EL GOLPE
Al día siguiente, estaba sentada en un café discreto de la colonia Juárez. Sin rótulo visible. Mesas pequeñas. Dos salidas. Nada que llamara la atención.
Dan llegó puntual.
Ropa informal. Gafas. Se sentó frente a mí.
—Sonaba urgente.
—Lo es.
Esperé a que el camarero se alejara.
—Tengo una operación grande —dije en voz baja—. Sale mañana.
Dan se inclinó ligeramente hacia delante.
—¿Quién coordina?
Lo miré a los ojos sin titubear.
—El Halcón.
Vi el efecto inmediato. Mandíbula tensa. Atención absoluta.
—¿Confirmado?
—Cerrado —respondí—. Puerto de Buenaventura. Muelle cuatro. 03:40. Contenedor refrigerado. Empresa pantalla: Pacífico Sur Export . Camarón congelado.
—¿Cantidad?
—Quinientos kilos.
Silbó por lo bajo.
—Eso no es un envío menor.
No tomó notas. Solo escuchó.
—¿Destino?
—Cartagena. Luego República Dominicana. De ahí, Europa.
Se recostó en la silla.
—Si esto es real, podemos hacer mucho daño.
—Es real. Y limpio. Sin intermediarios.
Dan dudó un segundo.
—Si damos esto a las autoridades colombianas, van a querer que la DEA esté muy presente.
Pausa.
—Esto puede desmantelar parte de su estructura —añadió.
—Ese es el objetivo.
Me sostuvo la mirada.
—Estás yendo muy al límite, Sofía.
—Es donde soy útil.
Guardó silencio unos segundos.
—Voy a moverlo —dijo al fin—. Si todo encaja, activamos operativo esta misma noche.
—Perfecto.
Se levantó.
—Te aviso cuando esté en marcha.
—Hazlo.
Cuando se fue, me quedé sola con el café ya frío.
Había hecho exactamente lo que debía.
La DEA creería que iba a golpear al Halcón. Las autoridades colombianas actuarían sin saberlo. Y cuando el contenedor se abriera…
Ríos perdería quinientos kilos, dos hombres clave y algo mucho más difícil de recuperar:
la sensación de control.
Sin que nadie pudiera señalarme.