Capítulo 13
Capítulo
La prueba de menú se convocó para las dos de la tarde y a la una y media ya se había roto la primera tregua.
El catering lo llevaba una empresa de Vilagarcía cuya jefa, Sonia —otra Sonia, este país tiene un problema con los nombres—, llegó con dos furgonetas, cuatro camareros de prácticas y la mirada de una mujer que ha visto muchas bodas y sabe exactamente en qué minuto empieza el problema.
En el pazo la esperaban: Pilar con el cuaderno, Fernando con la cara, Clara con Bosco, don Álvaro y Macarena Anguita venidos otra vez desde Madrid en un solo coche esta vez, Chelo con las gafas puestas dentro de casa, el padre Lino y yo, que asistía en calidad de nada.
—Yo no debería estar aquí —le dije a Pilar.
—Tú estás en la lista.
—Estoy en la mediación.
—Cariño, come.
El primer choque fue por los percebes, como era de manual.
—Cuatro entrantes fríos y tres calientes —leyó Sonia—. Los fríos: empanada de zamburiñas, croquetas de la casa y una tabla de ibéricos.
—Jamón de Guijuelo —precisó don Álvaro.
—Jamón el que ustedes digan, si lo traen ustedes.
—Lo traemos nosotros.
—Y los calientes: navajas, mejillón de la ría y percebes.
—¿Percebes para ciento cuarenta y una personas? —Macarena se llevó una mano al pañuelo—. Eso es una barbaridad de dinero.
—Es lo que hay aquí —dijo Pilar, sin levantar la vista del cuaderno.
—Ya, pero es que el percebe es muy... —Macarena buscó la palabra durante un segundo entero, y el segundo entero fue el problema— ...es muy laborioso. La gente se mancha.
—La gente se mancha —repitió Chelo, muy despacio, quitándose las gafas.
—No lo digo por nada.
—No, si ya sé que no lo dice por nada.
Se sirvió el primer plato.
Voy a decir en descargo de todos que la comida estaba extraordinaria y que aquello fue lo único en lo que hubo unanimidad en tres horas. Los percebes eran de la Costa da Morte, los traía el hijo de la Divina y eran de la clase de percebes que hacen callar a una mesa durante cuatro minutos.
Al quinto minuto, don Álvaro cogió uno, lo miró por los dos lados como quien inspecciona una pieza de recambio, y dijo:
—¿Y esto se come entero?
Bosco cerró los ojos.
—Papá.
—Es una pregunta.
—Se come la parte de dentro, Álvaro —dijo Macarena.
—Ya sé que se come la parte de dentro, mujer. Digo que si la uña también.
—La uña no —dijo Clara, con una amabilidad que a mí me pareció heroica—. La uña se tira.
—Pues eso es mucho desperdicio.
Y ahí Chelo, sin ningún énfasis, mirando su plato:
—En el jamón también se tira el hueso.
—El hueso se aprovecha para el caldo.
—Aquí la uña se la damos a las gaviotas, o sea que también se aprovecha. Todo es cuestión de a qué animal se lo des.
Pilar escribió algo en el cuaderno con mucha fuerza.
El segundo asalto fue el arroz. Sonia proponía arroz con bogavante; don Álvaro sostenía que el arroz «en una boda queda pobre» y que en las bodas de Madrid se pone solomillo.
Pilar dijo que en las bodas de Madrid se pone solomillo porque en Madrid no hay mar.
Don Álvaro dijo que también hay muy buen pescado en Madrid, y en ese momento cuatro personas hablaron a la vez, y el padre Lino, que llevaba veinte minutos concentrado en su copa, levantó la cabeza.
—A mí el arroz me parece bien —dijo, y volvió a la copa.
Sobre el padre Lino hay que aclarar una cosa.
Es un hombre de sesenta y ocho años, párroco de Arousela desde 1994, y tiene una relación con el albariño que solo puede describirse como litúrgica.
Aquella tarde, en la prueba de menú, mientras la mesa se despedazaba por un arroz, don Lino catalogó los tres vinos propuestos con una seriedad de tribunal, se sirvió tres veces de cada uno «para comparar bien» y a las cuatro y media estaba explicándole a Macarena Anguita, con una emoción considerable, la diferencia entre el amor y la costumbre.
—Porque el amor, hija, es un fuego. Pero la costumbre... —levantó el dedo— la costumbre es una brasa.
—Muy bonito, padre.
—Y con la brasa se cocina.
Bosco, desde el otro lado, me miró y articuló sin voz: «se alarga».
Y así, entre la brasa y el arroz, llegamos al momento en que aquella comida dejó de ser graciosa.
Fue por el vino.
Sonia sacó las tres botellas para la decisión final y explicó las opciones. Y entonces Bosco, que llevaba tres horas comportándose de manera ejemplar, se levantó otra vez.
—¿Puedo decir una cosa?
—No —dijo Clara, con cariño.
—Una sola. —Cogió una botella—. Este albariño es de una bodega de Meaño que compra uva a granel.
Está bien. Está correcto. —La dejó—. Y a doscientos metros de esta mesa hay media hectárea de cepas de pie franco que llevan treinta años sin podar y que, con dos años de trabajo, darían un vino con el nombre de esta casa en la etiqueta.
Y en la boda de la nieta de doña Aurora vamos a beber uva a granel de Meaño.
Silencio.
—Bosco —dijo don Álvaro—, no seas pesado.
Y Bosco, que hasta ese momento había sido el chico más simpático de Galicia, se volvió hacia su padre con una calma nueva:
—Papá, llevo tres años trabajando en el sector y tú sigues sin saber a qué me dedico.
