TODO
VOLVER A TI
El aire del sur de Francia siempre olía distinto. Más limpio. Más ligero.
O tal vez era yo.
Cuando el coche dejó atrás el aeropuerto y empezó a bordear la costa, sentí algo que en Miami casi había olvidado: calma. El Mediterráneo se extendía gris azulado bajo la luz suave de la tarde.
Saqué el teléfono.
No iba a avisarle. Quería darle una sorpresa.
¿Qué haces? Tardó apenas unos minutos.
Trabajo… como siempre.
Adjuntó una foto de una mesa llena de herramientas finísimas, pinceles y fragmentos de madera dorada.
Guardé el móvil sin responder.
—Al taller —le dije al conductor.
Me miró por el retrovisor con discreción profesional.
—Sí, señora.
Las calles de Mentón aparecieron poco a poco: cálidas, estrechas, con fachadas color pastel desgastadas por el sol. Reconocí el camino sin que nadie tuviera que indicármelo.
Mi pulso empezó a acelerarse.
El coche se detuvo.
Bajé.
El taller estaba exactamente igual. La puerta entreabierta, la luz cálida filtrándose hacia la calle silenciosa de final de tarde.
Me asomé despacio.
No entré.
Lorenzo estaba de espaldas, concentrado sobre una mesa alta. Llevaba una camiseta de tirantes blanca, ligeramente manchada de polvo fino de madera. La tela se ajustaba a su espalda, y sus brazos, fuertes, se movían con una precisión casi quirúrgica mientras trabajaba sobre un marco antiguo dorado.
Me quedé mirándolo unos segundos. Incluso así, absorto en su trabajo, cubierto de polvo y luz, resultaba imposible apartar la vista.
Entré despacio.
No me oyó.
El sonido del raspado fino de la herramienta contra la madera llenaba el espacio.
Estaba completamente concentrado. Ajeno al mundo. Y yo, no podía dejar de mirarlo.
Me apoyé en el marco de la puerta, sonriendo sin darme cuenta.
—Creo que vas a desgastar ese pobre marco si sigues así.
La herramienta se detuvo.
Silencio.
Se giró despacio.
Tardó dos segundos en reaccionar.
—… ¿Sofía?
Sus ojos se abrieron, incrédulos.
— Non è possibile .
Di un paso más.
—No podía esperar más para estar contigo.
Durante un instante ninguno se movió.
Luego dejó la herramienta sobre la mesa y cruzó el taller en dos zancadas.
Me rodeó con los brazos con fuerza.
—¿Qué haces aquí…? —susurró contra mi pelo, todavía sorprendido.
—Venir —respondí simplemente.
Se separó apenas lo justo para mirarme, como si necesitara comprobar que era real.
Y entonces me besó.
No fue un beso tímido. Fue urgente, como si los días de distancia se hubieran comprimido en ese instante.
Mis manos subieron a su cuello. Sentí el calor de su piel, el olor a madera, a barniz y a él.
—Pensé que lo estaba imaginando —murmuró.
—Yo también.
Nos reímos en voz baja, aún abrazados.
—No me avisaste…
—Era una sorpresa.
—La mejor de mi vida —dijo, sin soltarme.
Apoyé la frente en la suya.
—Tenía que verte.
Sus dedos recorrieron mi mejilla con suavidad, aún incrédulo.
—Entonces quédate.
Subimos caminando.
Sin coches negros ni seguridad alrededor.
Solo una calle tranquila que olía a lavanda y a sal marina. El edificio era antiguo, de piedra clara, con persianas verdes algo desgastadas por los años. Subimos dos plantas por una escalera estrecha que crujía ligeramente bajo nuestros pasos.
—Es pequeño… —dijo él casi con disculpa mientras buscaba las llaves.
La puerta se abrió.
Y entré.
El apartamento olía a madera, café y pintura al óleo. La luz entraba por balcones estrechos con vistas a los tejados de Mentón y, al fondo, una franja de mar gris azulado.
