EL DIAMANTE
Cuando entramos al edificio, dio un paso que no esperaba.
—Vamos a tu ático.
Le miré.
—¿Por qué aquí?
Abrió la puerta. La luz era baja. Todo estaba preparado.
—Porque aquí empezó todo para ti —dijo—. Y lo que va a ocurrir esta noche, quiero que sea aquí.
Lo primero que vi fue la mesa.
No era grande, pero estaba dispuesta con una intención casi ceremonial. El mantel claro, sin una arruga. Varias velas, de distintas alturas, proyectaban una luz cálida y temblorosa. Las sombras eran suaves, íntimas, como si el espacio se hubiera cerrado solo para nosotros.
Dos copas esperaban, el vino oscuro respirando. Entre ellas, pétalos de rosa esparcidos sin orden perfecto, más gesto que decoración. Algunos habían caído sobre la madera.
Todo estaba en silencio. No vacío, sino expectante. El tipo de silencio que no preparaba una cena, sino una decisión.
Elías pidió al servicio que se marchara. Lo observé como si asistiera a algo nuevo.
—Estás muy misterioso.
—Desde que te fuiste —empezó— he pensado demasiado. No soy así. Controlo. Analizo. Preveo. Pero contigo… —negó despacio—. Lo controlo todo menos a ti.
Se acercó un paso.
—Y no porque no pueda. Porque no quiero.
Sacó una caja pequeña y oscura. La abrió. El anillo: un diamante impecable, tallado para atrapar la luz y devolverla multiplicada. No era discreto; era una declaración.
El aire se detuvo.
Elías se quedó frente a mí, serio, sin ironía. Se pasó la mano por la mandíbula y respiró hondo.
—No soy bueno en esto.
Calló un instante.
—He pasado la vida controlándolo todo. Anticipando, cerrando salidas, calculando riesgos. Personas incluidas. —Alzó la mirada—. Contigo eso no funciona.
Sentí el golpe de esas palabras.
—Te fuiste y el ruido volvió. Pensé que era el trabajo… pero no. Eras tú. Tu ausencia. Pensarte cuando no debía. Leerte incluso cuando no hablabas. Y entender que no quiero hacerlo desde lejos.
Se detuvo apenas.
—No te voy a mentir. No te prometo una vida fácil. Ni calma. Ni seguridad constante. Sabes quién soy. Sabes el mundo en el que me muevo.
Me sostuvo la mirada.
—Y tienes que saber algo más. Si algún día tengo que elegir entre salvarme o salvarte… no puedo prometerte que siempre te elegiría a ti.
No apartó los ojos.
—Eso es lo que soy.
Bajó la voz.
—Pero hoy, aquí, no quiero pensar en escenarios ni estrategias. Hoy solo sé una cosa.
Levantó ligeramente la caja.
—No quiero caminar este camino sin ti. No quiero protegerme de ti. No quiero que seas una variable más.
Sin defensas:
—Quiero que seas mi esposa, Sofía. No porque sea lo correcto. Porque es lo único que ahora mismo no quiero controlar.
Me puso el anillo despacio, mirándome a los ojos. Y se quedó ahí, esperando. Sin calcular.
No dije nada. Miré mi mano. Me acerqué. Lo besé, primero despacio, luego sin contención.
Me tomó de la cintura y me apoyó contra la mesa sin romper el beso. El borde frío me arrancó un suspiro que él notó. Sonrió apenas.
Sus manos subieron despacio, levantando mi vestido centímetro a centímetro.
—Así… no te muevas.
Le desabroché la camisa con torpeza impaciente. La dejé caer sin mirarla. Él me observaba, como si el gesto le perteneciera.
Me soltó el sujetador con facilidad y, cuando cayó, se detuvo. Se detuvo de verdad.
Me miró unos segundos.
—Eres… demasiado hermosa.
No respondió mi boca. Respondió mi cuerpo cuando lo besé de nuevo, bajando por su cuello, por su pecho, reconociéndolo.
Sus manos recorrieron mi espalda, primero lentas, luego firmes. Me besó el cuello, los hombros, como si quisiera memorizar cada punto.
—Te he echado de menos —dijo contra mi piel.
No supe si era para mí o para él.
Me atrajo hacia sí con una necesidad contenida que me obligó a aferrarme a sus hombros. Nos movíamos sin ritmo, guiados por la respiración.
El mundo se redujo a eso: el roce, el calor, la certeza de estar donde debía.
Cuando su frente volvió a la mía, con los ojos cerrados, entendí que no era solo deseo.
Era reconocimiento. Compromiso.
Y eso, con él, era infinitamente más peligroso.