—Tú vendes vino.
—Yo no vendo vino.
—Bueno, lo que sea. —Don Álvaro se limpió con la servilleta—. Lo que yo digo es que no montes un espectáculo en la casa de la familia de tu novia.
—Es que va a ser mi casa —dijo Clara.
Y aquello, dicho por la mujer más tranquila del pazo, con seis palabras, sin levantar la voz, dejó a la mesa en un estado que no he sabido describir bien nunca.
Porque no era una respuesta a don Álvaro.
Era la primera vez que alguien en aquella familia decía en voz alta, delante de todos, que el pazo tenía dueña y que estaba sentada allí.
Chelo dejó el tenedor. Fernando miró el mantel. Pilar cerró el cuaderno.
—Va a ser tu casa si se cumple lo de tu abuela —dijo Chelo.
—Ya lo sé, tía.
—Y si no se cumple, será de un fondo que pondrá un hotel de doce habitaciones y una piscina donde está la parcela de tu novio.
—Ya lo sé.
—Pues muy bien.
—Pues muy bien.
Y las dos se sostuvieron la mirada tres segundos y luego volvieron cada una a su plato, que en aquella familia es la manera de abrazarse.
El padre Lino levantó la copa.
—¡Por los novios!
Brindaron veinte personas. Fue, con mucha diferencia, el brindis más incómodo del verano.
Después del café llegó el protocolo de mesas, que es donde se juegan las bodas de verdad, y donde aquella tarde ocurrió algo que a mí me interesó más que todo lo anterior.
Pilar desplegó un plano de la carpa en papel de embalar, con veinte círculos numerados, y encima puso una fotocopia.
Una fotocopia de la lista.
—Vamos a ver —dijo—. Mesa uno: familia. Mesa dos: los Anguita de Madrid. Mesa tres...
—Espera —dijo Macarena—. ¿Los de Madrid en una mesa aparte?
—Es que sois once.
—Ya, pero suena a...
—Suena a once —dijo Chelo.
Pilar siguió, bolígrafo en mano, y a partir de la mesa cuatro dejó de tomar decisiones y empezó a leer.
—Mesa cuatro: Piñeiro no puede ir con la exmujer. Ni con la actual, pone aquí. —Levantó la vista—. ¿Eso qué significa exactamente?
—Que hay tres mesas prohibidas para Piñeiro —dijo Fernando.
—Mesa siete: al del ayuntamiento hay que sentarlo con los tres a los que debe dinero.
—Eso no lo vamos a hacer —dijo don Álvaro—. Eso es buscar un problema.
—Eso lo vamos a hacer —dijo Pilar—, porque lo dejó escrito ella y porque si no lo hacemos se va a enterar todo el pueblo de que no lo hemos hecho.
—¿Y cómo se va a enterar?
—Porque el pueblo entero ha leído la lista, Álvaro. La lista lleva tres meses colgada en el salón.
Don Álvaro Anguita se recostó en la silla con la cara de un hombre que acaba de comprender que se está casando con otra cosa.
—O sea, que esa mujer os está organizando la boda desde el más allá.
—Esa mujer nos está organizando la boda desde marzo —dijo Clara—, que es distinto y peor.
Y lo que yo apunté, en el cuaderno pequeño, fue esto: que aquella familia, que llevaba cuatro meses sin ponerse de acuerdo en nada —ni en el arroz, ni en el jamón, ni en si vender una casa de un millón cuatrocientos mil euros—, no discutió ni un segundo la autoridad de un papel cuadriculado escrito a mano por una muerta.
Ni siquiera Chelo.
Sobre todo, no Chelo.
A las seis, cuando Sonia recogía y Pilar hacía cuentas en voz alta, alguien recordó que faltaba decidir el vino y que las tres botellas se habían terminado.
—Bajo yo a la bodega —dije.
—No hace falta, Nora, que...
—Bajo yo. Llevo tres horas sin ser útil y me está costando la salud.
La bodega de Corbeira está bajo el ala norte y se entra por una escalera de piedra con un escalón más alto que los demás, del que Maruxa me había avisado el primer día y del que, por supuesto, me olvidé.
Abajo hace catorce grados todo el año, huele a tierra y a corcho, y hay cuatro botelleros de obra, la mayoría vacíos. Encontré enseguida las cajas del vino de la boda, todavía precintadas. Cogí dos botellas.
Y al girarme, con la linterna del móvil, la luz barrió la pared del fondo.
Contra esa pared, entre un banco de trabajo y un montón de cajas de embalaje viejas, había una estantería metálica de cuatro baldas.
Y en las baldas, alineados, con las etiquetas escritas a mano en el lomo, había once o doce archivadores de cartón.
De los antiguos, de los de gomas, con las esquinas reforzadas con cinta.
Me acerqué con la linterna.
Las etiquetas estaban escritas con letra picuda.
CONSERVACIÓN 1998-2004. TEJADO. LINDES VECINO. IBI. CAMILO — MÉDICOS. ALMACÉN, LIQUIDACIÓN.
Y abajo del todo, en la balda que tocaba el suelo, dos archivadores más gordos que los demás, con la etiqueta escrita con la misma letra pero en una tinta distinta, más antigua, casi violeta:
1958 — 1966.
Me quedé de pie en una bodega a catorce grados, con dos botellas de albariño de Meaño en la mano izquierda y la linterna en la derecha, mirando ocho años de la vida de una mujer a la que no conocí, ordenados por ella misma, en la única habitación de aquella casa donde nadie entra en agosto.
Arriba, muy lejos, se oía al padre Lino cantando.