La Intérprete EL FAVOR
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EL FAVOR

Me senté sola en el salón, con el teléfono entre las manos. La pantalla estaba llena de notificaciones sin abrir.

Todo avanzaba sin esperar.

El Mono estaba nervioso. El Chuso también. El socio de Culiacán había llamado dos veces, con un tono que no dejaba margen.

Todos lo sabían.

Nadie lo decía.

Sin el Halcón, nada era igual.

Y no se equivocaban.

Había operaciones en marcha que exigían liquidez inmediata. Movimientos comprometidos. Gente a la que se le debía dinero. Servicios ya prestados. Lealtades que también comían.

Y yo no podía pagar.

Mis cuentas estaban bloqueadas. Todas. Cada intento terminaba en lo mismo: procedimiento estándar mientras durara la investigación. Como si mi vida fuera un trámite más.

Me recosté en el sofá y cerré los ojos.

Entonces apareció lo otro.

Elías.

La casa vacía. El silencio por las noches. Su chaqueta aún en el armario. El olor que persistía. Su voz, siempre segura, repitiendo que todo estaba previsto.

Y, sin querer, pensé: igual vuelve.

La idea llegó sin permiso.

Igual no se fue del todo.

Igual necesitaba tiempo.

Igual…

La corté.

No servía.

La rabia y la tristeza se mezclaban con algo más útil: el miedo.

Ese que obligaba a moverse.

Abrí los ojos.

Y entonces lo vi claro.

Park.

Me debía una vida.

Y eso, en nuestro mundo, no se olvidaba.

Marqué.

Contestó rápido.

—Sofía.

—Gracias por cogerlo.

—Sé lo del Halcón.

Asentí, aunque no pudiera verme.

—Ha desaparecido.

Silencio.

—Lo siento.

—Voy a seguir al mando —dije—. No podemos parar.

—Confío en ti.

No dudó.

Eso bastó.

—Tengo un problema.

—Te escucho.

Respiré antes de entrar.

—No tengo fondos. Cuentas bloqueadas. No puedo sostener la estructura. Si no pago, se rompe.

No lo suavicé.

—¿De cuánto hablamos?

Le di la cifra.

Pausa breve.

Cálculo.

—Lo tendrás hoy.

No reaccioné enseguida.

—¿Seguro?

—Seguro.

Tragué saliva.

—No debería pedírtelo.

—Me salvaste la vida —dijo—. Esto no es un favor.

Algo cedió dentro de mí.

—Te lo devolveré.

—Cuando puedas.

Sin condiciones.

—¿Cómo lo hacemos? Mis cuentas están congeladas.

—No pasarán por ti —interrumpió—. Lo moveré a través de un tercero en México. Es de confianza. Te llegará limpio.

Cerré los ojos un instante.

—Gracias.

Hubo una pausa.

—Y si necesitas desaparecer un tiempo… Seúl está abierto para ti.

No respondí al momento.

—Lo tendré en cuenta.

—Cuídate, Sofía. La lealtad no desaparece con una persona.

Colgó.

Me quedé mirando el teléfono. El silencio volvió, pero ya no era el mismo.

No era calma, pero había algo distinto. Una red invisible, pero real.

No estaba sola.

El miedo seguía ahí.

La ausencia también.

Y esa idea que volvía cuando bajaba la guardia.

Pero, por ese día, era suficiente.