La invitada 141 Capítulo 33
97%

Capítulo 33

Capítulo

Lo del discurso no estaba previsto.

A los discursos de esta boda se apuntó la gente en una lista —cómo no— que llevaba Pilar en el cuaderno: el padrino, la hermana de Bosco, un amigo de la facultad y Fernando, que llevaba dos semanas practicando delante de un espejo con un folio que yo le había ayudado a recortar.

Fernando habló después del corte de la tarta. Leyó despacio, como le habían dicho, y solo se le rompió la voz en un sitio, que fue cuando dijo el nombre de su madre.

Y al terminar, en vez de sentarse, dijo:

—Y ahora quiero pedirle una cosa a una persona que no es de la familia.

Yo estaba a dos metros y todavía no lo había entendido.

—Nora, ¿tú puedes decir algo?

—Fernando, yo no...

—Es que mi madre te puso en la lista —dijo, delante de ciento y pico personas, con el micro en la mano y sin ninguna idea de lo que estaba haciendo—. Y llevamos cuatro meses preguntándonos por qué. Y yo creo que a estas alturas eres tú la única que puede decir algo que valga la pena.

Ciento cuarenta y dos personas se volvieron a mirarme a la vez.

Y aquí, si esto fuera otra clase de historia, yo tendría un discurso preparado.

He hablado en muchas salas. Sé cuánto dura un minuto, sé que hay que mirar al fondo y no a la primera fila, sé que las cosas importantes se dicen con frases cortas. He hablado en tanatorios, en juzgados, en salones de actos de colegios profesionales.

Lo que dije aquella noche duró menos de dos minutos y no lo tenía pensado. Lo transcribo lo mejor que puedo, y pido disculpas por las repeticiones, que son mías.

—Buenas noches. Me llamo Nora Valdés y no conocí a Aurora Seoane.

»Llevo desde julio intentando averiguar por qué estoy en esa lista, y ya lo sé, y no es una historia que se pueda contar en una boda. Pero sí puedo contar la parte que le sirve a alguien.

»Mi bisabuelo vivió en esta casa. Mi abuela nació aquí. Se llamaba Julia y era la amiga de Aurora, y las dos se pelearon en 1963 por un asunto de dinero, y no se dirigieron la palabra nunca más.

»Yo he crecido con una versión de eso. Aurora tenía otra. En mi familia se contaba que a nosotros nos habían quitado esta casa, y aquí, según me han dicho, se contaba lo contrario.

»Las dos versiones eran falsas. Y eso lo sé porque he tardado dos meses en juntar los papeles que hacían falta para saberlo, y porque las dos mujeres que sí lo sabían están muertas.

»Yo me dedico a esto, más o menos. A sentarme en una mesa con familias que tienen dos versiones y ver si se puede sacar una tercera. Y les digo siempre lo mismo: que las herencias no empiezan con un testamento, que empiezan quince o veinte años antes, con una tontería que nadie explicó.

»Yo he heredado una casa que no era mía, un rencor que no era mío y una versión que no era mía. Nadie me preguntó si las quería. Eso es lo que se hereda de verdad. Las casas van al notario; lo otro va directo.

»Y esto es lo único que quería decir, y luego me siento.

»Ustedes, esta noche, están en una capilla que hace sesenta y un años se quedó medio vacía porque el pueblo entero creyó una versión. La misma capilla. Hoy no cabía la gente.

»Yo no sé si eso arregla algo. Probablemente no. Pero es la única vez que voy a ver una cosa así, y quería que constara.

»Enhorabuena a los novios. Y coman, que aquí el cariño se sirve en fuente y no se discute.

Me senté.

Hubo dos segundos de nada y luego aplaudieron, más por educación que por otra cosa, salvo tres o cuatro mesas donde no aplaudió nadie porque estaban las señoras mayores, y las señoras mayores de Arousela no aplaudieron: se miraron entre ellas.

Fina me contó después que en la mesa nueve, cuando dije lo de la capilla, una mujer de noventa y un años que fue a aquella boda de 1965 —una de las cuatro que fueron— dijo en voz alta: «Ya era hora.»

Mi madre, a mi lado, no dijo nada.

Me puso la mano en la espalda, entre los omóplatos, dos segundos, y la quitó.

En mi familia eso es una ovación.

A Chelo la encontré media hora después, fuera de la carpa, en la esquina donde acaba la luz, fumando el cigarrillo que fuma cuatro veces al año.

—Menudo discursito —dijo.

—Ya.

—¿Lo llevaba preparado?

—No.

