sola en el rellano, delante del buzón, con el mensajero todavía esperando a que le firmara en la pantalla.
—¿Va todo bien? —dijo el chico.
—Perfectamente. Es que ya me sé el final.
Antes de contar el sábado 26 tengo que despachar dos semanas, y las voy a despachar deprisa, porque los epílogos largos son una manera de no querer soltar el expediente.
Consuelo Ansede retiró su oposición el lunes 14, por escrito, con una carta de dos párrafos que redactó ella sola y que era, en su género, impecable.
La tasación oficial salió en un millón quinientos sesenta mil.
Clara heredó el pazo con el modo cumplido y firmó ese mismo mes un compromiso privado —no notarial, deliberadamente no notarial— por el que la casa no se vende sin acuerdo de los tres y por el que a su tía se le reconoce lo aportado desde 2009 con un calendario de compensación a diez años.
Lo redactaron entre Clara y Gabriel. No me lo enseñaron hasta que estuvo firmado, cosa que agradecí.
Bosco ha empezado a podar la parcela de albariño.
Dice que la primera vendimia decente será en 2029.
Su padre le ha preguntado dos veces cuándo la va a embotellar y él le ha explicado dos veces que eso no funciona así, y en eso, calculo, van a estar los próximos veinte años, que es como funcionan los padres y los hijos.
El bordado está en el arcón. Clara lo quería enmarcar. Maruxa dijo que las cosas de hilo no se cuelgan de una pared porque se estropean con la luz, y esa mujer no ha perdido una discusión desde 1969.
A mi madre la llamo los domingos. No hablamos de Julia. Hablamos de la casa, del trabajo, de una serie que ve ella y que yo no veo. En diciembre vamos a pasar juntas la Nochebuena, cosa que no hacemos desde 2019, y ninguna de las dos ha dicho en voz alta que sea importante.
Y yo he vuelto a mi despacho de Chamberí, con el ficus, la moqueta que huele a un gestor jubilado y la placa que dice VALDÉS MEDIACIÓN.
Cerré el asunto Iglesias en octubre. Los hermanos vendieron la plaza de garaje y se repartieron el dinero, que es lo que iban a hacer en marzo, solo que ahora se hablan.
La señora Iglesias me trajo las dos listas que les pedí en julio: frases literales de su madre sobre el garaje.
Cinco frases ella, tres él. Y una coincidía: las dos versiones tenían la misma. «Eso lo dejo para el que lo necesite.»
Se la enseñé a los dos juntos, en la misma hoja, con las dos letras.
Me pagaron sin discutir la factura.
La citación era para el sábado 26 a las doce, en la notaría de don Jacobo Mariño Cores, y decía —lo tengo delante— que se procedía a la entrega de un bien legado a mi favor por doña Aurora Seoane Ponte, «cuya efectividad quedaba diferida al cumplimiento del modo dispuesto en la cláusula quinta».
O sea que había otra manda.
Había una segunda manda desde marzo, esperando a que ciento cuarenta y un invitados se sentaran donde ella había dicho.
Cogí el tren del viernes.
La notaría estaba igual. El ficus, las tres sillas, el cuadro de las bateas al atardecer pintado por alguien que quería a las bateas más de lo que dominaba la perspectiva. Don Jacobo tenía la misma gravedad y la misma carpeta de tapas duras.
Y Gabriel estaba en la sala de espera, con la carpeta bajo el brazo, sin recolocarla ni una sola vez, cosa que le señalé.
—Ya no me hace falta —dijo.
—Eso es lo más romántico que me ha dicho usted nunca.
—Le he dicho cosas mejores.
—Con lacre —dije—. Que no cuenta.
Entramos a las doce y diez.
—Doña Nora —dijo don Jacobo—, procedemos a la entrega del segundo legado ordenado a su favor por la causante, cuya efectividad quedó sujeta al cumplimiento del modo.
Puso sobre la mesa una carpeta de cartón azul, de las de gomas.
Dentro había cuatro folios cuadriculados, escritos a mano por las dos caras.
El original.
Estaba fotocopiado, protocolizado, digitalizado y colgado enmarcado en la pared de un salón desde mayo. Pero el papel, el papel que ella tocó en marzo con el bolígrafo en la mano y las invitaciones al lado, era este, y era mío.
—Consta en el testamento en estos términos —leyó don Jacobo—: «La lista, para la invitada.»
—¿Eso es todo lo que dice?
—Eso es todo lo que dice.
Cinco palabras. Ochenta y cinco años de vida y aquella mujer despachaba su documento más importante en cinco palabras, en una cláusula que además estaba redactada de manera que nadie pudiera entenderla hasta que estuviera cumplida.