Libros por todas partes. Bocetos apoyados contra la pared. Una mesa cubierta de herramientas finas. Un sofá gastado, pero limpio. Un tocadiscos antiguo.
Vida real
— Scusa … —dijo con una sonrisa tímida—. No sabía que venías.
—Es perfecto —susurré.
Se giró para responder, pero no llegó a hacerlo.
Nos miramos.
Y volvimos a besarnos.
Reímos contra los labios del otro, torpes, sin saber ni siquiera hacia dónde ir.
—No puedo creer que estés aquí —murmuró.
—Yo tampoco.
Me llevó hacia la cocina sin dejar de mirarme.
—Tengo hambre… pero no de la forma elegante.
—Eso me gusta.
Reímos.
Abrió la nevera.
—Puedo hacer carbonara.
—¿Sabes cocinar?
—Soy italiano —respondió, con un orgullo fingido.
Se movía con soltura, como si todo aquello le perteneciera.
Me apoyé en la encimera observándolo.
—Estás muy sexy de cocinero… pero en el taller todavía más.
Se sonrojó.
—Sofía…
—¿Qué?
Sonrió sin levantar la mirada.
La cocina era minúscula. Nos chocábamos continuamente. A propósito.
Cenamos en la pequeña mesa junto al balcón, rodilla con rodilla, con dos copas de vino y la mejor pasta que había probado en años.
—Está increíble —dije.
—Sabía que te gustaría.
—No hablo de la pasta…
Se detuvo.
—Hablo de ti.
Lorenzo dejó el tenedor despacio.
Me miró como si necesitara asegurarse de haber entendido.
—Sofía…
No terminó la frase. Se levantó.
Su mano encontró mi cintura con naturalidad y me acercó a él.
Me besó, esta vez sin prisa. Más cerca. Más consciente.
—Pensé que tardarías más en volver —susurró.
No respondí.
Volví a besarlo.
Nos levantamos sin separarnos, avanzando entre risas suaves y silencios cada vez más largos.
El apartamento quedó en penumbra.
El mar, al fondo, respiraba en la oscuridad.
Y entre esa luz tenue y el sonido de la noche, dejamos que el tiempo se detuviera.
TODO
Después nos dimos un baño.
La bañera era pequeña y antigua. Nada de mármol, nada de vistas infinitas al mar. Solo azulejos blancos algo gastados y el vapor empañando el espejo.
Pero en ese momento me pareció perfecta.
Me senté frente a él, con las piernas entrelazadas bajo el agua caliente. El calor me relajaba los músculos todavía sensibles. Lorenzo apoyaba la espalda en la pared de la bañera y su mano acariciaba con calma mi hombro.
Durante unos minutos no dijimos nada.
Solo el sonido del agua moviéndose suavemente cuando respirábamos.
Lo miré.
—Estás muy serio.
Suspiró.
—Sofía, ¿por qué no lo dejas? — dijo al fin.
Bajé la mirada al agua. Mis dedos dibujaron una línea en la superficie.
Había estado pensando en eso durante días. Antes de llegar. En el avión. En el coche. Incluso mientras lo veía cocinar.
—No es tan fácil como crees.
—¿Cómo qué no? —dijo—. Tienes dinero, poder. No necesitas más.
—No funciona así.
—Entonces dime cómo funciona.
Levanté la mirada hacia él.
—No es solo un trabajo, Lorenzo. Es toda una estructura. Personas que dependen de mí. Socios. Equilibrios muy delicados. Si desaparezco de repente, todo se rompería. Y alguien ocuparía mi lugar.
Lorenzo no respondió.
Su mano dejó de moverse un instante sobre mi hombro.
—He estado pensando mucho en esto —añadí en voz más baja—. En los riesgos de quedarme. En los de irme. En lo que pasaría contigo si las cosas se complicaran.
Lorenzo guardó silencio.
—Crees que no quiero dejarlo —continué.
—Creo que no puedes —dijo, tenso.
Me acerqué un poco más bajo el agua.
