La Intérprete LA JUGADA MAESTRA
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LA JUGADA MAESTRA

Me desperté antes que él.

La luz de Miami entraba filtrada por los ventanales, dibujando sombras suaves sobre su cuerpo. Boca arriba, respiración profunda, la piel morena marcada, los tatuajes recorriéndolo como si contaran algo sin palabras. Impecable.

Y, aun así, vulnerable.

Se movió apenas.

Abrió los ojos despacio y, al encontrarme mirándolo, sonrió con esa mezcla de descaro y calidez que empezaba a reconocer demasiado bien.

—Buenos días —dijo, con la voz aún grave. —Buenos días —respondí—. Esta vez… llegamos a la cena.

Rió.

—Y la cena fue solo el principio.

Se incorporó sobre un codo, observándome sin prisa. Sin máscaras.

—He estado pensando —añadió, ya más serio—. En tu propuesta.

No cambié la expresión.

—¿Y?

—Me juego mucho, Sofía. Mucho. Si Ríos se entera… —negó—. No es solo dinero. Es territorio. Es guerra.

Me incorporé, apoyando la espalda en el cabecero.

—Por eso no se va a enterar.

—Eso dice todo el mundo antes de que estalle.

—No todo el mundo tiene mi estructura —respondí—. Ni mis rutas. Ni mis garantías.

Me miró distinto.

—Háblame de la seguridad.

—Tres capas. Entrada fragmentada, distribución por terceros, salida limpia. Tú no tocas la mercancía hasta que está colocada. Y tu nombre no aparece.

—¿Y si alguien tira del hilo?

—No habrá hilo.

Silencio.

—¿Y qué ganas tú?

—Acceso. Miami es clave. Y tú tienes las puertas.

Sonrió, despacio.

—Eres peligrosa. —Te advertí.

Se inclinó hacia mí.

—Tengo condiciones.

No aparté la mirada.

—Te escucho.

—No tendrás exclusividad.

Asentí, como si ya lo hubiera previsto.

—No te la he pedido. Solo discreción… y cumplimiento.

Hubo una pausa breve.

—¿El porcentaje?

Le di la cifra.

Sin titubeos.

Alzó ligeramente las cejas.

—Ambicioso.

—Rentable.

Se pasó la mano por la barba, pensativo, sin dejar de observarme.

—Si acepto… —dijo al fin— no hay marcha atrás.

—Nunca la hay.

Sostuvo mi mirada unos segundos más, calibrando algo que no necesitaba nombrar.

Después, asintió.

—De acuerdo. Entro.

No sonreí. Solo asentí.

Dejó de ser conversación.

Thiago se acercó. Su mano en mi cintura, firme, acercándome sin margen.

—Negociar contigo debería ser ilegal —murmuró. —Te acostumbrarás.

Me alzó con facilidad, riendo, y me sentó sobre él.

El mundo volvió a reducirse.

Respiraciones.

Miradas.

Esa energía que no pedía permiso.

—Esto… —susurró— es un riesgo que quiero correr.

Lo besé.

Sin responder.

Y la mañana quedó suspendida, entre acuerdos sellados y todo lo que no hacía falta decir.

Volví a casa entrada la noche. Todo en orden. Todo en calma. Dejé el bolso sobre la encimera, serví agua y marqué el número. Respondió al segundo tono.

—Intérprete —dijo el cubano, con esa voz siempre a medio camino entre la broma y la alerta—. Dime que no llamas solo para charlar.

Sonreí.

—Tenemos trato.

Un segundo de silencio. Luego, una carcajada grave al otro lado.

—¿Eso es verdad? ¿Lo conseguiste?

—Te dije que lo haría.

—Asere… —exhaló—. Esta es la mejor noticia en mucho tiempo.

—No te emociones todavía —lo frené—. Ahora, foco. Nada de distracciones.

—Como ordene la patrona —bromeó—. Te escucho.

—Quiero mover la primera operación cuanto antes —continué—. Pequeña, limpia, sin ruido. Para marcar territorio.

—Me gusta cómo piensas.

—Habrá preparativos. Te avisaré para coordinar rutas, tiempos y gente. Quiero una reunión cerrada. Solo los imprescindibles.

—Cuenta con ello —respondió, ya serio—. Me concentro al cien por cien. Esto puede ser muy grande, Intérprete.

—Lo va a ser —dije—. Pero solo si lo hacemos bien.

—Entonces adelante. Estoy contigo.

Colgué despacio.

Me quedé mirando la ciudad a través del ventanal. Miami brillaba, indiferente, hermosa, peligrosa.

Todo estaba en marcha.

Y esta vez, el tablero era mío