JUEGO DE FUEGO
EL VODKA
La cena con Santini fue en un restaurante clásico moscovita, detenido en otra época. Madera oscura, lámparas bajas, cortinas gruesas aislando el frío. Fuera, hielo y silencio. Dentro, vapor, voces bajas, platos humeantes.
Pedimos borsch, espeso, rojo profundo. Luego, un stroganoff cremoso que Santini celebró como otra victoria del día.
—Esto sí que es comida de invierno —dijo, frotándose las manos—. Nada de ensaladas tristes. —Aquí una ensalada sería un insulto.
Al salir, el frío nos golpeó de lleno. El aire cortaba la cara, los dedos dolían dentro de los guantes.
—No siento las manos —me quejé—. Creo que se me van a caer. —Eso se arregla —dijo—. Vamos al lounge del hotel. O nos congelamos aquí mismo. —¿Otra copa? —lo miré con media sonrisa—. ¿Después de negociar con Volkov? —Precisamente —respondió—. Te la has ganado.
Caminamos rápido, casi riendo, entrando al hotel como quien se refugiaba de una tormenta. El lounge era sobrio, cálido, en contraste con el exterior.
—Vodka —dijo Santini—. El mejor que tengan.
Lo miré, incrédula.
—¿En serio? Apuestas fuerte. —No estamos en Moscú todos los días, Sophie.
El camarero dejó la botella y los vasos, serio. Sin una sonrisa.
Santini esperó a que se fuera.
—Estos rusos no sonríen nunca. —Cállate —le dije, riendo—. Nos van a echar. —Nadie nos entiende —respondió, guiñándome un ojo.
Bebimos. El vodka bajó como fuego.
—Dios… —tosí—. Esto quema. ¿Cómo puedes beber esto sin pestañear?
Santini se rio. —En Francia, en los clubes, lo mezclan con Red Bull.
—¿Qué dices? —lo miré horrorizada—. Qué horror.
—Mis primeras cogorzas fueron así —admitió—.
Juventud mal empleada. —Y luego te quejas de la comida mexicana —le pinché—.
Tu estómago aguanta vodka con Red Bull y no un chile.
Reímos tanto que pedimos otra botella. Y luego otra.
El calor subió despacio. Las mejillas ardían, la risa salía fácil.
—Me está entrando calor… y risa. —Eso es el vodka. No perdona.
Hubo un momento de calma. Miré el vaso.
—¿Te gusta Miami? —Me gusta verte allí —respondió—. Pero dime tú.
Suspiré.
—Echo de menos México. Siempre. La gente, la cultura, la comida… Miami es distinto. Me enamoré del amanecer allí. Cosmopolita, luminosa… tiene algo.
Bebí.
—Tengo todo lo que nunca imaginé —dije en voz baja—. Todo… menos lo que de verdad quisiera tener.
Santini no preguntó.
—Tu familia y el Halcón.
Asentí.
—Mi madre… y mi hermana. No hay un día en que no piense en ellas. Tragué saliva. —Daría cualquier cosa por volver a escucharlas.
Bajé la mirada.
—Y el Halcón… —seguí—. Me abandonó. Y aun así… daría cualquier cosa porque volviera.
Silencio.
—¿Lo perdonarías? —preguntó al fin.
Pensé.
—Creo que sí.
Me miró con ternura.
—¿Y Thiago?
—Es distinto. Completamente. Impulsivo, fuego puro. Sin contención. Elías era… otra cosa. Misterio, control.
Bebí.
—Y no sé si estoy haciendo lo correcto.
—No tienes que sentirte mal —dijo—. Estás viva, Sophie. Tú no te fuiste.
Sonrió.
—¿Y tú? —le devolví—. Nunca hablas de tu vida. ¿No hay nadie?
Se rió.
—Muchas… pero ninguna especial. Soy un alma libre.
—Te haces el duro. —El compromiso no es lo mío —admitió—. Prefiero no deber nada a nadie. En esta vida… es lo más sensato. —Es una forma de protegerte. — Exactement .
