La Intérprete JUEVES POR LA NOCHE
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JUEVES POR LA NOCHE

El mar frente a la casa estaba negro, inmóvil. La terraza apenas se sostenía en luces bajas y pantallas abiertas. Demasiado silencio.

Elías y yo, frente a frente, cada uno con su dispositivo. Nadie hablaba.

—Ventana abierta —dijo al fin—. Están entrando en puerto.

Asentí.

El canal cifrado se activó. La voz del Chuso llegó limpia, sin interferencias.

—Aquí el pescador. Mar en calma… con niebla.

Seguridad activa.

—¿La carga? —pregunté.

—Aún no bajan la red. Esperamos señal.

Elías se levantó y empezó a caminar.

—Solo cuando cambien el sello —dije.

—Lo sabe.

El icono parpadeó.

—Red abajo.

Noté cómo se me aceleraba el pulso.

—Tiempo. Ahora.

—Copiado. Entramos.

El mar golpeaba abajo, lento, como si no tuviera nada que ver con nosotros.

—Movimiento extraño —dijo el Chuso de pronto—. Vigilante no previsto.

Elías se detuvo en seco.

—¿Color?

—Azul oscuro. No es nuestro.

—Abortamos —dije—. Si no está limpio, se aborta.

El silencio se alargó más de lo necesario.

—Negativo. Se retira. Falsa alarma. Seguimos.

Cerré los ojos un segundo.

—Adelante —dijo Elías.

El tiempo empezó a estirarse.

—Cambio hecho —dijo el Chuso—. El atún ya es nuestro.

Solté el aire despacio.

—¿Salida?

—Limpia. Nadie ha visto nada. El cargamento de Ríos duerme en otro mar.

Nos miramos.

La pausa fue distinta esta vez.

Y entonces, la sonrisa.

—Está hecho.

Elías dejó escapar una risa baja. Se acercó y me rodeó la cintura, como si necesitara comprobar que seguía allí.

—Te lo dije.

Serví dos copas. El vino tembló apenas al caer.

—Por Manzanillo.

Elías alzó la suya, sin apartar la mirada.

—Por lo que viene.