LA MOTO NEGRA
Era media mañana.
Lorenzo se había quedado trabajando en el taller y yo había salido sola a dar una vuelta.
El mercado estaba lleno de vida. Voces por todas partes. Vendedores llamando a los clientes, gente negociando precios, conversaciones que mezclaban italiano y francés con naturalidad. El aire olía a especias, a fruta madura y a pan recién hecho.
Caminaba despacio entre los puestos cuando lo sentí.
Esa sensación. La de que alguien me observaba.
Me giré.
Nada.
Solo gente pasando, turistas mirando los productos, una mujer discutiendo el precio de unos tomates.
Seguí caminando. Intenté ignorarlo.
Entonces oí el motor. Un sonido bajo, grave.
Me giré de nuevo.
Una moto negra, al fondo de la calle, inmóvil junto a la acera. No distinguía el rostro del conductor. Solo el casco oscuro… orientado hacia mí.
Observándome.
Sentí algo frío recorrerme la espalda.
Saqué el teléfono del bolso con aparente calma, como si revisara un mensaje. Intenté enfocar la cámara.
En ese mismo instante, el motor rugió. La moto arrancó. Demasiado rápido.
Levanté el teléfono para captar la matrícula, pero ya era tarde: el conductor giró por una de las calles estrechas y desapareció entre los edificios.
Bajé el teléfono despacio.
Me quedé quieta en mitad del mercado, con el corazón latiéndome demasiado deprisa.
La sensación en el estómago no era miedo. Miré a mi alrededor una vez más. La gente seguía con sus compras, las voces se mezclaban en el aire, todo parecía normal.
Pero yo lo sabía: aquello no había sido casual.
Alguien me había encontrado.
Entré rápido en el apartamento.
Lorenzo ya había vuelto. Estaba en el salón, inclinado sobre la mesa con algunos papeles del taller. Levantó la vista en cuanto oyó la puerta.
—¿Todo bien? —preguntó.
Dejé el bolso sobre la silla sin responder de inmediato. Sentía el pulso aún acelerado.
—Creo que me estaban siguiendo —dije sin rodeos.
Lorenzo se quedó inmóvil. Durante un segundo no dijo nada.
—¿Estás segura?
—Casi.
Suspiró.
—¿Quién crees que puede ser?
—Aún no lo sé.
El silencio que siguió se volvió pesado. Dejó los papeles sobre la mesa y se acercó despacio, estudiando mi cara como si intentara medir cuánto había de miedo en ella.
—Sofía…
Negué ligeramente con la cabeza.
—No quiero que te pase nada.
—No me va a pasar nada.
Suspiré.
—No entiendes cómo funciona mi mundo.
Lorenzo respiró hondo, como conteniendo algo. Durante unos segundos miró hacia la ventana abierta, por donde entraba el sonido lejano del mar con la brisa de la tarde.
—Había pensado algo —dijo al fin, con cierta duda.
Lo miré.
—Este verano podríamos ir a Sicilia. —Una leve sonrisa apareció en su rostro—. Quiero que conozcas a mi familia.
La forma en que lo dijo era tan sencilla, tan normal, que sentí un nudo en el pecho.
Ya sabía la respuesta antes de hablar.
—No puedo.
La sonrisa desapareció.
—¿Por qué?
—Porque los pondría en riesgo.
Su expresión cambió. Algo se tensó en su mandíbula.
—Entonces esto nunca será normal.
El silencio volvió a instalarse entre nosotros.
—Nunca —susurré.
Lorenzo me sostuvo la mirada unos segundos.
—Sofía… yo soy normal. Tú lo sabes.
Sentí el peso de esas palabras.
—Yo no.
Bajó la mirada. Se pasó una mano por la nuca, pensativo.
—¿Y cuánto tiempo crees que podemos vivir así?
La pregunta quedó suspendida en el aire.
Fuera, el mar seguía respirando lentamente.
Sin embargo, desde que había llegado, la felicidad dejó de sentirse segura.
SEMPRE
La tarde estaba en calma.
La luz entraba dorada por las ventanas altas del salón, rebotando en las paredes claras del apartamento. Olía a café y a pintura seca. Yo estaba sentada en el sofá, con las piernas recogidas, fingiendo trabajar en el portátil mientras en realidad lo observaba.
Lorenzo dibujaba concentrado, apoyado en la mesa baja, con el lápiz entre los dedos manchados de grafito. De vez en cuando fruncía el ceño, se inclinaba un poco más y respiraba despacio.
Era una escena tan normal, tan tranquila, que casi dolía.
Entonces sonó el timbre.
Los dos levantamos la cabeza. No esperábamos a nadie.
Volvió a sonar.
Lorenzo se levantó sin prisa, pero al mirar por la mirilla su espalda se tensó de inmediato. Giró la cabeza hacia mí.
—Es la policía.
El aire desapareció de golpe.
—Escóndete —susurró.
No discutí. Me levanté y fui rápida hacia la habitación, cerrando casi por completo la puerta. Dejé una pequeña rendija.
Abrió.
— Bonsoir, monsieur . —Buenas tardes… —Policía de Mentón. Solo queremos hacerle unas preguntas. —Claro…
Mi corazón golpeaba con tanta fuerza que sentía el pulso en la garganta.
