CINCO DOCE
A las cinco y doce de la madrugada, la videollamada segura estaba activa. Pantalla negra. Encriptación total.
El Mono apareció en algún lugar húmedo, bajo una luz artificial dura. Camisa abierta, rostro más tenso de lo habitual. La imagen temblaba.
—Gracias por conectarse rápido —dijo—. Voy directo.
Elías no se sentó.
—Habla.
El Mono se pasó una mano por la cara.
—Ríos está entrando por el Pacífico. Está absorbiendo todo. Se mete en mis rutas. Compra gente: jefes medios, logística, policías portuarios.
—¿Dónde? —preguntó Elías.
—En el Cauca primero. Pensé que era ruido. Luego Nariño. Ayer, Tumaco.
Elías frunció el ceño.
—Rompe precios. Inunda mercados pequeños. Obliga a venderle —bajó la voz—. Dos enlaces míos desaparecieron la semana pasada en Nariño. Sin cuerpos.
Elías apretó la mandíbula.
—¿Qué quiere?
—Probarnos. Y que el Halcón reaccione.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó Elías.
—Si no hacemos nada, en un mes controla dos salidas clave. En dos, me ahoga.
Pausa.
—Sabe que no caigo solo. Tiene nombres. No todos, pero suficientes. Sabe que preparamos algo grande.
—¿Qué propones? —dijo Elías.
—Romperle las rutas.
Elías me miró.
—¿Tienes algo? —dije.
—Se mueven mañana. Operación cerrada. Sin margen de error.
—Detalles.
—Puerto de Buenaventura. Muelle cuatro. Salida a las tres cuarenta. Contenedor refrigerado. Camarón congelado como tapadera.
Cerré los ojos un segundo.
—Cantidad.
—Quinientos kilos. Limpios. Sin fragmentar.
—¿Quién coordina?
—Gente directa de Ríos. Sin testaferros. Camilo Rueda en logística portuaria. Óscar Beltrán en seguridad externa.
—¿Destino?
—Cartagena primero. Trasbordo rápido. Luego República Dominicana. De ahí, Europa.
Entendí la jugada.
—Quieres que use a la DEA.
—Quiero que uses a quien tengas que usar —respondió—. Pero que crean que cazan a otro.
Asentí.
—Déjalo en mis manos.
—Hay otra cosa —dijo.
—¿Qué?
—Ríos está preguntando por alguien.
—¿Quién?
—La Intérprete.
Dejé de respirar.
—Es un término amplio.
—No para él. Estás empezando a sonar. Una española. Alguien que negocia, cierra acuerdos y coordina operaciones.
—¿Desde cuándo?
—Desde que algunas operaciones salieron demasiado limpias.
Elías se detuvo.
—Entonces hacemos esto. Tú no reaccionas aún. Yo tampoco. Lo dejamos avanzar lo justo para que se confíe —dijo Elías—. Mientras, movemos lo importante fuera de su alcance.
—Alguien le está pasando información muy precisa —dije—. Sabe demasiado.
—Una filtración interna —añadió Elías—. Iremos pieza a pieza hasta que se muestre.
El Mono sonrió apenas.
—Siempre has sido de ajedrez, Halcón.
—Y Ríos juega a cuchillo —replicó Elías—. También eso tiene puntos ciegos.
Silencio.
—Cuida a tu gente —añadió Elías—. Yo cuidaré de la mía.
El Mono asintió.
—Entonces estamos de acuerdo.
La pantalla se apagó.
Elías me miró.
—Tu familia.
Sentí algo cerrarse en el pecho.
—Están en Madrid.
—Lo sé.
—No tienen nada que ver con esto.
—Precisamente.
Me levanté.
—Van a asustarse.
Elías no se movió.
—Protección discreta. Dos personas. Madrid centro.
Me llevé una mano a la sien.
—No quiero que vivan con miedo.
—No lo harán.
Se enderezó.
—A partir de ahora cambiamos protocolos.
—No me gusta.
—No tiene que gustarte. Tiene que mantenerte viva.
—¿Y si Ríos decide presionar?
—No llegará a eso.
—¿Por qué?
Sus ojos se endurecieron.
—Porque no le voy a dar margen.
Se acercó un paso.
—Si algo se descontrola, yo me encargo.
—¿De qué?
—De que tu madre y tu hermana sigan con su vida en Madrid.
Pausa.
—Y de que tú sigas aquí.
En este juego no caían solo las piezas principales. También lo demás. Y, sin quererlo, mi familia estaba dentro