La Intérprete LA SEÑORA MONTOYA
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LA SEÑORA MONTOYA

La habitación estaba en silencio, rota solo por nuestra respiración aún irregular. La sábana apenas me cubría. Estaba desnuda, consciente de mi piel, del contraste con el blanco de las telas y del brillo del anillo en mi mano. Solo llevaba eso.

El diamante atrapaba la luz tenue y la devolvía en destellos demasiado vivos.

Él estaba a mi lado, apoyado en un codo, observándome sin prisa. No con posesión. Con atención. Esa que siempre me desarmaba.

—Imagino —dijo al fin, con una media sonrisa cansada— que todo esto ha sido un sí.

Sonreí sin bajar la mirada.

—Sí… —respondí—. Pero también tengo miedo.

No lo oculté.

—Es un mundo nuevo para mí. Te conocí siendo intérprete. Y ahora…

Negó despacio, acercándose.

—Nunca fuiste una simple intérprete, Sofía.

Me acarició la muñeca, justo bajo el anillo.

—Quiero que sepas algo —dije—. No acepto por interés. Nunca me acerqué a ti por eso.

No hubo sorpresa. Solo certeza. —Lo sé. Desde el primer día.

Guardé silencio un instante.

—¿Por qué yo? —susurré—. Podías tener a cualquiera.

—Es cierto. He estado con muchas mujeres —me sostuvo la mirada—, pero ninguna como tú. Ninguna que me entienda así, que me discuta sin desafiarme, que vea lo que hay detrás sin intentar cambiarlo.

Se acercó más. Su frente rozó la mía.

—Contigo puedo ser otro, Elías —continuó—. El de antes. El del rancho. El que no mide cada palabra. El que solo tú conoces. No me exiges lo que no puedo dar. Me aceptas como soy. Y eso no se compra.

Sentí cómo se me cerraba el pecho.

—Te admiro. Tu cabeza. Tu calma. Tu forma de moverte en este mundo sin perderte. Eso es raro. Eso es valioso. Me fascinas.

Tragué saliva.

—Desde el principio supe que contigo no iba a ser sencillo —confesé—. Había miedo… pero no solo eso.

Sostuve su mirada.

—Y después fuiste otra cosa. Algo que no esperaba. Supiste detenerte donde otros no lo habrían hecho.

Bajé la voz.

—Aquel hotel en Holbox…

Sonreí apenas.

—Eres ambicioso, brillante… y peligroso. Lo sé. No me ofreces un camino fácil. Pero me ofreces sinceridad. Y eso, para mí, basta.

Miré el anillo. El diamante brilló con una intensidad casi excesiva. Luego lo miré a él.

—Así que sí —dije, firme—. Quiero ser la señora Montoya.

No respondió con palabras. Me besó la frente. Luego la boca, sin prisa.

Como si, por una vez, el mundo pudiera esperar.