Firmé la entrega. Firmé el acuse. «Cuatro folios manuscritos, con anotaciones.»
Y a la salida, en la escalera de piedra, la misma en la que el 22 de julio le dije a un desconocido que mentía por omisión con mucho oficio, le pregunté:
—¿Usted sabía que existía esta segunda manda?
—Desde el 5 de mayo.
—Claro.
—Doña Nora, yo lo sabía todo desde el 5 de mayo. Ese ha sido el problema desde el principio. —Bajó un escalón—. Es la última vez que le contesto eso, si le sirve de consuelo.
—Me sirve poco.
—Ya me lo imaginaba.
Subimos al pazo por la tarde. Clara estaba en el taller, Bosco en la parcela con un desbrozador prestado y Maruxa fregando algo que ya estaba fregado.
Yo quería verla en la galería.
No por ninguna razón especial: por la luz. La galería de Corbeira tiene esa cristalera corrida orientada al sur y a las cinco de la tarde de finales de septiembre entra una luz plana, blanca, que es la mejor luz que he visto nunca para leer papeles.
Deformación profesional. Los documentos se leen a favor de la luz.
Puse los cuatro folios sobre la mesa de la galería y los fui pasando por gusto, sin buscar nada, leyendo otra vez las anotaciones que ya me sabía: el que debe dinero a tres de esa mesa, la que no puede cantar, el del perro, la baraja que traigo yo.
Y al llegar al último folio, al 141, hice lo que hago con cualquier papel que me den y que aquel día no tenía ningún motivo para hacer, salvo la costumbre.
Lo levanté a contraluz.
Se hace para ver la filigrana, los borrados, las presiones del bolígrafo, si hay una firma calcada debajo. Se hace con las escrituras dudosas y con los testamentos ológrafos. Yo lo hago con todo, incluso con las facturas del taller mecánico, y mi ex decía que era insoportable y tenía razón.
Levanté el folio contra la cristalera.
Y debajo de mi nombre, en el margen que llevaba ocho semanas siendo el único margen limpio de aquella lista, apareció lo que no se ve de frente.
Trazos de lápiz. Borrados con goma, con cuidado, hasta dejar el papel casi liso, pero la punta había apretado y el cuadriculado guardaba el surco.
Cinco palabras. A lápiz. Escritas antes que todo lo demás y borradas después.
«Que se siente en mi silla.»
Bajé el papel.
Lo volví a levantar.
Seguía ahí.
Y me quedé de pie en la galería del Pazo de Corbeira, un sábado de finales de septiembre, sola, con un folio cuadriculado en la mano y la ría al fondo, haciendo lo único que sé hacer, que es reconstruir el orden en que pasaron las cosas.
Marzo de 2026. Una mujer de ochenta y cinco años se está muriendo y hace una lista de invitados. Ciento cuarenta nombres con su instrucción al margen: quién bebe, quién no puede cantar, quién debe dinero a quién.
Llega al último. Escribe Nora Valdés . Y escribe al lado, a lápiz, lo que quería de verdad, que era una sola cosa: que la nieta de Julia se sentara en su silla. En la suya. En la de la mesa uno.
Y luego lo mira.
Y coge la goma.
Porque escribirlo era pedírmelo, y pedírmelo era explicármelo, y explicármelo era exactamente lo que había prohibido en la instrucción del sobre.
Porque una mujer que llevaba sesenta años pagando entierros sin contarlo y guardando en un archivador la factura que la habría absuelto no iba a poner por escrito, en un papel que iba a leer todo el pueblo, lo único que le importaba.
Así que lo borró. Y dejó el margen limpio.
Y en la carta lacrada, cuatro folios más allá y seis meses después, escribió: a ti te dejé el margen limpio.
No me dejó nada. Lo limpió.
Y en enero, cuando hizo el plano de mesas con Pilar, puso una silla más en la mesa uno, sin nombre, con la nota «no quitar», y se murió en abril sin decirle a nadie de quién era.
Y aquella silla estuvo puesta el 12 de septiembre, con su plato, sus tres copas y su servilleta doblada en triángulo.
Yo cené a su lado toda la noche pensando que estaba vacía.
Y no estaba vacía. Estaba ocupada exactamente por quien tenía que estar: por una mujer de setenta y nueve años que había muerto en Madrid tres años antes sin volver nunca a esta casa, y a la que su amiga le guardó el sitio en 1965 hasta el Credo, y en 2010 le pidió por carta que la avisara cuando se muriera, y en enero de 2026 le puso un plato.
Ciento cuarenta y una personas en la lista.