Seguimos bebiendo, riendo, hablando de nada. De viajes, de anécdotas absurdas.
Solo amistad.
Al subir, caminábamos en zigzag por el pasillo. El personal ruso, imperturbable.
—Míralos —susurró Santini—. Ni borrachos se ríen.
Me reí tanto que tuve que apoyarme en la pared.
Nos despedimos.
— Bonne nuit, Sophie . —Buenas noches, francés incorregible.
Cerré la puerta con una sonrisa cansada.
Aquella noche, por primera vez en mucho tiempo, no soñé con Elías.
Me desperté con la sensación de que alguien me taladraba el cráneo desde dentro.
No sabía ni qué hora era. Abrí un ojo, luego el otro, y el simple gesto de mover la cabeza hizo que el dolor se intensificara. Estiré el brazo a ciegas hacia el reloj de la mesilla.
Las once.
Once.
—¿Once…? —murmuré—. Esto no es normal.
Había dormido más que nunca. El vodka. Definitivamente el vodka.
Me incorporé despacio, muy despacio, como si cualquier movimiento pudiera partirme en dos. El mundo dio una pequeña vuelta.
—Genial —susurré.
Me puse la bata y, arrastrando los pies, salí al pasillo. Tenía la sospecha de que no era la única en ese estado. Llamé a la puerta de Santini.
Una vez. Dos. Tres.
Nada.
Cuando estaba a punto de rendirme, la puerta se abrió apenas unos centímetros. Santini apareció con el pelo revuelto, la camisa arrugada y una expresión que no le había visto nunca: puro malestar.
En cuanto lo vi, me entró la risa.
No era gracioso. Pero la situación, sí.
—¿De qué te ríes? —gruñó—. Estoy fatal del estómago, Sophie.
Y ahí ya no pude contenerme. Me apoyé en el marco de la puerta, doblada de la risa.
—Perdón… perdón… —intenté—. Es que… tienes una cara…
—No te rías —protestó—. No sabes lo mal que estoy.
—El vodka —dije, señalándolo—. Definitivamente el vodka.
—Y el segundo vodka —añadió—. Y el tercero.
—Yo tengo un dolor de cabeza horrible —confesé—.
Horrible. — Oui —asintió—. Yo también. Pero lo mío ha bajado directo al estómago.
Esto es una conspiración rusa, te lo digo.
Nos miramos unos segundos. Despeinados, ojerosos, en bata. Muy lejos de la versión de la noche anterior.
Y volvimos a reír.
—Sophie —dijo de pronto, bajando la voz con solemnidad—, esto se queda entre nosotros. Secreto de Estado. —Por supuesto —respondí—. Nuestra reputación depende de ello. —Si alguien pregunta, ayer bebimos agua. —Mineral —añadí. —Con gas —remató.
Volvimos a reír.
—Voy a darme una ducha —dije—. Necesito sentirme humana otra vez. —Buena idea —respondió—. Yo intentaré sobrevivir. —Te espero en el lobby cuando estés… —lo miré de arriba abajo, con fingida seriedad— presentable. —Eso puede llevar tiempo —murmuró. —No tengo prisa.
Nos despedimos entre risas y cerré la puerta.
Más tarde, ya algo recompuestos, el vuelo de vuelta fue tranquilo. Silencioso. Sin excesos.
Para el estómago de Santini, algo menos.
Fue un viaje distinto. Ligero. Anecdótico.
Pero lo importante era otra cosa: un socio difícil había confiado en mí. Y ahora tenía tres meses para demostrarle quién era.
Y esta vez lo haría despierta.
Sin vodka.
JUEGO DE FUEGO
El primer día de vuelta al despacho me recibió en silencio.
El ático de Brickell, bañado por la luz blanca de la mañana. Rascacielos reflejándose en los ventanales. La ciudad despertando abajo.
Dejé el bolso sobre la mesa.
Entonces lo vi.
Un ramo de rosas.
