La Intérprete SIN AVISO
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SIN AVISO

Cenábamos en un restaurante discreto del bulevar Pedro Infante. De esos que parecían normales hasta que mirabas quién ocupaba las mesas del fondo.

Luces cálidas. Música baja. Carne asada humeando. El olor a grasa y carbón mezclado con tequila.

El Chuso estaba relajado. Demasiado.

—Nada mal para Culiacán —dijo, alzando el vaso—. Aquí se come como se negocia: sin adornos.

Sonreí apenas.

—Después del día que hemos tenido, me basta con que no nos miren raro.

—Eso aquí es imposible —respondió—. Siempre hay alguien mirando.

No terminó la frase.

El primer disparo sonó seco. No fue ráfaga: fue aviso. El segundo rompió una ventana.

El restaurante estalló.

—¡Al suelo!

No me quedé paralizada. Sillas cayendo, platos rompiéndose, el olor inmediato a pólvora.

Dos hombres armados entraron por la lateral, sin pasamontañas.

Mi mano ya estaba en el bolso. No pensé. Reaccioné.

Saqué el arma y disparé casi al mismo tiempo que el Chuso se cubría. No apunté a matar, sino a frenar.

Uno retrocedió. El otro respondió al techo.

Cristales, gritos, caos.

Me moví, busqué cobertura y disparé otra vez. El retroceso en la muñeca, firme, conocido.

El ruido me atravesó el pecho, pero no me detuvo.

Nuestros hombres reaccionaron rápido, coordinados. El Chuso también disparaba.

En menos de un minuto, los dos hombres se retiraron. Se fueron como habían llegado: deprisa.

Silencio. Respiraciones agitadas. Un vaso rodando.

—¿Está bien, señora?

Miré mis manos. Firmes.

—Sí.

El Chuso se levantó despacio. Me recorrió con la mirada, incrédulo.

—No manches… Ni un segundo de duda.

Guardé el arma. El corazón golpeaba fuerte, pero mi voz salió estable.

—No era una opción.

Se acercó, bajando la voz.

—Pensé que te quedarías quieta. Que gritarías. Que buscarías cobertura.

Lo miré.

—Eso era antes.

Soltó una risa corta, cargada de adrenalina.

—Tienes más huevos de lo que pensaba, Intérprete.

—Ya no soy solo eso.

Asintió, serio.

—No. Ya no.

Salimos escoltados. Sirenas a lo lejos, sin saber si venían.

Dentro de la camioneta, con el motor en marcha, el Chuso cerró la puerta de un golpe y se giró hacia mí. Mandíbula tensa. Ojos oscuros.

—Voy a averiguar quiénes fueron —dijo—. Esto no pasa porque sí.

Me acomodé en el asiento, el pulso aún acelerado.

—Hazlo. Y avísame.

Me sostuvo la mirada, calibrando.

—Van a pagar.

La camioneta se perdió en el tráfico.

Pero algo ya había cambiado. No fuera. Dentro.

No era la primera vez que me disparaban cerca. Pero sí la primera que yo disparaba sin dudar.

Y esa línea, una vez cruzada, no tenía vuelta atrás.