Ciento cuarenta y dos en la mesa.
Guardé el folio en la carpeta azul. Bajé al patio.
Gabriel estaba apoyado en el coche, hablando con Bosco de podas, y cuando me vio la cara dejó de hablar de podas.
—¿Qué pasa?
—Nada. —Y luego, porque a este hombre le debo por lo menos eso—: Te lo cuento en el coche. Es largo y no me lo vas a poder auditar.
—Oiga —dije, cuando ya subíamos al coche—. El 14 de septiembre, la partición. ¿Cómo fue?
—Bien.
—¿Bien de verdad o bien de albacea?
—Bien de verdad. Cuatro horas. —Arrancó y no salió—. Su hermana llevaba una lista escrita a mano con veintidós fechas y Fernando la reconoció en voz alta antes de que nadie preguntara. Eso lo hizo usted en agosto, por cierto. Yo solo leí el número.
—Yo no estuve.
—No, usted no estuvo.
Lo dijo sin ningún reproche, mirando el volante, y ahí me di cuenta de que llevaba desde el 27 de agosto sin acordarme de que aquel hombre me había pedido una cosa apoyado en un coche, con las manos quietas, sin fórmulas, y que yo le había contestado «me lo pienso», que en mi profesión es un no educado.
—Le dije que me lo pensaba y no se lo pensé —dije.
—Ya lo sé.
—Estuve en Madrid con once páginas de cronología por el suelo.
—Doña Nora, le pedí que se quedara dos días más cuatro horas antes de que Consuelo Ansede le enseñara una fotocopia en un patio. No me debe usted nada de aquella semana. —Puso la marcha—. Se lo digo para que no lo apunte en ningún sitio.
—Ya lo he apuntado.
—Pues táchelo.
—Los tacho y se leen igual —dije—. Es un problema que tengo.
Ese día no volvimos a Madrid.
Nos quedamos a cenar, porque Maruxa había hecho empanada y en esta casa el cariño se sirve en fuente y no se discute, y comimos los seis en la mesa de castaño, debajo de dos retratos de un matrimonio de los años cuarenta que llevan ahí desde 1963 porque un hombre arruinado no fue capaz de descolgarlos.
Doce sillas. Siete ocupadas.
Nadie mueve nunca las otras cinco. Es una casa así.
Cerramos la casa a las doce. Bajamos andando hasta el pueblo por el camino de la orilla, que en septiembre ya huele distinto, y en la taberna de Antón estaban las del tute discutiendo por una baza de hacía media hora.
Nos sentamos con ellas. Fina repartió y me dio cartas sin preguntarme si sabía jugar.
—No sé jugar.
—Se aprende —dijo Divina—. Es como todo. Se mira lo que hacen los demás y se hace lo contrario.
Perdí cuatro manos seguidas.
A la quinta, Gabriel, que llevaba toda la partida callado, dejó una carta encima de la mesa y dijo:
—Doña Nora, el mes que viene tengo que ir a Madrid por lo del registro. Dos días.
—Ya lo sé, me lo dijo ayer.
—Sí. Y ayer no le dije lo otro.
—¿Qué otro?
—Que voy a ir en octubre, y en noviembre, y probablemente en diciembre. —Recogió la baza, que no era suya—. Y que a mí lo del registro me da exactamente igual.
Fina levantó la vista de las cartas.
—Nena —me dijo—, contéstale, que llevamos cuatro meses con esto.
Le contesté.
No voy a poner aquí lo que le dije, porque estábamos en una taberna, delante de tres señoras de ochenta años y de un tabernero, y porque en esta casa —he acabado diciendo «esta casa» sin darme cuenta— hay cosas que no se ponen por escrito.
Diré solamente que Esther, que es la que hace las cuentas, contestó por mí antes de que yo terminara:
—Eso es que sí.
Yo me llamo Nora Valdés Cano por una decisión que tomó en 1987 una mujer que llevaba veinticuatro años sosteniendo una versión, y llevo en el meñique un dedal de plata con dos iniciales que compró en 1962 una chica de veintiún años para regalárselo a otra que bordaba mejor que ella.
Durante ocho semanas fui la número ciento cuarenta y uno, y todo el mundo creyó que ese número era una equivocación de una anciana. La familia, el pueblo, el abogado, yo.
Aurora Seoane no se equivocó ni una vez en ochenta y cinco años, y de eso doy fe con mi oficio: hasta su última voluntad tuvo testigos, protocolo y número de expediente.
Aquella lista tenía ciento cuarenta y un nombres.
Y estaba escrita para dos personas que ya no podían leerla.
FIN