La Intérprete CONTRA RELOJ
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CONTRA RELOJ

Días después sonó el teléfono. Elías miró la pantalla; su gesto apenas se alteró.

—Claire.

Activó el altavoz.

—Tenemos un problema —dijo ella, sin rodeos—. Y esta vez es formal.

Me senté despacio en el sofá. Elías siguió de pie.

—¿Qué tipo de problema?

—Citación judicial. Declaraciones formales. Hay expediente.

Un silencio denso cayó en la habitación.

—¿Para quién? —pregunté, aunque ya lo sabía.

—Para ti, Elías. Y también para Sofía.

Sentí un nudo en el estómago. No era miedo. Era algo más frío.

—Fecha y hora.

—En tres días. Ciudad de México. Comisaría central.

Pausa.

—Os lo dije. Este lugar ya no es seguro. Teníais que desaparecer.

Elías cerró los ojos un instante.

—¿Qué tienen?

—Nada sólido, por ahora —respondió—. Al menos, según mis fuentes. Pero hay indicios: capitales en movimiento, nombres que se repiten, cierta presión política. Cuando las cosas empiezan así, rara vez se detienen.

Me incorporé.

—¿Podemos no presentarnos?

—Eso os convertiría en fugitivos. A partir de ahí, el margen es cero.

Elías respiró hondo.

—Entendido.

—Mi recomendación es clara: preparaos para salir. Ya. Delegad lo posible. Y, sobre todo, no dejéis rastros emocionales. Estaré allí en tres días.

Colgó.

Nos quedamos en silencio.

—Van en serio —dije.

—Sí —respondió —. Y eso nunca trae nada bueno.

Esa misma tarde, Park llamó por la línea encriptada. Su rostro apareció en la pantalla, serio.

—Ha funcionado —dijo sin preámbulos.

Elías y yo intercambiamos una mirada.

—¿Detalles?

—Khan transmitió la información falsa tal como esperábamos. Ríos confió. Movió recursos. Esta noche habrá una operación importante.

Me incliné hacia delante.

—¿Las autoridades?

—Avisadas. No por nosotros. Vías paralelas. Todo limpio.

Elías tensó la mandíbula.

—¿Ríos sospecha?

—Sí —respondió Park—. Y eso es lo interesante: ha reducido el círculo. Cree que hay un traidor.

Un escalofrío me recorrió.

—¿Khan?

Park asintió despacio.

—Todo apunta a él. Si la operación cae como se espera… Khan no sobrevive. Ni política ni físicamente.

Elías apoyó las manos en la mesa.

—Entonces, esta noche es el detonante.

—Exacto. Después de hoy, el tablero cambia.

Colgó.

Me quedé mirando la pantalla negra.

—Esto se está acelerando —dije en voz baja.

Elías me observó con una mezcla de orgullo y preocupación.

—Sí. Y cuando todo se acelera así… alguien se queda atrás.

No supe si hablaba de Khan. O de nosotros.

Por primera vez desde Culiacán, sentí que el tiempo ya no jugaba a nuestro favor.