QUIRÚRGICO
LA NOTICIA
La noticia no llegó como un titular. Llegó en un mensaje corto, sin adjetivos.
Estaba sola en mi ático.
El móvil vibró una sola vez.
Mono: “Cayó completo.”
Me senté en el borde del sofá, despacio. El corazón me latía fuerte, pero no rápido. Era otra cosa. Alivio y vértigo.
Escribí:
“¿Todos?”
Tardó un minuto eterno en responder.
“ Contenedores, hombres, rutas. Todo. Buenaventura quedó cerrada esta noche.”
Cerré los ojos.
Funcionó.
Lo que habíamos entregado a la DEA había funcionado. Autoridades colombianas, puertos bloqueados, arrestos limpios. Demasiado limpios.
Entonces llegó la segunda vibración.
“ Ríos ya lo sabe”.
Abrí los ojos.
“¿Cómo?”
“ Porque sus hombres no contestan. Uno de los suyos habló antes de caer.”
Me levanté y caminé hasta la ventana. Las luces de la ciudad parecían tranquilas.
“ Dice que alguien lo vendió.”
Tragué saliva.
“¿Nombres?”
Pasaron tres minutos sin respuesta.
Cuando el móvil volvió a vibrar, supe que no me iba a gustar.
“ Se oyen dos nombres. El Halcón… y la Intérprete”
Sentí el frío recorrerme la espalda.
“Eso es rápido”
“ Es Ríos”
La mañana siguiente mi teléfono vibró.
Esta vez el otro.
Sabía quién era antes de contestar.
—Dan.
—Sofía —dijo sin preámbulos—. Tengo dos cosas que decirte.
Me quedé quieta, como si la llamada no significara nada.
—Te escucho.
—La operación fue un éxito.
Hice una breve pausa, medida.
—Supongo que eso significa que ya sabes que puedes confiar en la información que te doy.
Hubo silencio al otro lado. Demasiado largo.
—No del todo —respondió al fin.
—¿Cómo que no del todo?
—La operación que me diste… —dijo despacio— algo no encaja. Y eso me preocupa.
No hablé. Dejé que siguiera.
—Porque no era del Halcón. Tenemos sospechas de que era una operación de Ríos.
El nombre cayó como una ficha mal colocada.
—Dan...
—Escucha —me interrumpió—. Para mí solo hay dos posibilidades.
Respiré hondo.
—O nos estás viendo la cara —continuó—. Y esto es vuestra jugada perfecta.
Apreté los dedos contra el mármol.
—O —siguió, bajando la voz— el Halcón te está usando a ti.
No respondí.
—Y te ha dado una operación incorrecta porque sabe que hablas con nosotros —añadió—. Esa es la opción que más me preocupa.
—¿Crees… —dije, modulando bien cada palabra— que estoy en peligro?
Sonó sincero. Casi ingenuo.
—No lo sé, Sofía —respondió—. Y eso es lo que no me gusta.
Hizo una pausa.
—Prefiero pensar en esa segunda opción y creer que no nos estás traicionando.
—¿Traicionarte? —repliqué, con una ofensa bien calculada—. ¿Por quién me tomas?
—Por alguien demasiado metida en algo muy grande—dijo—. Y eso nunca es seguro.
Suspiró.
—Vamos a aflojar un poco —continuó—. Menos información, más espaciada. No es conveniente que el Halcón siga sospechando de ti.
—Entiendo.
—Y Sofía… —añadió, más suave— cuídate las espaldas. Si necesitas cualquier cosa, ya sabes que puedes llamarme.
—Lo sé —respondí—. Gracias, Dan.
Colgué sin añadir nada más.
Me quedé mirando la pantalla apagada unos segundos.
Había picado.
No del todo… pero lo suficiente.
QUIRÚRGICO
La violencia de Ríos no fue inmediata. Fue quirúrgica.
Al día siguiente, el Mono volvió a llamar. Esta vez no escribió. Necesitaba voz.
La conexión era mala. Se oían ruidos metálicos de fondo. Gente hablando bajo.
—Perdí a cuatro hombres esta madrugada —dijo, sin preámbulos.
Cerré los ojos.
—¿Cómo?
—Ejecuciones limpias. Casas seguras. Ningún robo. Ningún mensaje directo.
—Eso es una firma —murmuré.
—Sí. Y no es para mí.
Tragué saliva.
—Ríos está diciendo: sé quién eres, sé cómo operas, y puedo tocarte cuando quiera .
Silencio.
Se me cerró el estómago.
—¿Qué más se oye?
—Que está preguntando por una mujer española. Inteligente. Que habla demasiado bien. Que aparece donde no debería.
Cerré los puños.
—Quiere tu cabeza —añadió—.
Colgamos.
No lloré. No grité. Me quedé quieta, pensando.
Esa misma noche, Elías apareció en mi ático sin avisar. No llevaba abrigo. Solo esa calma peligrosa que le aparecía cuando todo se complicaba.
—Ríos no va a quedarse quieto.
—Lo sé.
—Y tú ya estás en su radar.
—También lo sé.
—Han visto a dos de sus hombres en Ciudad de México —añadió—. Preguntando por movimientos que no deberían conocer.
Algo se me contrajo por dentro.
Se acercó un paso más.
—Por eso no te voy a pedir permiso.
—¿Para qué?
—Para sacarte de aquí.