—Si pudiera salir mañana, lo haría. —Lo miré a los ojos—. Lorenzo, contigo soy más feliz de lo que he sido en años.
Sus ojos se suavizaron. Por un instante, pareció dudar.
—Podríamos escapar —dijo.
—No creas que no lo he pensado.
Me miró entonces, muy serio.
—Sofía, quédate a vivir conmigo.
Parpadeé.
—Este apartamento es pequeño —continuó—, pero te haría hueco. Cada día. Cada mañana.
Sentí un nudo en el pecho.
—Te pondría en riesgo.
—No exageres.
—No lo entiendes…
—Entonces explícamelo —insistió—. ¿Qué propones? ¿Una vida a distancia? ¿Vernos solo cuando puedas desaparecer unos días?
No supe qué decir.
El agua se movió suavemente cuando se inclinó hacia mí.
Apoyó su frente contra la mía.
—Sofía… —murmuró—. Yo lo quiero todo contigo. No solo momentos robados. Ni solo noches como aquella. Todo.
Me sostuvo la mirada.
—Los días normales. Las mañanas juntos. Las noches también.
Cerré los ojos un instante sin responder.
La respuesta me daba miedo.
—No tiene sentido —dijo—. Tú vuelas miles de kilómetros… yo cuento los días… y cuando estás aquí, todo parece estar en su sitio.
Se acercó un poco más.
—Quédate. Al menos un tiempo.
Lo miré sin saber qué responder.
—No hablo de para siempre… —añadió con una sonrisa tímida—. Solo dejemos de separarnos cada dos días.
Me reí, nerviosa.
—Tengo una vida allí.
—Y aquí tienes otra.
Silencio.
—Podrías trabajar desde aquí un tiempo —continuó—. Yo trabajo, tú trabajas… y por la noche cenamos juntos. Normal.
Normal.
La palabra se me clavó.
—¿Normal? —susurré.
—Sí… —me acarició la mejilla—. Contigo, todo es fácil. No lo compliques.
Lo miré unos segundos. Y asentí.
—Está bien. Pediré a mis hombres que me traigan lo necesario para quedarme un tiempo.
Lorenzo sonrió, satisfecho.
Dos días después, me trajeron algunas de mis cosas: ropa, documentos, varios dispositivos. Lo necesario para quedarme allí un tiempo.
El apartamento de Lorenzo no tenía mucho espacio, pero no me importaba. De hecho, me gustaba.
Aquel lugar me parecía más hogar que cualquiera de mis propiedades.
Semanas después, la vida empezó a tomar ritmo.
Por las mañanas bajábamos al mercado. Fruta fresca, tomates enormes, pan crujiente aún caliente. La mujer del puesto ya me conocía.
— Bonjour , Sofia.
Yo sonreía. Aún me resultaba extraño que alguien me saludara sin miedo, sin interés, sin saber nada.
A veces cruzábamos la frontera a pie hasta Italia, solo para tomar un gelato , un pansarole o pasta al pesto.
—Esto es absurdo —decía riéndome—. Hemos cambiado de país solo por un helado.
—Los mejores motivos siempre son absurdos —respondía él.
Por las tardes iba a su taller. Me sentaba en silencio mientras trabajaba, concentrado, con las manos manchadas de pigmento, la luz cayendo sobre sus hombros.
Podía pasar horas mirándolo.
—¿Qué pasa, Sofía? —preguntaba sin levantar la vista.
—Nada.
Pero era mentira.
Podría haberme quedado así toda la vida. Cocinábamos juntos en la pequeña cocina: pasta, vino italiano, música suave.
Dormíamos abrazados. Hacíamos el amor despacio, sin prisa, como si no hubiera nada más fuera de esas paredes.
Veía a Santini casi cada semana. Bromas, cenas largas, risas.
Y, poco a poco… empecé a creer que quizá sí era posible.
Trabajaba a distancia. Era incómodo, complicado, pero cada día me importaba menos.
Llevábamos meses así.
Y yo era feliz.