La Intérprete PASAR PÁGINA
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PASAR PÁGINA

Esa mañana fui directamente al despacho de Claire. El edificio ya estaba en marcha: ascensores silenciosos, trajes impecables, miradas que no preguntaban. Claire me recibió con un gesto profesional, casi cercano, y esa mirada afilada que reservaba para la estrategia.

—Siéntate —dijo—. Cuéntame cómo ha ido.

Me acomodé frente a ella y le expuse la estructura en Florida: lo que ya estaba en marcha, la distribución de funciones, las capas diseñadas para no quedar expuestos, los nombres visibles y los que no.

Claire escuchó sin interrumpir, tomando notas rápidas.

—Bien. Has hecho algo clave: no centralizar. Eso te protege.

—No quiero cometer errores —respondí—. Todo funciona… pero sé que ahora es cuando más cuidado hay que tener.

Asintió.

—Exacto. A partir de ahora, cada movimiento debe parecer lógico, casi aburrido. Nada que destaque. Nada que invite a mirar dos veces.

—¿Algún consejo legal concreto?

—Sí —levantó la vista—. No firmes nada directamente. Usa siempre sociedades puente. Y, sobre todo, evita vínculos personales que puedan exponerte.

Se quedó mirándome unos segundos más de la cuenta.

—Te noto diferente.

No era una pregunta. Era una constatación.

—¿Diferente cómo?

Claire ladeó la cabeza, observándome.

—Más segura. Más presente. Más… viva.

Hizo una pausa.

—¿Hay algo nuevo que deba saber?

Respiré hondo.

—Me estoy viendo con alguien.

Claire no se sorprendió, pero sí se tensó levemente.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace poco.

—¿Es serio?

—No.

Me miró con esa mezcla de abogada y amiga que solo ella sabía manejar.

—Sofía, ahora eres poderosa. Y cuando una mujer es poderosa, mucha gente se acerca con segundas intenciones.

—En este caso —dije con calma— fui yo quien se acercó.

Eso le hizo arquear una ceja.

—¿Puedo saber el nombre? No por curiosidad. Por evaluar riesgos.

Dudé apenas un segundo.

—Thiago Cruz.

La reacción fue inmediata. Claire apoyó la espalda en la silla, cruzó los brazos y soltó el aire despacio.

—¿Ocurre algo?

—No es precisamente un santo —dijo con franqueza—. Mujeriego, impulsivo, poco previsible. No tiene mala fama en los negocios… pero en lo personal deja mucho que desear.

—No tenemos nada serio —aclaré—. No quiero nada serio por ahora.

Bajé un poco la voz.

—Elías sigue ahí.

Claire sostuvo mi mirada.

—No lo dudo. Pero el corazón no siempre protege.

Se inclinó hacia mí.

—Solo te pido una cosa: no dejes que nadie te rompa otra vez. Ya has pasado suficiente.

Luego su expresión cambió. Más suave. Más orgullosa.

—Dicho esto… —sonrió levemente— me gusta la Sofía que tengo delante. Decidida. Clara. Con poder.

—Estoy aprendiendo a usarlo.

—Hazlo —dijo—. Pero sin perderte.

Claire cerró la carpeta y, cuando la reunión parecía haber terminado, levantó la vista de nuevo.

—Por cierto, Sofía… Tengo una pregunta. Es delicada.

Hizo una breve pausa.

—Tu estado civil.

Sentí cómo algo se tensaba en el pecho.

—Legalmente —continuó—, dada la desaparición de Elías, tenemos dos opciones: mantenerte como mujer casada… o solicitar que se te declare viuda.

Viuda.

La palabra me atravesó como una bala silenciosa. No dolió de golpe, sino hondo.

—No tenemos una confirmación absoluta —añadió—, pero la ley en Florida permite declararlo así cuando una desaparición se prolonga sin rastro.

Hizo una pausa.

—No tienes que responderme hoy. Cuando lo tengas claro, lo ajustamos en tus papeles.

Bajé la mirada, casi por instinto, hacia mi mano izquierda.

Mi dedo estaba desnudo. Pero el fantasma seguía.

Cerré los ojos unos segundos. Respiré.

Pensé en París. En la chaqueta. En ese 0,5% de esperanza que se negaba a morir.

Y, aun así, supe la respuesta.

—Claire… —dije—. Lo tengo claro.

La miré de frente.

—Puedes declarar mi viudedad. Ya es momento de pasar página.

Claire no sonrió por cortesía. Sonrió con comprensión.

—Es lo que más te beneficia legalmente —asintió—. Te desvincula por completo de cualquier operación de Elías si el caso se reabre. Es una decisión inteligente.

—No solo es legal —respondí en voz baja—. Es necesaria.

Nos despedimos con un gesto sincero, sin dramatismos. Claire me acompañó hasta la puerta.

—Estoy orgullosa de ti.

Salí del despacho.

Ya en el coche, sentada atrás mientras avanzábamos por la ciudad, apoyé la cabeza en el cristal.

La palabra seguía resonando dentro de mí.

Viuda.

Tenía demasiado peso, demasiada historia, demasiado dolor comprimido en cinco letras.

No tenía la certeza absoluta de que Elías no fuera a volver. Ese maldito 0,5% seguía ahí, latiendo como una herida que no terminaba de cerrarse.

Pero con esa decisión había hecho algo irreversible. Para el mundo, para la ley y, sobre todo, para mí.

Elías había muerto. Quizá no en el océano. Quizá no en un avión. Pero sí en el único lugar donde aún existía: en mi vida.

A veces, pasar página no era olvidar, sino simplemente seguir viviendo.