—Peor todavía. —Le dio una calada—. Sabe usted que ahora me tengo que quedar sin la casa y sin poder decir nada, ¿verdad? Porque después de eso, si yo digo una palabra sobre vender, soy la peor persona de esta provincia.

—Consuelo, usted no era la mala.

—Pues era la única que hacía cuentas, que en esta familia es lo mismo.

Saqué del bolso la carpeta que llevaba desde las siete de la tarde esperando ese momento, porque yo también soy quien soy.

—Le quiero enseñar dos cosas y luego la dejo fumar en paz.

La primera fue el borrador de mi abuela. El folio amarillo, con las tachaduras, el que empieza diciendo que no sabe devolver lo que debe y termina en una palabra tachada.

Chelo lo leyó a la luz del móvil, apoyada en la pared de piedra, con el cigarrillo consumiéndose entre los dedos.

Lo leyó dos veces.

—O sea que fue su abuela —dijo.

—Fue mi abuela.

—Y mi madre lo sabía.

—Su madre tenía la factura y los recibos en un archivador de la bodega, con etiqueta. Sesenta años. —Recogí el folio—. Podía haberlo enseñado cualquier día. En cualquier momento. Con enseñar ese papel en la taberna de Antón se le acababa el problema en una semana.

—Y no lo hizo.

—No lo hizo.

Chelo se quedó mirando la carpa, donde la coral estaba cantando y alguien había puesto luces de colores en el techo.

—Toda mi vida —dijo— he pensado que a mi madre le pasaba algo conmigo. Que había algo mío que le disgustaba y que nunca me quiso decir cuál era. Lo de la iglesia del ochenta y siete. Lo de no venir a mi comunión sin decir por qué. Lo de mirarme a veces como si estuviera mirando otra cosa.

—Consuelo.

—Y resulta que no era yo. —Tiró el cigarrillo y lo apagó con el zapato, con mucho cuidado, porque estamos en Galicia y hay pinos—. Que era una señora de Madrid que ni siquiera vivía aquí.

—Le quiero enseñar la segunda cosa.

Era una fotografía. La que hice el 6 de agosto en el salón grande, ampliada: la entrada número tres de la cuarta cara de la lista, con el nombre de Consuelo y su anotación al margen.

Se la puse delante.

Consuelo — «No discutirle nada ese día. En lo del tejado lleva razón.»

Chelo la leyó.

Y luego la leyó otra vez, con el móvil más cerca, como si la letra hubiera cambiado.

—«En lo del tejado lleva razón» —dijo.

—Está en la lista desde marzo. Colgada en la pared del salón desde mayo. La ha leído medio pueblo.

—Yo esa lista no la he leído nunca —dijo Chelo—. Nunca. He pasado por delante trescientas veces. —Se le quebró una sola sílaba y la recompuso enseguida, que es de familia—. No la he leído porque pensaba que no iba a poner nada mío.

Nos quedamos ahí las dos, en la esquina donde acaba la luz.

—El lunes retiro lo de la impugnación —dijo—. No lo haga constar en ninguna acta, que ya no es usted la mediadora.

—No lo haré constar.

—Y no me dé las gracias.

—No pensaba.

—Bien. —Se ajustó el reloj—. ¿Sabe lo que voy a hacer el lunes, por cierto? Ya que me lo preguntó usted en agosto y me tuvo dos semanas sin dormir.

—Dígame.

—Nada. —Se rio, otra vez con esa sílaba fea—. Absolutamente nada. Y me parece que eso es lo que llevo diecisiete años sin poder hacer.

A Gabriel Otero lo llevaba viendo toda la noche a doce metros.

Había llegado a las cuatro y media, con traje, y se había pasado la boda entera haciendo lo que hace un albacea en la boda que asegura el cumplimiento de un modo: comprobar.

Le vi hablar con el notario, que también estaba invitado.

Le vi contar mesas. Le vi mirar el reloj cuando el padre Lino empezó la homilía.

No se me acercó ni una vez.

A la una y media, cuando la carpa ya era una discoteca y mi madre llevaba una hora en un taxi camino de Vigo, bajé al camino de la orilla, que sale del prado y llega a la ría en cinco minutos.

Estaba allí, sentado en el muro bajo, con la chaqueta al lado y los zapatos puestos, mirando el agua negra.

—Señor Otero.

—Doña Nora.

Me senté en el muro, a un metro.

—Ha venido usted —dijo.

—He venido.

—El día 12.

—El día 12.

Se quedó un rato largo sin decir nada, y ahí lo entendí: aquel hombre no sabía si yo estaba allí por la casa, por Clara, por su clienta o por él, y llevaba nueve horas en aquella boda sin atreverse a preguntarlo.

