ESCONDIDOS
El hidroavión rugía bajo mis pies como un animal contenido.
Elías lo pilotaba con una calma que me desarmaba. Camisa arremangada, antebrazos firmes, la mirada fija al frente. No hablaba. El sonido del motor, el agua abriéndose debajo, el cielo extendiéndose infinito… todo decía lo que ninguno de los dos quería pronunciar.
Volábamos bajos. El mar era de un azul imposible, cortado por manchas turquesa cerca de la costa. La isla apareció poco a poco, primero como una sombra verde, luego como una forma nítida: roca, vegetación espesa, una lengua de arena blanca abrazando una pequeña bahía.
—Ahí estamos —dijo por fin.
Su voz me atravesó más de lo que debería.
El hidroavión descendió con suavidad, rozando el agua hasta posarse. El impacto fue mínimo. Como si incluso el mar supiera que no debía hacer ruido.
Elías apagó el motor. De pronto, el silencio.
Un silencio enorme.
Bajamos sin prisa. El aire era denso, cálido, cargado de sal y flores. No había muelle. Solo una pasarela de madera que llevaba hasta la orilla. La casa se alzaba un poco más arriba, integrada en la roca, blanca, líneas limpias, ventanales abiertos al océano.
Todo pensado para desaparecer.
—Nadie sabe que estamos aquí —dijo mientras caminábamos—. Nadie viene sin que yo lo autorice.
No pregunté cómo. No quise saberlo.
Subimos el sendero. La casa era aún más impresionante de cerca: piedra natural, madera clara, techos altos. El interior olía a limpio, a cerrado, a refugio.
Dejó la bolsa en el suelo y se giró hacia mí.
Nos miramos.
Demasiado cerca.
Demasiado conscientes.
—Tenemos provisiones para estar a salvo varios meses.
Le miré dubitativa, sin saber el tiempo que estaríamos allí.
—No es un escondite —añadió—. Es una pausa.
Asentí, aunque no estaba segura de creerle.
Entramos. El espacio era abierto: cocina minimalista, una mesa frente al ventanal, el mar extendiéndose como una promesa peligrosa. A la derecha, un pasillo llevaba a las habitaciones.
Solo dos.
—Hay… espacio suficiente —dijo, midiendo cada palabra—. Si necesitas distancia…
Tragué saliva.
—¿Te arrepientes de haber venido? —preguntó.
—No. Solo… siento que aquí no hay ruido que nos proteja.
Una sombra cruzó su expresión.
—Aquí solo estamos nosotros. Eso es lo peligroso.
Caminó hacia la cocina, abrió una botella de agua, bebió. El movimiento de su garganta fue casi obsceno en el silencio.
—Ríos no tardará en mover ficha —dijo, retomando al estratega—. Aquí estamos fuera de su radar… por ahora.
—¿Y cuando nos encuentre?
Me miró de nuevo. Más despacio. Más hondo.
—Entonces ya habremos decidido qué somos.
La frase cayó entre nosotros como una bomba muda.
Me acerqué a la ventana, necesitaba aire. El mar rompía abajo, constante, insistente.
—¿Siempre huyes así? —pregunté—. ¿A islas donde no te alcanza nadie?
—Solo cuando algo importa demasiado.
Se acercó. No me tocó. Pero lo sentí. Su presencia detrás de mí, cálida, contenida.
—Sofía…
Dijo mi nombre como si fuera un riesgo.
Me giré. Estábamos a centímetros. Pude sentir su respiración mezclarse con la mía.
Por un segundo, creí que iba a besarme.
No lo hizo.
Levantó la mano, despacio, y me acarició la mejilla. Solo eso. Un gesto mínimo.
Devastador.
—Aquí no hay máscaras —susurró—. Y eso me asusta más que cualquier enemigo.
Mi corazón latía tan fuerte que pensé que él también lo oía.
—Entonces no mires —dije—. O acepta lo que ves.
Sus ojos se oscurecieron. No de rabia. De algo mucho más peligroso.
—No estoy seguro de poder hacer ninguna de las dos cosas.
Se apartó. Un paso. Solo uno. Como si se obligara a recordar quién era.
—Descansa —añadió—. Mañana pensaremos. Mañana decidiremos.
Lo vi alejarse por el pasillo. Sentí el vacío que dejaba como un golpe físico.
La isla nos rodeaba. El mar seguía ahí. La casa respiraba con nosotros.
Aquel refugio no iba a ser solo para escondernos de Ríos. También sería la prueba de hasta dónde éramos capaces de resistirnos el uno al otro.