—Buscamos a la señora Sofía. También conocida como la Intérprete. ¿Se encuentra aquí?
Un segundo de silencio.
—No —respondió él—. No está aquí.
—¿La conoce? —Sí. —Las autoridades internacionales nos han pedido colaboración. Solo necesitamos hablar con ella, nada formal.
Otra pausa.
—Ya se fue —dijo Lorenzo—. Hace días. No he sabido nada más de ella.
—Si sabe algo más, agradeceríamos su ayuda. —No puedo ayudarles. —De acuerdo. Si vuelve a verla, por favor comuníquenoslo. —Sí.
Pasos. La puerta se cerró.
No salí enseguida. Necesité unos segundos para respirar.
Cuando abrí, Lorenzo estaba en medio del salón, inmóvil.
Nos miramos.
—Eran ellos —dije.
—Sí.
El silencio volvió a caer.
Me acerqué despacio y nos abrazamos, pero no fue un abrazo de alivio, sino tenso, contenido.
Me aparté primero.
—Has mentido por mí.
—No pasa nada.
—Claro que pasa —respondí—. Y cada vez tendrás que mentir más.
—Lo haría mil veces.
—Eso es lo que no entiendes —mi voz bajó—. No es una vez. Es una vida entera así.
Me sostuvo la mirada.
—No me importa.
—A mí sí.
El silencio se volvió más denso.
—No te mereces esto, Lorenzo.
—Estoy eligiéndolo.
—No —negué—. No sabes lo que eliges. Te lo digo por experiencia.
Su mandíbula se tensó.
— Entonces, explícame.
Respiré hondo.
—Hoy ha sido la policía local. Mañana será otra cosa: preguntas, miradas, mentiras constantes. Tendrás que pensar antes de hablar, de abrir la puerta, de responder al teléfono. Vivirás vigilando cada palabra.
Hice una pausa.
—Y eso te va a cambiar.
—Lo decides tú por mí.
—Lo sé porque ya lo he vivido. Porque yo vivo así.
El silencio se hizo más pesado.
—No puedo pedirte eso.
—No me lo estás pidiendo —respondió—. Me estoy quedando.
Lo miré.
—¿No lo entiendes? —susurré—. Esto solo va a ir a peor.
Bajó la mirada un segundo y, cuando volvió a levantarla, había algo distinto en sus ojos.
—Empiezo a pensar que en realidad no quieres una vida normal.
La frase me golpeó.
—¿Cómo dices?
—Siempre hay una razón. Siempre algo que lo impide. El negocio. El riesgo. Siempre mañana.
—Eso no es justo.
—¿No? —su voz seguía calmada, pero firme—. Yo sí estoy dispuesto a cambiar mi vida… pero tú no.
—No es tan fácil.
—Nunca lo será si no quieres que lo sea.
Me crucé de brazos.
—No tienes ni idea de lo que implica salir de ahí.
—Explícamelo —dijo—. Porque desde fuera parece que simplemente no quieres.
—Claro que quiero —respondí, más alto de lo que pretendía—. Pero hay consecuencias. Personas. Responsabilidades. No es cerrar una puerta y ya está.
—Siempre habrá algo —contestó.
El silencio volvió.
—¿Y lo de Sicilia? —añadió—. Ni siquiera eso.
—Te pondría en riesgo.
—¿Te das cuenta de lo que significa? Significa que nunca podré presentarte a mi familia. Nunca podré formar parte de tu vida. Solo de una parte escondida.
Bajé la mirada.
—No es eso…
—Sí lo es. Yo no quiero verte a ratos. No quiero una vida clandestina.
—Estoy siendo feliz contigo —susurré—. Me estoy quedando un tiempo.
—Yo también estoy feliz. Pero no me basta con eso. No quiero unos meses. Lo quiero todo. Quiero un futuro contigo, Sofía.
El silencio se alargó.
—No puedo prometerte eso aún.
—Entonces siempre habrá algo —dijo—. Sempre .
Me miró unos segundos más. No era enfado. Era duda.
—¿Entonces cuál es la solución? ¿Vas a hacerme como te hicieron a ti?
No reaccioné.
—¿Un día vas a desaparecer de repente?
La frase me atravesó.
—Eso ha sido un golpe bajo, Lorenzo.
—No —respondió en voz baja—. Ha sido sincero.
No supe qué decir. Sentí un peso extraño en el pecho, como si el aire de la habitación se hubiera vuelto más denso.
Lorenzo me sostuvo la mirada un instante más.
—Entonces el problema no es el peligro —dijo despacio—. Es que no estás dispuesta a dejarlo.
La frase dolió más de lo que debía.
—Eso no es verdad.
—Entonces demuéstramelo.
No respondí.
El silencio habló por mí.
Lorenzo se pasó la mano por el pelo, frustrado, pero contenido.
—Tengo que ir al taller.
No sonó a enfado. Sonó a distancia.
Cogió las llaves. Se detuvo un segundo frente a mí, como esperando que dijera algo.
No lo hice.
—Luego hablamos —murmuró.
La puerta se cerró.
El apartamento, de pronto, dejó de sentirse como un hogar.