Blancas. Impecables. En el centro exacto del escritorio.
No necesité leer la tarjeta para saber de quién eran.
Aun así, lo hice.
Bienvenida de vuelta. Te invito a cenar esta noche. A ver si esta vez llegamos a la cena.
Thiago.
Sonreí.
El gesto me gustó. Más de lo que pensaba admitir. No estaba acostumbrada. Con Elías casi nunca los hubo… salvo en París. Y ya sabía cómo había terminado.
Aparté el ramo y me senté.
El trabajo no esperaba.
La mañana fue un torbellino. Llamadas, videoconferencias cifradas, documentos. Volkov. Rutas hacia Asia y Europa. Florida aún por construir.
Todo tenía que encajar.
Yo estaba al mando.
Y lo sabía.
Aun así, entre cifras y nombres, mi mente volvía a la cena.
No sería solo una cita. Sería una negociación. Quizá la más delicada. Thiago Cruz no era un hombre fácil y yo no podía permitirme errores.
Cada palabra. Cada silencio. Cada gesto.
Todo medido.
El problema era otro.
Las emociones empezaban a colarse.
Y eso podía ser tan peligroso como cualquier enemigo.
El restaurante estaba envuelto en luz cálida. Elegante. Tres estrellas Michelin. Mesas separadas, voces bajas, copas que sonaban suave.
Un lugar donde todo se decía sin palabras.
Llegué unos minutos tarde.
A propósito.
Vestido negro, ceñido, insinuándose al caminar. Tacones rojos marcando el ritmo. Cabello suelto, ondulado.
Thiago ya estaba allí.
Cuando me vio, se detuvo un instante.
Sonrió.
—Vaya… —dijo al acercarse—. Sabes cómo entrar. —Pensé que era una cena.
Sonrió, ladeado.
—Lo es. Pero algunas cenas se recuerdan.
Nos sentamos.
Su atención era constante. Imposible de ignorar.
Yo sí fingía distraerla. O lo intentaba.
Pidió vino sin consultar. Seguro. Acostumbrado. Lo dejé hacer.
—Así que… —dijo—. Empresaria, española, misteriosa. Y ahora esto. —No hace falta hablar mucho cuando sabes lo que quieres. —¿Y qué quieres esta noche?
Sostuve su mirada.
—Ver hasta dónde llegas sin perder el control.
Rió bajo.
—No estás acostumbrada a hombres como yo. —Al contrario. Por eso sé cuándo empiezan a perder ventaja.
La cena avanzó entre dobles sentidos.
Negocios sin nombrarlos.
Lealtad disfrazada de deseo.
Cada vez que se inclinaba, yo no retrocedía.
Pero tampoco cedía.
Eso lo descolocaba.
—Eres peligrosa —murmuró, cerca—. No porque no quieras… sino porque sabes esperar. —Y tú eres impulsivo. Interesante. Y vulnerable.
Sus dedos rozaron los míos.
No los retiré.
Tampoco los busqué.
Lo dejé arder.
Cuando terminó la cena, la tensión era densa.
—No quiero que acabe aquí. —Entonces no debería.
El taxi era demasiado pequeño.
Reflejos en el cristal. Rodillas que se rozaban. Respiraciones contenidas.
No nos besamos.
Aún no.
El ascensor fue otra cosa.
Sus manos bajaron de mi cintura, deteniéndose más abajo. Las mías en su cuello. La puerta se cerró.
Y con ella, el control.
Nos besamos sin cálculo. Deseo sin rodeos.
—Esto no estaba en el plan —murmuró. —Por eso funciona.
Entre besos, las llaves cayeron al suelo; reímos y Thiago abrió la puerta de su apartamento.
Dentro, la ciudad brillaba tras los ventanales.
No la miramos.
La ropa dejó de importar.
Las palabras, también.
Solo quedaba el pulso.
Nos dejamos caer sobre la cama.
Sin estrategia.
Sin distancia.
Hasta ese momento, yo había llevado el control.
Pero el fuego ya no distinguía.