DESAYUNO MEXICANO
El desayuno con Santini fue, en días, lo más parecido a la normalidad.
Santini miraba el plato con una mezcla de curiosidad y resignación.
—Te voy a decir una cosa, Sophie —dijo, llevándose la mano al estómago—. La comida mexicana empieza a pasarme factura. No sé cómo sobrevives aquí.
Solté una risa. La primera en días.
—Al principio es duro —admití—. El picante es… brusco. Luego te acostumbras.
Alzó una ceja.
—¿Acostumbrarse? —probó un bocado con cautela—. Lo que no entiendo es por qué, cuando preguntas “¿pica?”, todos dicen que no… y pica todo.
Nos miramos y estallamos en carcajadas.
—Porque para ellos no pica —dije—. Ese es el problema.
Santini negó con la cabeza, teatral.
—Eso debería venir advertido por ley internacional.
—Pero hay algo indiscutible —añadí—: los mejores desayunos del mundo son los mexicanos.
Se llevó una mano al pecho, fingiendo ofensa.
— Pardon ? ¿Y un buen croissant crujiente, mantequilla francesa, mermelada casera, café bien hecho?
—Eso es elegante —le concedí—. Pero esto… —tomé una tortilla— levanta a un muerto.
—O lo manda directo al hospital.
Reímos otra vez.
Y entonces lo noté: el peso en el pecho cedía, apenas lo justo para respirar.
El silencio que siguió fue cómodo.
Lo miré.
—Gracias por estar aquí.
Santini sonrió, sin ironía.
—Para eso están los amigos, Sophie. Para aparecer cuando todo se cae… y recordarte que sigues en pie.
Le devolví la sonrisa, con los ojos húmedos y el corazón un poco más ligero.
Por primera vez en mucho tiempo, el día no empezó doliendo.