Que es exactamente el mismo problema que me había pasado yo el 3 de septiembre en una cocina.

—Me leí la carta —dije.

—Ya me lo imagino.

—Hay una parte que le afecta a usted. Al final. Escribió: «Si lees esto antes de la boda, es que alguien decidió que tú importabas más que mi lista.»

Gabriel se quedó muy quieto.

—Eso no lo sabía —dijo.

—Lo sé. Se lo digo yo ahora.

—Ella escribió eso en marzo.

—En marzo.

—Antes de conocerla a usted. Antes de que yo la conociera a usted.

—Sí.

Se pasó la mano por la cara, y por primera vez desde el 22 de julio le vi la cara entera de un hombre que se ha pasado quince años trabajando para alguien que le llevaba tres cuerpos de ventaja.

—Hacía trampas al tute —dijo.

—Todo el pueblo lo sabía y la dejaban.

—Ya. —Se rio bajito—. Y a mí me dejó escrito lo que iba a hacer yo seis meses antes de que se me ocurriera.

—A usted no le dejó escrito lo que iba a hacer. —Y esto lo tenía pensado desde el martes, así que salió bien—. Le dejó escrito lo que era usted. Que es distinto y es peor.

El agua daba en las piedras. Arriba, en la carpa, alguien había puesto una canción de los ochenta y se oía a ciento y pico personas cantándola mal.

—Doña Nora, yo necesito decirle una cosa y no la tengo preparada.

—Pues no la diga.

—Es que...

—No la diga, señor Otero. —Me giré hacia él—. Se lo digo en serio. Llevo ocho semanas auditándole a usted cada frase, y lo que usted me diga esta noche lo voy a auditar también, y no quiero. Estoy cansada. Y además ya sé lo que hizo el martes.

—Eso no demuestra nada.

—Eso no demuestra nada —admití—. Es que hay cosas que no se demuestran. Y esa es exactamente la parte del oficio que a mí no me habían enseñado y que he aprendido este verano en su pueblo, con dos muertas y una lista.

Se quedó callado.

—¿Y esto cómo se firma? —dijo.

Y ahí, en un muro bajo, a la una y media de la madrugada, con una boda sonando arriba, un abogado de sucesiones de cuarenta y un años me hizo la única pregunta que yo sabía contestar.

—No se firma —dije—. Se cumple.

Y lo besé yo.

Y aquí quiero dejar dicha una cosa, porque llevo treinta y tres capítulos escribiendo esto como si fuera un expediente y hay una parte que no lo es.

Lo del quince de agosto fue deseo. Lo del veintiocho fue las dos personas más cansadas de Galicia agarrándose a algo. Esto era otra cosa, y me costó cinco meses saber cómo se llama.

Esto era la primera vez que yo tocaba a alguien sin estar calculando qué me iba a costar.

Doce años sentándome enfrente de gente y midiéndole los tres segundos que tarda en contestar. Doce años sabiendo, antes que ellos, lo que quieren de verdad. Ocho semanas en aquel pueblo haciéndole a aquel hombre una auditoría continua, gesto a gesto, con dos columnas y una libreta.

Y en un muro bajo, a la una y media de la madrugada, con una boda sonando arriba y el agua dando en las piedras, se me apagó la máquina.

No se me apagó del todo, que eso no me pasa. Pero durante un rato bastante largo dejé de estar por delante, y no me pareció una pérdida.

Él se dio cuenta, claro. Ese hombre se da cuenta de todo con dos segundos de retraso.

—¿Qué pasa? —dijo, en algún momento, contra mi sien.

—Que no estoy tomando notas.

—Ya me había parecido.

Lo demás sigue sin constar en ningún acta, y esta vez no es una manera elegante de saltármelo: es que hay una parte de aquella noche que es lo único de todo este verano que no le pertenece a nadie más que a nosotros dos, y llevo tres años sin escribirla y no la voy a escribir ahora.

Salvo dos cosas, que anoto porque me importan.

La primera es que a las tres de la mañana, subiendo por el camino de la orilla, con los zapatos en la mano por tercera vez aquel verano, le dije:

—¿Sabes que llevas ocho semanas llamándome de usted?

Y él, sin pararse, dijo:

—Ya lo sé. Era lo único que me quedaba.

La segunda es que a las cuatro menos cuarto todavía quedaban treinta personas en la carpa, y entre ellas estaban las del tute, sentadas a una mesa, jugando a las cartas con una baraja que había traído Divina en el bolso.

Había cuatro sillas.

Y estaban ocupadas tres.